Hace poco, Jeremías Gamboa declaró en el programa “Claro y directo” (A3R.net) de Augusto Álvarez, que el puesto de Ministro de Educación debía ser tan importante y permanente como el de Presidente del Banco Central de Reserva. Las razones de Gamboa son evidentes. Ninguna actividad puede funcionar en un país sin una educación generalizada. La educación es también un cemento que unifica a una sociedad en torno a valores comunes. Gamboa agregaba en la entrevista que un aspecto decisivo de nuestro desarrollo se cortó cuando en el 2016 la cuadrilla congresal de Fuerza Popular provocó la renuncia de Jaime Saavedra, que hoy es director General de Educación en el Banco Mundial. Hay otra verdad evidente. La docencia, al igual que la medicina, es una de las profesiones en las cuales la generosidad es un valor profesional. Hoy los maestros peruanos cumplen una función heroica a lo largo de su vida. Trabajan en las condiciones más duras. Muchos sacan adelante su tarea y algunos se rinden ante la frustración. Cuando se retiran, reciben una pensión mensual de menos de mil soles. En su El Principio del mundo, Gamboa rinde homenaje a su maestra, Graciela Monteagudo.
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Pienso en todo ello, cuando se han cumplido esta semana los diez años de la partida de otra educadora que cumplió otros muchos oficios para mí. Se trata de mi madre, Lilly Caballero. Nacida en Chimbote, ciudad que nunca olvidó, vino a Lima para estudiar en otro sitio amado, el Colegio Santa Úrsula. Muy joven, empezó a trabajar como maestra de niños y como profesora de otras maestras. La disciplina alemana fue una inspiración. Aprendí entonces que, bien llevada, la severidad de los padres puede ser una forma del amor más concreta que los mimos indiscriminados. Esa disciplina alemana fue corroborada por mi padre, también un maestro de profesión.
Una vez que quedó viuda, su sentido de la disciplina no cambió. Sin embargo, estaba matizada por una vocación por el optimismo y una espontaneidad generosa, que compartimos mis hermanos Santiago, Marcos, y yo. Recuerdo que en una ocasión, durante un viaje, nos sentamos frente a una laguna. Me comentó que había unos cisnes en el agua. Mirándolos bien, lo que había eran unos patos con las plumas desgastadas que apenas podían nadar. Pero ella veía cisnes, lo que me parecía muy estimulante. Cuando quería elogiar algo, repetía esa palabra enfatizando cada sílaba: “Fa.bu.lo.so”. Esa fe hizo que se dedicara a ser maestra de jardineras de la infancia y a la edición de libros para niños en el CEDILIJ. Fue la razón también por la que durante mucho tiempo, hasta ya muy entrada su octava década, tomara los ómnibus hasta los pueblos cerca a Chincha, para hacer una donación de libros a sus bibliotecas. La acompañé en alguna ocasión manejando el auto en el desierto. Una mañana, nos hundimos en la arena y los pobladores vinieron a rescatarnos. Los libros se entregaron.
No es casual que escogiera el ocho de Julio para morirse, estando tan cerca del Día del Maestro. Su insistencia en la fe en un país que saldría de su miseria a través de la educación, se traducía también en precauciones privadas y cotidianas. En este invierno, antes de salir de casa, a veces escucho su voz pidiéndome que me abrigue bien. Esas voces de nuestros seres queridos y perdidos, revolotean por el aire a nuestro alrededor, como palomas mensajeras del pasado. Son las voces del presente.