Los angelitos existen

Foto: Pat McDonald
Eran las tres de la mañana. Ya había recorrido más de 450 millas desde Detroit, Michigan, y manejaba por la I-77 de norte a sur. Tenía una reunión muy importante en Greensboro, Carolina del Norte. Solo paré para echar gasolina y tomar café. Estaba por ingresar a Virginia, ya había cruzado tres estados: Michigan, Ohio y West Virginia. Las montañas del parque Jefferson National Forest hacen que el camino se torne peligroso por lo escarpado y trabado de su diseño. Mi compañera, mi Ford Windstar, devoraba las millas al limite de la velocidad. No sé cuándo ni en qué momento me dormí.
¡Desperté justo a tiempo para dar vuelta bruscamente al timón! Las llantas de mi compañera gritaron, pero evitaron que nos siguiéramos de largo en una curva de casi 90 grados y con una caída libre de varios cientos de pies de profundidad. ¡Mi angelito me despertó en el momento preciso! Paré el carro a un lado de la pista. La velocidad con que mi corazón latía en ese momento solo me permitió juntar las manos, bajar la cabeza, orar y agradecer a quien me hizo el milagro.En mi vida he tenido evidencia que tengo uno o varios angelitos. Uno de ellos es mi virgencita de Guadalupe. Aunque no soy mexicano y antes de vivir en Carolina del Norte creo que nunca la había visto, sé que ella me cuida, me da mensajes: En los últimos años, sin necesidad miraba la hora y eran las 12:12, me llamaba la atención algún letrero y en él figuraba “12-12”, tomaba café y helados y la cuenta era $12,12. Jugué la lotería con esos números, los sume, los reste, los multiplique, los dividí; sabíaa que era un mensaje, ¿pero de quién?, ¿por qué?.
Un día, en misa, el sacerdote invitó a la celebración de la morenita de México, a la salida nos dieron un folleto, lo miré y lo guardé. No recuerdo cuánto tiempo después necesitaba un papel para anotar algo, tomé el folleto y vi la imagen de la virgen y el “12-12”, la virgen se celebraba el 12 de diciembre. Me quedé sin poder hablar, mis ojos se inundaron de lágrimas, miré la imagen, sus ojos me miraron y le agradecí que me cuidara. Desde ese momento soy hincha de la virgen, la tengo en todos los momentos importantes de mi vida, en los buenos y los malos.
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En Arequipa, hace 18 años, nacieron mis hijos, mellizos y prematuros (nacieron a los siete meses). Uno pesó dos libras y media y el otro cinco libras. Cuando los miré por primera vez en la incubadora, aparte de sentir una de las más grandes emociones de mi vida, me dio pánico. Las palmas de las manos de mis niños eran membranas, se traslucía la luz. Eran tan pequeñitos que el médico -amigo nuestro- me llamó a un lado y me dijo: “Creo que uno de tus hijos no va a vivir mucho tiempo”. El anuncio fue terrible, me sentí angustiado, pero no podía demostrar mi dolor porque mi esposa estaba muy sensible. De un momento a otro algo cambió, sentí claramente que alguien protegería a mis niños.
Ellos nacieron el 18 de mayo, día de Santa Rafaela María del Sagrado Corazón de Jesús. Tengo dos hermanas monjas, una de ellas es de la congregación de Santa Rafaela, y ellas rezaron en todo el mundo porque mis niños nacieran y vivieran -eso por el riesgoso embarazo de mi esposa. Mi hijo que pesó dos libras y media ahora es un muchacho sano, atleta y muy buen estudiante. Así descubrí lo importante que es la oración y Santa Rafaela es otro de mis angelitos.
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Cuando vivía en Nueva York tuve problemas de alcoholismo. Varias veces manejé en estado etílico por diferentes sitios, gasté mucho dinero en clubes, discotecas y demás, me creía el rey del mundo. Nunca, gracias a Dios, tuve un accidente o me paró la policía. Mi familia sufría mucho por esta situación, mi suegra había muerto unos meses antes y todos estábamos sensibles, ella fue una gran mujer. Estando con una gran resaca, de un momento a otro le dije a mi esposa: “voy a dejar de beber y de fumar en homenaje a tu mamá”. Sentí algo que me ayudó a decir esto.
Efectivamente, con un tremendo sufrimiento, esfuerzo y fuerza de voluntad, a partir de ese día dejé los dos vicios. Mi cuerpo sudó y tembló por varias semanas, necesitaba el alcohol, pero puedo decir con orgullo que ya no soy un alcohólico y que ya no fumo más. Hace ocho años, mi angelito, mi suegra, me ayudó a romper las cadenas de estos vicios.
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Hace tres años, en Arequipa, murió mi mejor amigo. Nos conocíamos desde que entramos a la escuela. Su familia era mi familia y viceversa. Su muerte me dolió mucho, fue tanta nuestra amistad que, después de que murió, nunca pude hablar con su esposa. Ella no recibe mis llamadas, no entiende cómo él tenía más confianza en mí que en ella. Cuando me sentía abrumado, triste o desubicado, una llamada, un apretón de manos o un abrazo, hacían el milagro de ver las cosas de otra manera y viceversa.
Hace poco no sabía qué decisión tomar. Era muy importante que tomara la correcta porque de no hacerlo hubiera causado graves consecuencias para mí y mi familia. En el momento preciso, apareció en mi mente la imagen de mi amigo y tuve la certeza de lo que estaba decidiendo era lo correcto y así fue. Él es otro de mis angelitos. Por eso, siempre que alguien pide mi ayuda, lo hago sin esperar nada a cambio y me he convertido en el angelito de muchas personas.
Con mi abuelo paterno Guillermo “El Grande” Cerdeña, desde que tengo uso de razón, tuve una relación no de nieto a abuelo, sino de amigos. Nuestra relación era tan fuerte y evidente que muchos pensaron que estaba interesado en su testamento y nosotros nos reíamos de esto. Para dar más leña al fuego, durante un tiempo me dejaron su casa y eso creó un lío con los hermanos de mi padre. Lo único que me dejaría de sus propiedades -lo acordamos así- fue una caja antigua con herramientas, tenía unos alicates antiguos, una maravilla. Cuando murió yo estaba lejos y mi padre me llamó después de que lo enterraron para darme el pésame, en vez de que yo se lo diera a él. He sentido su presencia en momentos difíciles, es otro de mis angelitos.
Dios usa diferentes vías para demostrarnos su inmensidad. Estoy seguro de que usted también tiene sus angelitos. Hay que agradecerles y alimentarlos con la oración. A veces una llamada, un abrazo o un beso pueden hacer la diferencia. ¿Se ha preguntado hace cuánto tiemp no le dice te amo a su madre o padre, que no abraza y les dice a sus hijos, su pareja o amigos el amor que siente por ellos? Si el mundo tuviera más angelitos, no estaríamos destruyéndonos nosotros mismos.
Fernando Cerdeña, Carolina del Norte (Estados Unidos)
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