En la última década, el Perú ha visto desfilar a ocho presidentes. Esta rutina política de vacancias y sucesiones improvisadas no es solo inestabilidad, sino el síntoma de una crisis mucho más profunda: la pérdida de confianza en nuestras instituciones y en quienes las dirigen.
La inestabilidad política es fruto de decisiones apresuradas, electores desinformados y candidatos sin integridad. Así, el país se hunde en una espiral de desorden donde la política dejó de ser servicio para convertirse en egoísmo.
Según los premios Nobel de Economía Daron Acemoglu, Simon Johnson y James Robinson, el crecimiento económico está determinado por la calidad institucional. Cuando las instituciones son débiles o corruptas, la sociedad se fragmenta y el poder queda concentrado. En el Perú, esto se refleja en la vida social, que parece manejada por la delincuencia, mientras las autoridades observan impotentes.
Hoy, la sensación de inseguridad domina. Las balaceras y extorsiones ya no son hechos aislados; lo que antes considerábamos espacios seguros ahora son escenarios del miedo. Esta violencia refleja la ausencia de autoridad y el debilitamiento del Estado ante el crimen organizado. Según el BID, la violencia le cuesta al Perú alrededor del 3% del PBI anual.
Los ganadores del Nobel advierten que no habrá transformación real si no cambiamos las instituciones extractivas por estructuras eficaces e inclusivas. El problema de América Latina es que hacemos cambios superficiales, reemplazando rostros pero no estructuras.
El país necesita una ciudadanía más informada, exigente y activa. Un Estado no se quiebra solo por sus políticos, sino cuando sus ciudadanos dejan de creer que pueden cambiarlo.
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