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El show de Emilio Lovera en Lima se realizará hoy a las 8:00 p. m. en el Auditorio del Colegio Médico del Perú. Entradas disponibles en Uneticket.

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Resumen
Este resumen es generado por inteligencia artificial y revisado por la redacción.
La última carcajada que se oyó en Caracas antes de que el silencio tomara el poder pudo haber salido de Emilio Lovera. Fue en un teatro, en algún canal de televisión clausurado, o tal vez en un video viral que sobrevivió a la censura. Para entonces, Lovera ya era un rostro fijo en la memoria colectiva de Venezuela: una voz que imitaba a cientos, una mirada que se transformaba en políticos, obreros, malandros, peluqueras o fantasmas de la patria.
La última carcajada que se oyó en Caracas antes de que el silencio tomara el poder pudo haber salido de Emilio Lovera. Fue en un teatro, en algún canal de televisión clausurado, o tal vez en un video viral que sobrevivió a la censura. Para entonces, Lovera ya era un rostro fijo en la memoria colectiva de Venezuela: una voz que imitaba a cientos, una mirada que se transformaba en políticos, obreros, malandros, peluqueras o fantasmas de la patria.
Su paso por Radio Rochela, el legendario programa de humor que durante décadas funcionó como espejo deformante —pero clarísimo— de la sociedad venezolana, lo convirtió en uno de los grandes comediantes de América Latina. Durante 50 años no necesitó de insultos para incomodar, sino de bromas incisivas en una realidad que pronto se impondría sobre todo lo que conocía.
Luego vino la demolición. El cierre de medios, el éxodo masivo, la criminalización del humor. Para Lovera, no fue una opción callar. Convirtió el exilio en gira y la diáspora en público cautivo. Si en Venezuela ya no podía actuar, entonces lo haría donde fuera que hubiera una bandera tricolor llorando de nostalgia. Así llegó a decenas de países —y teatros repletos— con monólogos que hacían lo que la política no podía: decir las cosas de frente, pero con risa.

—Después de tantos años dedicados al humor, ¿crees que ha cambiado tu manera de entender la comedia?
Yo creo que mi relación con el humor no ha cambiado en nada desde la primera vez que aparecí en un escenario o frente a una cámara de televisión en aquella época, o frente a cualquier cámara actual o método de captura de video para redes sociales. La comedia es una filosofía de vida. Vivir con humor es mi forma de vida, es mi modus operandi y mi modus vivendi.
—Hoy el humor enfrenta nuevas sensibilidades. En tu caso, ¿te has visto en la necesidad de reformular, o incluso descartar algunos personajes, por razones de corrección política?
Aprendí a tener cuidado con la religión, con la política, con los temas álgidos. Aunque la premisa era que incluso la persona atacada se riera. Si esa persona se reía, el que la defendía quedaba como un adulante, un tonto. Hay una figura jurídica llamada animus iocandi que protege al humorista: todo se hace con la finalidad de provocar risa. Nosotros podíamos atacar, denunciar, desnudar situaciones o personajes, pero en el momento necesario. No con aversión profunda ni con odio. Solo con ánimo de hacer reír.
—¿Dónde trazas tú el límite del humor? ¿En qué momento un chiste deja de ser legítimo para convertirse en ofensa?
Sí. Yo tengo mis propios límites. No porque me los impongan, sino porque yo mismo me los prohíbo. Hoy cualquier influencer se llama comediante y no son más que víctimas de su propio ego. Es producto de una situación mundial potenciada por la pandemia. Desapareció la comedia de teatros, de la televisión.
En Venezuela, por ejemplo, el régimen cerró Radio Caracas Televisión, prohibió programas de comedia, cerró teatros. Sumado a la pandemia, se creó un vacío. Y en ese vacío, surgieron personajes sin gracia, que usaban sus celulares desde casa para crear “comedia”. Muchos de esos aún subsisten gracias a la falsa creencia de que cuantos más seguidores tienes, mejor profesional eres.
—Durante décadas, la comedia en Venezuela fue una especie de noticiero alternativo. ¿Crees que sigue cumpliendo ese rol de espejo social o se ha diluido en medio de la crisis?
Es una forma de reanimarse, despejar la mente, librarse de fantasmas como la venganza. El humor debería ser pagado por el gobierno. Es un servicio público. Incluso los gobiernos totalitarios no se dan cuenta del favor que les hace la parodia. La parodia perdona. Pero ellos no lo entienden. Piensan que si los imitas, los estás burlando, y te meten preso o te mandan a investigar. Solo los gobiernos tontos, analfabetos, deseducados hacen eso. En cambio, en la democracia venezolana, diputados y senadores enviaban cartas a mi programa preguntando cuándo los íbamos a imitar.
—Hace unos años hiciste un personaje que mostraba la situación de Venezuela. ¿Qué tan peligroso fue hacerlo en pleno auge de la transición de poder entre Chávez y Maduro?
Esa fue una mezcla de bodevil, café concert, y stand-up. La hicimos con mi compañero Laureano Márquez cuando se cumplieron los 200 años de la declaración de independencia. Pero, claro, con referencias al presente, al gobierno actual. Esas escenas se convirtió en trending topic mundial donde buscábamos mostrar nuestro fracaso frente a los aprendizajes de la historia. Y apenas pasó eso, empezaron las persecuciones.
—¿Y qué ocurrió después?
No me renovaron el contrato. Prohibieron a radios y televisoras trabajar conmigo. Cerraron teatros donde me presentaba. Me prohibieron volar por aerolíneas nacionales, me negaron la entrada a hoteles manejados por el gobierno. Fue una cadena de sanciones. Pero no me quebraron. Dejé la TV y la radio, pero seguí en los teatros. Y cuando me cerraban uno, abría otro. Esa rapidez me salvó. También me salvó la diáspora venezolana: he viajado a 43 países presentándome para ellos.
—¿Qué se aprende cuando tienes que ir más rápido que un gobierno?
Que todo depende de ti. Muchos decidieron que Venezuela ya no era su lugar. Y lo entendí: el venezolano no tenía experiencia migrando. El venezolano salía y volvía. Pero cuando empezamos a salir, creímos que todo afuera era mejor, y nos dimos con la realidad: xenofobia, racismo, indiferencia. Ni siquiera te devolvían un “buenos días”. Yo espero que los que vuelvan sigan trabajando con la misma ética que aprendieron afuera. Es lo que el país necesita para mejorar.
—En este contexto de migración, reivindicación y de retorno para algunos ¿A donde apunta el humor que haces?
Todo se vale, siempre que lo hagas con inteligencia. Burlarte de ti mismo tiene una ventaja: le quitas al otro la posibilidad de hacerlo primero. Reírse de la situación conecta, porque refleja lo que la gente está viviendo. Y el poder se ridiculiza solo. Yo sigo con mi humor blanco, sin groserías ni insultos, que es tan efectivo como el más ácido. Esa es una habilidad que respeto y practico.
—Muchos humoristas optaron por el silencio o el exilio. Tú seguiste. ¿Qué te empuja a seguir hablando, a seguir riendo?
La posibilidad de que nos quiten por completo la opción de decir lo que pensamos. Pero si eso ocurre, buscaremos otros medios. El único que puede decidir que yo me retire es el público. Si noto que ya no les interesa lo que hago, si no tengo las cualidades, me iré. Pero mientras haya alguien dispuesto a escucharme seguiré diciendo lo que pienso.
El show de Emilio Lovera en Lima se realizará hoy a las 8:00 p. m. en el Auditorio del Colegio Médico del Perú. Entradas disponibles en Uneticket.









