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Dimensión desconocida, por Javier Díaz-Albertini

“El programa parte de la premisa de que, en cualquier momento, se puede cruzar el umbral hacia otra realidad”.

Javier Díaz-Albertini Sociólogo y profesor de la Universidad de Lima

Pinillos

“He decidido sugerir algunas experiencias sueltamente inspiradas en nuestra perturbadora realidad”. (Ilustración: Rolando Pinillos)

En abril se presentó el primer episodio del ‘remake’ de la serie televisiva “La dimensión desconocida” que gozó de popularidad y reconocimiento crítico en los años 60. El programa parte de la premisa de que, en cualquier momento, desde la más rutinaria cotidianidad, se puede cruzar el umbral hacia otra realidad de fantasía, terror o ciencia ficción. Repleta de sarcasmo e ironía, a sus protagonistas siempre les deparan experiencias insólitas y finales sorprendentes.

He leído, no obstante, que algunos de los nuevos capítulos no han convencido a la crítica. Por ende, he decidido sugerir algunas experiencias sueltamente inspiradas en nuestra perturbadora realidad.

El primer episodio se titula “La calentura de los pobres”. Rocky siempre ha gozado de buenaventura en los negocios. Un día, en una de sus minas, comienza a escuchar ruidos extraños. Afinando el oído, cava profundo, llega a la fuente y encuentra a extraterrestres operando una máquina monstruosa que emite enormes cantidades de gases de efecto invernadero. Aterrorizado, observa cómo aumenta la temperatura del planeta. Pero nadie le hace caso. “¿Estás loco?”, le dicen. “El cambio climático se debe a que los pobres contaminan y no por la intervención de otros planetas”, enfatizan. En su desesperación por alertar a la humanidad, amenaza con derramar mercurio en varios poblados, pero es capturado y detenido. Tiempo después –ya en prisión– su celda comienza a inundarse debido a la crecida por el derretimiento de los casquetes polares. Cuando el agua ya le llega a la cintura, ve pasar una balsa con unos pobres vendiendo helados de lúcuma disfrazados de extraterrestres y escucha que dicen “cuando llueve, todos se mojan”.

En el episodio “Pasado mortal”, un militante se siente desolado por el suicido del líder máximo de su partido. Un buen día, recibe un raro paquete en su domicilio. Contiene un reloj que le permite viajar al pasado y decide usarlo para evitar la dolorosa muerte. En un primer viaje, logra que los fiscales interventores tengan puestos sus medallas. Sin embargo, no consigue detener el acto fatal. En un segundo viaje, hace que todos los policías usen chalecos neón antibalas, pero, de nuevo, sin éxito. Y así viajó continuamente al pasado: cambió fiscales y a la Diviac, puso coroneles en vez de comandantes, introdujo una ambulancia, siempre en vano. Exasperado, él mismo decide intervenir y le quita el arma antes del fatal disparo. Se queda atónito al ver que no es su líder sino un suplantador. Al ser detenido, el impostor afirma querer ser colaborador eficaz. Pocos días después, caminando por la calle, ve en el televisor de un restaurante que su perseguido líder ha reaparecido y se encuentra en lo más alto de la Torre Eiffel. Temiendo un fatal desenlace, saca el reloj mágico para salvarlo y se lo arrancha un choro.

El episodio “Circule, circule” comienza con el diario paseo de un caminante por un malecón miraflorino. Mientras escucha su música favorita con sus audífonos, se extraña de la calma y que no tenga que lidiar con los usuales problemas que enfrenta en su caminata. No se ha cruzado con ciclistas abusivos. Tampoco ha sido asustado por un veloz scooter zumbando por su costado. Ninguna moto de delivery ha invadido la vereda. Hay una ausencia total de perros sueltos y de excremento en la vereda. Entre maravillado y confundido, ve a unos metros a un sereno de la municipalidad. Al acercarse es inmediatamente increpado por el agente. “Está prohibido el uso de auricular. ¡Hay que evitar accidentes al circular! ¿Acaso no conoce el artículo 22 de la ordenanza de la convivencia?”, le grita. Al detenerse, recibe una nueva orden: “¡Muévase! ¡No ve que está impidiendo la circulación de los demás, aprenda a convivir en el espacio público!” Aturdido, sigue en su solitaria marcha, solo eventualmente cruzándose con serenos que todos le vociferan “circule”. Cansado, quiere regresar a su casa, pero no lo dejan porque “la circulación es en un solo sentido, muévase”. Pasan las horas y los kilómetros, sin comer ni beber. Finalmente se desploma. Llega una fiscal para levantar su cadáver y comenta: “…una prueba más de que los peruanos no estamos hechos para la convivencia”.

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