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Juro lo que juré que no juraría, por Mario Ghibellini

Villanueva nos debe una explicación sobre su palabra incumplida.

Mario Ghibellini 7 de abril (Somos).

(Ilustración: Mónica González).

Ilustración: Mónica González.

Hay que decirlo desde ahora porque si no, después, cuando la erita de Acuario política que estamos viviendo se acabe y hasta los congresistas oficialistas se lo enrostren, va parecer que uno se ha sumado al linchamiento: César Villanueva ha hecho mal en asumir el premierato tras haber prometido que no lo haría. Pero no un poco mal. Ha hecho muy mal. Ha incurrido, en realidad, en un desaguisado difícilmente reparable, pues el bien afectado –la credibilidad de la palabra de un funcionario instalado prácticamente en la cumbre del gobierno– es quizás aquello que más necesitábamos ver restituido los peruanos luego del festival de embustes que terminó con la caída de Kuczynski.

A forro y con moro

Queremos ser justos: Villanueva parece un buen tipo. Como Vizcarra mismo, no da la impresión de haber sido picado por esa angurria de poder que habitualmente se les distingue a la legua a nuestros gobernantes. Y eso debería constituir un buen augurio para la administración que inicia. Es precisamente por esa razón, sin embargo, que haberse aventado sobre el buffet de los cargos cuando recién lo habían colocado sobre la mesa resulta en su caso una torpeza tan grave: porque simplemente socava su principal activo.

Villanueva era perfectamente consciente de que, al haber desempeñado un rol tan protagónico en la materialización del segundo intento de vacar a PPK, no debía aparecer como uno de los beneficiarios del escenario posterior. Por eso, cuando Mávila Huertas le preguntó en su programa si le daba al país la palabra de que, en la eventualidad de que Kuczynski dejara la presidencia, no asumiría el premierato, respondió: “Puedes tener la absoluta seguridad”. Y ante una pregunta semejante en otra entrevista, dijo que no sería ministro “de ninguna manera”, para luego celebrar que lo estuvieran grabando “porque hay que aprender a hacer las cosas sin un interés”.

Unos cuantos días más tarde, no obstante, juró el cargo que había jurado que no juraría. Y cuando la prensa lo interrogó sobre los motivos de tal cambio, se limitó a decir que había sido una decisión muy difícil. O sea que, encima, parece que había que felicitarlo…

El asunto, sin embargo, no puede ser tomado tan a la ligera. Una cosa es que en este momento de esperanzas rebrotadas nadie quiera oficiar de aguafiestas machacándole el incumplimiento de la palabra que empeñó; y otra, que él olvide que acabamos de dejar atrás a un presidente que mintió sobre sus vínculos con Odebrecht a forro y con morro, y a una premier que proclamó que el gobierno no negociaba indultos solo tres días antes de que se le concediera a Alberto Fujimori uno al que, como ya hemos señalado, por poco se les olvida quitarle la etiqueta del precio.

Villanueva nos debe una explicación. Una argumentación convincente, en la medida de lo posible, sobre por qué aquello que le parecía inconveniente e impracticable mientras estaba en el esfuerzo de remover al antiguo presidente, de pronto devino indispensable cuando el poder estuvo a su alcance. No va a ser fácil, pero mejor ahora que después, cuando la luna ya no esté en la séptima casa ni Júpiter alineado con Marte. Es decir, cuando esta erita de Acuario se extinga y todos recuerden bruscamente que ha faltado a su palabra.

Esta columna fue publicada el 07 de abril del 2018 en la edición impresa de la revista Somos.

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