Las cafeterías son espacios públicos colonizados por la vocación privada de sus parroquianos. Son territorios neutrales, los que se usan cuando ninguna de las personas quiere ofrecer su casa o su cuarto, y consiente en ocupar un espacio colectivo. Uno puede sentarse a cualquier hora del día y encontrar a familias con niños, colonias de amigos o amigas de cierta edad, algunos jóvenes que trabajan con su laptop (algunas cafeterías parecen oficinas colectivas), y eventualmente parejas de enamorados (aunque estos por lo general prefieren otros escenarios). O quizá eso era antes.
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En el Día de los Enamorados, me siento con un libro a leer en una cafetería de Barranco. Me doy cuenta de la pareja en la mesa de al lado. Los dos parecen venir de dimensiones distintas. El es afilado, angular, con una quijada extensa. Su rostro podría haber salido de una película de terror. Sin embargo, a veces muestra una luz risueña en los ojos. Ella, en cambio, es baja, sonriente, con un cerquillo. Me doy cuenta de que ambos están intercambiando las historias de sus vidas. La conversación cobra un tono dramático, cuando se habla de las rupturas matrimoniales de ambos.
Trato de concentrarme en la lectura de mi libro, pero en este caso el espectáculo de la realidad es más interesante. Me doy cuenta muy pronto que estoy asistiendo a la primera cita de una pareja que se ha conocido por un aplicativo. En alguna época, cuando éramos jóvenes, uno conocía a sus futuras parejas en una fiesta o en un paseo. Hoy en las aplicaciones se hace un cásting sentimental basado en la información que aparece en una pantalla. Estamos tan solos que el romanticismo necesita de la virtualidad.
Por otro lado, el café como escenario sigue siendo fascinante. Uno recuerda muchas obras de arte que han querido capturar su misterio. Recuerdo “Antes de que se enfríe el café”, de Kawaguchi Toshikazu. Esa novela que ha vendido más de un millón de copias, se sitúa en una cafetería escondida en una de cuyas sillas uno puede regresar al pasado. Solo que el presente nos obliga siempre a regresar antes que se enfríe la taza.
En La mejor oferta, una película de Giuseppe Tornatore, el protagonista Virgilio aparece al comienzo en cafeterías y restaurantes siempre solo, inmune a cualquier contacto con sus alrededores. Al final de la película, después de su historia de amor con la agorafóbica y ladrona Claire, Virgilio se sienta en una cafetería en Praga, a esperarla. Y la seguirá esperando siempre. Esa soledad sentimental está lejos de uno de los diálogos del cine más memorables. Es el que ocurre en “Heat”, la película de Michael Mann. Se trata de una conversación de diez minutos en una cafetería entre un policía (Al Pacino) y un delincuente (Robert de Niro), en el que ambos comparten ideas sobre lo que es una “vida normal” y la necesidad que tienen de matarse entre ellos. Ambos actores hacen gala de su tensión contenida.
Qué lejos está ese diálogo de la minuciosidad tierna que nos ofrece Van Gogh con sus maravillosos “Café Nocturno” y sobre todo “Terraza de café nocturno”. Uno tiene ganas de entrar a ese cuadro para ocupar una de las sillas.
Vuelvo a la conversación de mis vecinos. Me ha encantado hablar contigo, le dice ella. Lo mismo digo, sonríe el hombre, mostrando por primera vez sus dientes afilados. No auguro nada bueno en esta relación.