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Resumen

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Estudiantes de secundaria se congregan en Estrasburgo, Francia, durante una protesta nacional por las condiciones educativas, el 6 de octubre del 2026. (Foto: ROMEO BOETZLE / AFP).
Estudiantes de secundaria se congregan en Estrasburgo, Francia, durante una protesta nacional por las condiciones educativas, el 6 de octubre del 2026. (Foto: ROMEO BOETZLE / AFP).
/ ROMEO BOETZLE
Por Rodrigo Murillo

Podría ser París, Bruselas, Rotterdam, Berlín o cualquier otra gran ciudad europea. Cae la noche, arde un contenedor o un autobús junto a una avenida y un grupo de muchachos corre cuando aparecen los policías antidisturbios. Algunos han roto vitrinas; otros graban con el teléfono mientras alguien, delante de una cámara, intenta explicar el motivo de sus reclamos: la falta de oportunidades, la discriminación, un futuro que no existe. A veces el francés, el alemán o el idioma del país en el que han nacido parece servirles apenas para expresarse sin cometer errores; otras, la pertenencia que reivindican se encuentra muy lejos de la nación cuyas calles están destrozando. Ahora bien, sería sencillo aligerar el análisis y reducir la causa del problema a la inmigración, al fracaso de las escuelas o a la integración. Europa lleva, a decir verdad, años discutiendo esas palabras y todavía no parece saber muy bien qué hacer con ellas. Pero hay algo todavía más perturbador.