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El (inicio del) fin del posfujimorismo, por José Carlos Requena

“Los líderes surgidos desde el 2001, dentro y fuera de los partidos, se han parecido —en su mayoría— a los aspectos más criticados de Fujimori”

Keiko Fujimori

"Nunca como en este milenio han perdurado agrupaciones que tienen como símbolo la inicial del nombre o apellido de quien lidera un partido". (Foto: Anthony Niño de Guzmán / Archivo)

Anthony Niño de Guzmán

El actual sistema político, con su precariedad a cuestas, podría estar dando paso a un imprevisible desenlace, inimaginable hace solo unas semanas: el inicio del fin del posfujimorismo, esa transición trunca iniciada en el 2001 tras la huida de Alberto Fujimori al Japón.

¿Qué ha caracterizado a este período? En primer lugar, reformas tímidas o mal implementadas, sin un correlato en la mejora de la vida de la gente o la consolidación de una economía que muestre mejoras en el desarrollo y no solo crecimiento. Son ejemplo de ello la descentralización, que originó nuevas fuentes de poder sin una adecuada rendición de cuentas; o los tímidos lazos entre el sector productivo y la generación de innovación u oferta académica de calidad en las regiones que han experimentado diversos ‘booms’.

En lo político, los líderes surgidos o reforzados desde el 2001, dentro y fuera de los partidos, se han parecido –en su mayoría– a los aspectos más criticados de Fujimori: populismo, personalismo, falta de rendición de cuentas, énfasis en las obras y el cemento. Lo dicho no desconoce lo antropomorfa que suele ser la política peruana a lo largo de toda su historia. Pero nunca como en este milenio han perdurado agrupaciones que tienen como símbolo la inicial del nombre o apellido de quien lidera un partido.

Otro frente que se criticó mucho en los noventa fue la corrupción, surgida bajo un esquema autoritario, sin contrapesos, con gran opacidad. El gobierno de transición dotó al país de una Iniciativa Nacional Anticorrupción; se ignoró su informe final. Todos los gobiernos han tenido o tienen acusaciones sólidas vigentes, como lo ha evidenciado el Caso Lava Jato, para no hablar de aquellos propios de cada período.

En el frente económico, se han mantenido los pilares de la disciplina macroeconómica, y los índices de crecimiento han permanecido atados a las coyunturas internacionales positivas o negativas. El sector privado se ha mostrado interesado en conservar el piloto automático o lograr el destrabe administrativo, mas no en propiciar una agenda de desarrollo sostenido.

Los grupos de interés de variadas agendas (desde las minorías sexuales hasta los grupos religiosos, pasando por los inflexibles sindicatos) se han centrado en temas muy particulares, sin considerar el impacto que la concreción de estos puede tener en el país en su conjunto.

Desde que el presidente Vizcarra lanzara sus audaces e incompletas propuestas el 28 de julio pasado, parecería que esa estable precariedad está llegando a su final. Ello se confirma con el derrumbe, político aunque aún no numérico, de Fuerza Popular.

Si la lógica se impone y la cacareada independencia judicial se prolonga, todos quienes encabezaron las principales candidaturas en diversos niveles de gobierno deberán pasar por el banquillo, en que Keiko Fujimori ha permanecido prolongadamente. Se abrirá así el espacio al que podría ser el desenlace concluyente de esta etapa de la vida republicana, con una sola certeza: la incertidumbre.

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José Carlos Requena

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