Crónica de una visita a un restaurante “peruano” en Praga
En medio de un paseo por la capital de la República Checa, un compatriota encuentra un restaurante peruano y comienza a saborear la sazón de sabor nacional. Sin embargo, grande será su sorpresa cuando le llegue la carta con los platillos que se ofrecen.
Hace algunos meses tuve la ocasión de conocer Praga, capital de la República Checa. Como ya me habían advertido, el centro histórico de la ciudad es espectacular. La exquisita arquitectura de sus catedrales, castillos, torres, puentes y plazas, además de sus numerosos museos, tiendas y restaurantes, le da un toque entre histórico y bohemio a ese merecido patrimonio de la humanidad. Tal belleza atrae a una enorme, y a veces excesiva, cantidad de turistas de todo el mundo. El esplendor del centro histórico contrasta con el insípido, aunque también interesante, toque de la arquitectura de la era comunista que lo rodea. Sus edificios bastante cúbicos, uniformes y de ornamentación austera o nula transportan al visitante a ese tiempo difícil que le tocó vivir a la generación anterior. Como en muchas ciudades de tamaño considerable – ¡pero tan ausente en Lima! – el metro une buena parte de la ciudad y es usado masivamente. Mi estadía coincidió con una exposición de piezas arqueológicas de oro del Perú cuyos afiches promocionales me provocaron una sonrisa llena de orgullo mientras caminaba por las empedradas calles de Praga. 
Con este preámbulo quiero compartir una anécdota sobre un restaurante peruano en Praga. Conversando con una amiga sudafricana, Cecile, quien me manifestaba su interés de ir a Sudamérica, le sugerí el Perú como una excelente opción por su geografía, su historia y su comida. Le dije que, si bien hasta el momento la comida mexicana era quizás la más representativa de Latinoamérica, en algunos años la comida peruana iba a ser tan famosa como aquella, gracias a su sabor, variedad y reciente promoción internacional. Al escucharme quedó bastante interesada y deseosa de viajar al Perú. Un día antes de mi partida me encontré nuevamente con Cecile y muy emocionada me contó que recorriendo una parte de la ciudad ¡se había topado con un restaurante peruano! Me llevó al lugar y allí conocí al cocinero, un peruano que había trabajado en otro restaurante en Italia y que por motivos personales se había mudado a Praga. El personal, dos o tres cubanos y una peruana, nos trató con la calidez característica del latino. El ambiente decorado con réplicas de huacos del Perú prehispánico y manteles andinos prometía una comida memorable. Sin embargo, para mi sorpresa, ninguno de los nombres de las tres o cuatro entradas y platos de fondo del menú, a excepción del cebiche y uno de los postres (creo que arroz con leche, que más bien es bastante internacional), me era familiar. Al preguntar, el mozo se disculpó y me explicó que varios eran platos de origen cubano. Como ya estábamos allí, decidimos quedarnos y escogí platos calientes que pudieran parecerse a alguno de los nuestros pero, a pesar de que la comida no estuvo mal, resultaron lejanos al sabor peruano. Cecile se sentía un poco apenada de haberme llevado a un restaurante que se suponía iba a aliviar mi nostalgia por mi comida nacional – llevo algunos años fuera del Perú – y yo, por no haber presenciado su “bautizo” al mágico sabor de nuestra comida.
Mientras tanto, un cantante, acompañado de su guitarra, entretenía a los comensales con canciones latinoamericanas y – supongo yo – justificaba así los precios altos del menú. Después de todo, mi amiga parecía disfrutar del ambiente con música y comida a la que ella no estaba acostumbrada. Quise, entonces, que por lo menos conociera la música peruana y le pedí al cantante que interpretara una canción de nuestro país. Con acento cubano y sonrisa avergonzada me dijo que ¡no se sabía ninguna! ¡No podía creer que en un restaurante que se decía peruano no hubiera comida peruana y que en el repertorio musical que ofrecían no hubiese música peruana! “¿No conoces La flor de la canela, por ejemplo?”, insistí. Me dijo que la conocía pero no se la sabía de memoria. Al salir, nos despidieron con la misma calidez que al ingresar y creo recordar que el cocinero justificó el menú por ser más internacional y con una supuesta mayor aceptación de la clientela que uno de sabores típicos de otro país. Decepcionado, le dije a Cecile que esperaba que algún día tenga la oportunidad de ir al Perú a conocer la auténtica comida peruana o, por lo menos, que pudiera viajar a alguna ciudad donde exista algún verdadero restaurante peruano.
Ojalá no haya muchos restaurantes como aquel en otras ciudades, lugares que se califiquen como peruanos sin serlo en realidad. Sería una pena que la gente se lleve una impresión equivocada de la comida peruana, especialmente ahora que se hacen esfuerzos por internacionalizarla. Cada vez que puedo le envío a Cecile alguna noticia que destaca la comida peruana para que la tenga presente en algún próximo viaje o, quién sabe, si algún día abren un restaurante peruano en su natal Cape Town.
Dante Mateo
* Todos los interesados en publicar una historia en “Yo también me llamo Perú” pueden enviar sus artículos y fotos a los siguientes correos: editorweb@comercio.com.pe y jortiz@comercio.com.pe

:quality(75)/2.blogs.elcomercio.pe/service/img/saldetucasa/autor.jpg)