“Bajaría al infierno a entrevistar al diablo”
Victor Lamela Periodista Tengo 56 años. Nací y vivo en Barcelona. Mi curiosidad no se sacia y me gusta transportar historias. Aspiro a un mundo que no necesite leyes ni gobiernos. Creo en la imaginación creadora, y cito a Ramón Llull: “Puesto que estamos vivos, ¡alegrémonos!”.
Por: Diego Suárez Bosleman (@Bosleman)
Desde un premio Nobel hasta un campesino, Víctor Amela es capaz de encontrar una historia especial en cada persona y de plasmarla a diario en La Contra, la sección de entrevistas del diario español “La Vanguardia” de España. En esta ocasión se invirtieron los papeles.
—¿Es raro ser el entrevistado y no el entrevistador?
Es incómodo para mí. Yo tengo la costumbre de preguntar, de entrevistar y me siento fuera de sitio cuando me preguntan a mí.
—¿Qué persigue usted como entrevistador?
He acumulado más de 2.100 entrevistados. La maravilla para mí es que cada una que hago, la hago como si fuera la primera de mi vida. Mi ambición es la de intentar entender al personaje, saber cómo es más allá de lo que se ha dicho de él o de lo que se ha publicado sobre él.
“Después de tantos años he llegado a la conclusión de que quizá el sentido de mi vida consista en transmitir historias”.
—¿Se considera un coleccionista de historias?
Yo creo que sí. Después de tantos años he llegado a la conclusión de que quizá el sentido de mi vida consista en transmitir historias. Yo a veces hago el símil con el camionero. El transportista que lleva de un lugar a otro una mercancía. Entiendo que en mi trabajo mi obligación es cargar una mercancía bien ordenada y que llegue a su destino con éxito, que la reciba el lector y disfrute con esa mercancía.
—Leí que una vez se lanzó en paracaídas para conseguir una entrevista.
[Risas] Es cierto. Era un empresario de la provincia de Girona. Y me apetecía conocerlo, puesto que este importante empresario acababa de publicar un libro en el que decía que los valores, actitudes y enseñanzas que él había obtenido siendo paracaidista las había aplicado a sus actividades empresariales con resultados fructíferos. [...] Cuando yo le pedí entrevistarlo, me retó. “Yo te concedo esta entrevista si tú te atreves a saltar conmigo en paracaídas”. Te confieso que lo dudé por 48 horas, pero finalmente me dije: “Víctor, si dices que no, creo que estarás arrepintiéndote durante años no haber dicho que sí”. De manera que me armé de valor y acepté. Te aseguro que el miedo que pasé durante la hora previa al salto no lo olvidaré nunca, pero de la misma manera te digo que el placer de la experiencia y la sensación de gratificación íntima que uno siente cuando ya toca con los dos pies el suelo supera completamente ese miedo. Después de eso, la entrevista resultó mucho más fluida porque ya compartíamos la vivencia y, claro, facilitó mucho la conversación.
—La experiencia creó muchas emociones en usted.
A veces el entrevistado te reta, como este caso, de una forma física, o a veces te plantea cuestiones a ti. Recuerdo una entrevista con una persona que era una psicóloga que había ahondado e indagado mucho en la psique humana, y que me empezó a plantear cuestiones sobre mi propia intimidad cuando respondía mis preguntas. Llegué a cuestionarme aspectos de mi propia vida y recuerdo haber acabado llorando.
—¿Hay alguien a quien rechazaría entrevistar?
Es difícil responder eso. Recuerdo haber entrevistado a un personaje que es popular en España. Un cantador gitano llamado Farruquito. Digamos que saltó a las páginas de sucesos de los periódicos porque jugando con su auto nuevo, y sin tener carnet de conducir, atropelló a una persona, que finalmente falleció. Yo estaba aceptando la entrevista a un homicida. Pero me pareció que la relevancia del personaje, su carrera como artista y como bailaor podría esconder alguna enseñanza en el sentido de que no es algo que no nos pueda pasar. Cualquiera, accidentalmente, puede un día atropellar y matar a una persona. Yo quería saber cómo eso había repercutido en su espíritu y en su alma. ¿Cómo se puede vivir con eso? Pero le tengo que decir que fui muy criticado por publicar la entrevista a un homicida, un criminal que no parecía muy arrepentido en el sentido de que se autojustificaba a sí mismo. Seguramente puede que haya algún caso en el que yo me echaría para atrás, pero en principio, por pulsión periodística, te diría que bajaría al infierno a entrevistar al mismísimo diablo si pudiera.
“El buen entrevistador debe ser también un poquito psicólogo”.
—Con tantas entrevistas se debe haber vuelto un experto en leer gestos.
El buen entrevistador debe ser también un poquito psicólogo. Debe captar la esencia de la personalidad del entrevistado: ¿En qué punto se muestra tímido? ¿Hasta qué punto es una persona expansiva o eufórica? ¿Hasta qué punto es una persona que pueda agradecer que le cuentes un chiste o alguna anécdota divertida? Hay que saber captar eso y respetarlo. Si una persona te pide con la mirada distancia y sobriedad y tú se la das, poco a poco esa persona puede permitir la aproximación. Si tú intentas una invasión, rompes su espacio de seguridad y protección, esa persona puede cerrarse y no obtendrás nada de ella.
—¿Alguna vez le fue muy difícil hacer hablar a un entrevistado?
Me ocurrió con Hans Magnus Enzensberger, un grandísimo pensador europeo. Fue cuando comencé a hacerle preguntas sobre su niñez, puesto que él nació en la Alemania hitleriana, y por su edad había vivido decenas de momentos cerca de los soldados. Incluso admitió en un momento que había estado muy cerca de Hitler siendo un chico de 15 años. Yo quería ahondar más en ese origen biográfico de un pensador. Pero él enseguida se encerró y me dijo: “Usted es un periodista, yo entiendo cuál es su táctica. Yo soy un poeta y voy a boicotearlo”. Cuando el personaje, a los cinco minutos de iniciada la entrevista, te manifiesta su intención de boicotearte, solo te quedan dos caminos. Uno, saludarlo amablemente y decirle: “Pues no tiene sentido que sigamos intentando, ha sido un placer y adiós”. O lo que yo hice, y es que me excité, me excité muchísimo. Me pareció un regalo que me estaba haciendo esa persona declarándome sus intenciones y retándome.
“Creo que si alguna vez juntara todas mis entrevistas y las pasara por una máquina, saldría yo”.
—¿Ha tratado de entrevistarse a sí mismo, como han hecho algunos periodistas?
Directamente no. Pero es cierto que en cada una de esas 2.100 entrevistas hay una autoentrevista constante. Las preguntas salen de ti. También la elección de lo que te responden, no todo se publica. De algún modo te explicas a ti mismo. Creo que si alguna vez juntara todas mis entrevistas y las pasara por una máquina, saldría yo. El único ser común en todas soy yo. Los demás cambian. Las más de 2.100 suman una entrevista a mí.

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