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¿Cómo comunicarte afectiva y efectivamente con tu hijo en cada etapa?
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Hablar y conectar con nuestros hijos es una de las experiencias más hermosas en la crianza. Sin embargo, conforme crecen, esas conversaciones fluidas y espontáneas entre juegos, preguntas curiosas y abrazos se empiezan a limitar, respondiendo solo con “monosílabos”, o desaparecen evitando hablar, permaneciendo muchas veces en su habitación.
La buena noticia es que la comunicación afectiva y efectiva se puede recuperar, considerando ajustes en cada etapa. La clave está en mantener el puente emocional siempre abierto.
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Escucha más de lo que hablas
Los niños y adolescentes anhelan sentirse escuchados. No solo oídos, sino comprendidos. La escucha activa implica mirar a los ojos, dejar de lado el celular o las distracciones y prestar atención plena.
Una estrategia sencilla es reflejar lo que escuchamos: “Entiendo que hoy estás molesto porque tu amigo no quiso jugar contigo” o “parece que la tarea de matemáticas te resultó frustrante”. Nombrar las emociones que percibimos ayuda al niño o adolescente a sentirse visto y, al mismo tiempo, les da un lenguaje emocional que los acompañará toda la vida.
El poder de las preguntas abiertas
En lugar de preguntar “¿cómo te fue?” —que provoca un corto “bien” como respuesta—, probemos con preguntas abiertas: “¿Qué fue lo que más te gustó de tu día?” o “¿hubo algo que te sorprendió hoy?”. Este tipo de preguntas invita a compartir experiencias y pensamientos sin sentir presión.
En la adolescencia, las preguntas abiertas son aún más valiosas porque transmiten interés genuino en su mundo. La clave es formularlas desde la curiosidad, no desde el control, y aprender de sus respuestas para conectar en una próxima conversación.
Mensajes breves y claros
Tanto los niños como los adolescentes desconectan cuando los adultos brindamos mensajes largos. Una comunicación efectiva requiere mensajes breves, claros y cargados de afecto. No necesitamos un discurso de cinco minutos para enseñar una lección; muchas veces basta con una frase corta y un tono cercano: “Confío en ti”, “te entiendo”, “vamos, puedes intentarlo otra vez”.
Y si nos referimos a los límites, también se transmiten de forma afectiva y efectiva: “Sé que quieres seguir jugando, pero ya es hora de apagar la TV porque necesitamos descansar”. La disciplina positiva nos recuerda que podemos ser amables y firmes a la vez.

Aprovechar los momentos cotidianos
La comunicación más profunda no siempre ocurre en un momento planificado. Muchas veces surge en medio de actividades compartidas: al cocinar juntos, durante un paseo, en el trayecto en auto o antes de dormir. Los momentos cotidianos generan espacios seguros y relajados donde los hijos se animan a compartir lo que sienten o piensan.
Si logramos que las conversaciones sean parte natural de la vida familiar, evitaremos que solo aparezcan en situaciones de conflicto o corrección.
Mostrar vulnerabilidad
A veces creemos que, para comunicarnos bien, debemos tener siempre las respuestas correctas. En realidad, mostrar vulnerabilidad es un puente poderoso. Decir frases como: “Hoy también me sentí frustrada, ¿quieres que te cuente qué hice para calmarme?” enseña a los hijos que las emociones son humanas y que se pueden gestionar de forma saludable.
Los adolescentes, en particular, valoran la autenticidad. Notan cuando los adultos intentan darles “lecciones disfrazadas” y suelen resistirse. Pero cuando compartimos experiencias reales, desde la honestidad, se sienten respetados y se abre la posibilidad de un diálogo más profundo.
Reconocer los esfuerzos, no solo los logros
Un aspecto afectivo clave en la comunicación es validar el esfuerzo: “Vi cuánto tiempo dedicaste a estudiar, eso demuestra tu compromiso”. Este tipo de comunicación nutre la autoestima y motiva a los hijos a seguir intentando.
Cultivar la paciencia y la presencia
No siempre obtendremos la respuesta que esperamos, y eso también está bien. La comunicación con los hijos es como sembrar semillas de confianza y afecto que plantamos hoy para que florezcan más adelante. Lo importante es que ellos sepan que estamos ahí, disponibles, incluso cuando no quieren hablar.
La disciplina positiva nos recuerda que la comunicación es un puente de conexión que se sostiene con amor y respeto.
Comunicarnos de manera efectiva y afectiva con nuestros hijos en la niñez y adolescencia es un arte que se aprende y se ajusta con el tiempo. Se trata de escuchar con el corazón, preguntar con curiosidad, hablar con claridad, aprovechar los momentos cotidianos y mostrar autenticidad.
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