Bailando con la 10

-¿Qué fue Paul, vas a jugar el martes?
-No sé, estoy cansado. Tengo que ir a trabajar mañana a las 6 de la mañana.
-Dime sí o no para avisarle a otro.
-No, no, no.Ta bien, ahí estamos entonces.
–Bueno, pero no le digas a mi papá porque es muy renegón y grita mucho.
-Ta bien.
Día martes, 9:00 p.m. Ni siquiera había empezado el partido cuando un tico empezó a ponerse jodido:
-¡Diay mae! Cámbiate la camisa. ¿No ves que se confunde con la de nosotros? Sácatela.
-Juega, juega nomás- le digo con cara de asado.
-Sácatela, mae-. De pronto, ¡pum!, sonó un golpe. Un francés de su equipo lo rozó y adiós diente.
-Ahí ‘ta pe’, por hablador-, pensé.
-Juega, juega nomás que este polo ni loco me lo saco-, dije. De hecho, el tico estaba bravísimo y me culpaba de su desgracia por no haberle hecho caso. Todo el partido estuvo como gotera en la misma vaina, sobre todo porque le estábamos dando cátedra de buen fulbito.Estaba tan metido dentro del partido que escuchaba la desesperación de los franceses cuando les hacíamos huachitas y los dejábamos picadísimos. Y era lógico porque sus novias estaban ahí observándolos y no entendían cómo un tipo que es la mitad de su tamaño podía complicarles tanto la vida. Luego de cada gol que entraba en su arco, yo señalaba el número de mi espalda: la 10 de tri”U”nfo (mi hermano, al ser hincha de Alianza, obviamente juega con la ‘grone’).
Desde que empezamos esto de las ‘mejengas’ (pichangas), salieron a relucir palabras que estaban en el olvido. Es sorprendente cuánta falta me hacía el pelotear. El hecho que se me escapen palabras como “huacha”, “palomita”, “chalaquita”, el famoso ”así no juega Perú” o un ”¡métele un taponazo, pe!”, hacen recuerde aquellos tiempos en los que jugaba en la esquina de mi barrio, en Breña. La diferencia es que aquí la pelota ya no se cae en los techos ni hay que esperar a que pase el carro para seguir jugando, ya no hay necesidad de poner piedras como arcos.
“Aquí ya es otra cosa”, le digo a mi hermano. Aquí se juega defendiendo el honor de mi nacionalidad y dejar bien grabado en sus mentes la número 10. Se juega también para explicarles que nosotros no copiamos la chilena, sino que nosotros inventamos la ‘chalaca’, que la salsa va de la mano del buen fútbol y que si gritamos un gol es porque sentimos el fútbol dentro de nosotros.
Con frecuencia me confunden con los argentinos. “No, suave –respondo-. Aguanta tu coche, ‘causita’. Yo soy bien peruano. Si quieres te preparo un chebichazo peruano, pero eso sí, nada de ketchup ni mayonesa, que es una ofensa contra mi exquisito paladar”. No les queda otra más que reírse.
Colombianos, ticos, europeos y argentinos ya saben que hay un equipo donde juegan dos peruanos que dejan todo el sudor en la canchita. Tomamos las cosas como son: si ya no hay pichangas en la pista, pues ahora hay ”mejengas” en la ‘yapla’; si no hay un arroz con pollo más su papa a la huancaína, pues ahí esta el pinto tico; ya no hay más polladas, aguaditos, ni la salsa de Breña, pero veo que tengo un buen futuro por estas tierras.
Obviamente algún día regresaré al Perú, pero, porque amo mi país, prefiero seguir siendo un embajador de todo lo que representa el sentirse peruano. Ya regresaré a comerme una rica caigua rellena, ¡lo máximo!.
André Bazán, Costa Rica
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