Sobremesa
Una conversación con su madre es el punto de partida de un joven peruano para analizar qué encontró en Estados Unidos y lo que dejó en Lima. Más allá de que siente que en su país adoptivo recuperó las ganas de vivir, deja una frase categórica: “Mi vida sin el Perú no sería nada”.
Hace uno días comía con mi madre en “La Galleria” de Houston y cuando le dije: “Me siento mejor que nunca. Venir a Estados Unidos me ha devuelto las ganas de vivir.” Me imagino la expresión en sus rostros, precisamente porque esa es la cara que puso mi madre luego de que mis palabras salieran mismas llamas del hocico de un dragón. Tenía razón en sorprenderse. Yo, como cualquier joven nacido en el 91, había escapado de los años más horrendos de la historia del Perú contemporáneo. En realidad, había vivido una infancia que a ella le parecía de ensueño: juguetes en Nochebuena y en mi cumpleaños, ropa nueva en cuanta festividad marcaba el calendario social, escuela privada, cable, y otras cosas más que ahora ya son más bien parte del día a día de la creciente clase media, pero que en aquel entonces aún parecían una realidad muy ajena. Y bueno, no es que sea una persona ingrata, todo lo contrario, siempre le he guardado el más profundo aprecio a aquellos que me han tendido la mano cuando algo parecía inalcanzable. 
Debo admitir que siempre he tenido un conflicto con la sociedad, no en lo moral, sino en lo filosófico. Porque la sofisticación del último lleva al elevamiento del primero. En ese sentido, me partían el alma la violencia, (el problema del pandillaje, de las barras bravas, los linchamientos) la deslealtad, y el racismo. Todos ellos muy visibles en el Perú. Cuando viví en Lima llegué a la conclusión de que, como país, habíamos entrado al siglo XXI con un arraigado medievalismo. Y que cada vez que decían que el Perú no era así, que esos eran problemas de los pobres, de los negros, de Lima, de los provincianos, me confirmaban que la sociedad estaba desentendida de sus propias enfermedades. Lamentablemente, en este desentendimiento, en esa hipocresía, iba a seguir floreciendo esa escisión que hacía del crisol de razas un archipiélago de ideales. Así que sentí que tenía pocas razones para seguir defendiendo una identidad que a mí se me hacía muy raída por sus propios problemas.
Han pasado tres años desde esa tarde de junio cuando salí de Lima, y me siento muy afortunado de estar aquí en Texas. Pero me siento aún más afortunado de vivir lo que he vivido, de dónde lo viví, y de las conclusiones que saqué de esas experiencias. Hay sentimientos universales a los seres humanos, y si bien las causas que los incitan varían de individuo a individuo, son únicos en el poder que tienen sobre nuestros pensamientos. Hoy estoy más convencido que nunca de vivir, de andar el camino que me queda, que dada mi corta edad va a ser largo—al menos eso espero. Como dijo Camus, qué raro es el ser humano, que adora andar por un camino cuyo final conoce, y en el que sabe no hay marcha atrás. Yo no creo en guerras perdidas, ni mucho menos en viejas glorias—a pesar de que me parecen encomiables sus proezas. Yo no pienso agregar mi nombre a esa ominosa lista de caídos en conflictos que pudieron haber sido evitados, ni de entregarme el efímero placer de la victoria sobre un oponente que se reivindicará en cuatro años. Hay algo hermoso acerca del Perú, y es que después de casi doscientos años sigue donde siempre ha estado, y su gente sigue junta aunque no revuelta. Si la sociedad es el reflejo del alma del individuo, entonces el alma de los peruanos está en conflicto, pero eso la hará más fuerte y solo necesita un poco de empeño para poder alcanzarlo. Dice la sabiduría popular “no hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista.” Bueno nosotros ya tenemos casi doscientos años, así que ¿cuántos más dejaremos pasar antes de vencer estos enemigos tan conocidos?
Mi madre defendió al Perú por cuarenta minutos sin pausa. Sus palabras mostraban una agria alegría. Por un lado, la primera parte de mi aserción la había llenado de júbilo; por el otro, la segunda parte la había dejado con una desazón tremenda. “Vivir en el Perú es abrumador,” le contesté, “por un lado te dan la madera más fina para tallar en ella tu vida. Por otro, no te dan sino las más inútiles de las herramientas. Pero al final, son las experiencias que vives las que te inspiran a hacer de ese don una obra maestra, y felizmente eso si proveyeron.” Ahora solo me queda tener la entereza para alcanzar ese cometido, pero algo es de por sí muy cierto: Mi vida, sin el Perú, no sería nada.
Jhojan Roldán, Estados Unidos
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