A veces el cambio llega como una herida. Otras veces como una respuesta. Para Olinda Castañeda llegó como un abrazo. No uno simbólico, sino uno físico, ardiente, concreto. “Sentí que me llenaba de fuego, de calor por dentro”, dice. “Y eso yo no quiero perderlo”. Así resume el día que, en medio de un ayuno, sintió que Dios la había escuchado. Y que su vida, tan expuesta, tan hablada, tan juzgada, tenía por fin un nuevo rumbo.