Me ha tocado aprender que pocas cosas dañan más las relaciones humanas –y especialmente las de trabajo– como la arrogancia, la que lamentablemente acompaña a muchos quienes ostentan una cuota de poder, por pequeña que esta sea. Arrogancia y poder son una mezcla explosiva que daña a muchos y, especialmente, al arrogante que siente que está por encima de los demás, que merece privilegios o que tiene más derechos que responsabilidades.

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