-20 ºC y bajando

Ahora en abril serán 4 años desde que salí del Perú para cumplir mi sueño de vivir en Canadá después de una breve visita invernal cuando tenía 19 años. En aquel entonces quedé enamorado de la nieve, de la diversidad cultural y del alto nivel de vida. Pongo un ejemplo: conocí a un trabajador de construcción de 24 años de edad que tenía “LA CASA” y “EL CARRO”, cosa que a mis 19 años me impresionó bastante, pues me decía a mí mismo “si este tipo tiene lo que tiene trabajando en construcción, cuando yo termine la universidad y venga, la haré linda”.
Con el paso del tiempo terminé mi carrera universitaria en el Perú, empecé a trabajar en una de las más importantes compañías automotrices del país, me compré mi primer auto cero kilómetros, me casé, tuve dos hijos; no me iba nada mal, pero quería más. Después de un tiempo, logré cambiar de trabajo, obtuve una mejor posición y mejores condiciones, sin embargo, algo faltaba. La inseguridad en las calles, la inestabilidad del país en esos días y las ganas de conseguir un mejor futuro para nuestros hijos fueron las excusas perfectas que llevaron a mi familia a considerar seriamente la posibilidad de salir del Perú. Las opciones eran Australia o Canadá, países a los que, a diferencia de Estados Unidos, uno puede emigrar a la buena sin pasar las angustias propias de estar como un ilegal.
Finalmente optamos por ir a Canadá. Mis recuerdos de trece años atrás fueron los que le dieron mayor peso a esa opción, además de estar en el mismo continente, lo que haría un eventual retorno al Perú algo más viable.
Después de un largo y costoso proceso en el que nos pidieron estudios universitarios, postgrados, conocimientos de computación, inglés y otras cosas más, nos dieron la esperada respuesta: Canadá nos abría los brazos. Todavía recuerdo la emoción con la que recibí los pasaportes de mi familia con la visa de residencia permanente y las palabras de la funcionaria de la embajada de Canadá en Lima, Welcome to Canada.
Fueron unos meses bastante duros en los que me fui de cara contra la realidad, mi experiencia laboral y mis estudios universitarios y de postgrado no eran reconocidos acá.
Poco a poco me fui comiendo los ahorros que traje conmigo, y a los cuatro meses vi con horror que ya tenia menos de la mitad del dinero que había traído de Perú. ¡Y aún faltaba que llegaran mi esposa y mis dos hijos que esperaban a que encontrase casa y trabajo para poder venir!
Me tragué literalmente mi orgullo y empecé a trabajar en posiciones en las que jamás me hubiera imaginado. Finalmente, conseguí un departamento en el que los dueños no le pedían a los inquilinos su historia de crédito y por fin pude decirle a mi esposa que podía venir con los chicos.
El que tengo actualmente es mi tercer trabajo en Canadá, ya llevo tres años en este país y está, en cierta manera, relacionado con lo que hacía en Perú, me ha permitido comprar dos carros, una casa y tener algunos ahorros. Sin embargo, todavía no me siento realizado, conseguí lo que quería a mis 19 pero siento que falta algo más, y esta vez sé qué es: el calor de la gente, la familia numerosa, la comida, los amigos, el clima. El invierno empieza de nuevo, la sensación térmica es de –20 ºC y seguirá bajando, mientras la temperatura de mis recuerdos y añoranzas sube y sube cada vez más. Si solo fuese capaz de unir mis dos mundos en uno solo, sería el lugar perfecto.
Carlos Somocurcio, Canadá
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