Falacia es el término contrario en latín al lema de Harvard, la universidad más antigua de EE.UU.: “Veritas”.
Hace dos años, escribí cómo Donald Trump estaba “atrapado por su séquito de seguidores incondicionales” (8/12/2023): hombres de la clase media baja, poco educados, blancos conspiranoicos. Su forma de hacer política populista es crear una cámara de eco de sus delirios y desavenencias y construir sobre la base de una “cultura de la ignorancia” que se ha extendido en el suelo estadounidense. La acción exagerada contra inmigrantes, la guerra de aranceles, la lucha contra la afirmación positiva, genera el aplauso y apoyo de una población acrítica, con mucho odio, polarizada. Una generación zombie pasmada por décadas de cultura popular chatarra (de donde justo proviene el mediático Trump).
La semana pasada afinó su puntería contra las universidades, especialmente las más prestigiosas y elitistas (y, por ende, aborrecidas por el “pueblo” bajo el falso y manido pretexto de luchar contra el antisemitismo). Ha amenazado con reducir o retirar el apoyo gubernamental que, en el caso de Harvard, suma US$2 mil millones. Trump exige cambios en la malla curricular, en las políticas de admisión, especialmente de estudiantes internacionales. Y en el control de manifestaciones políticas, algunas universidades como Columbia han claudicado. Mientras que otras, como Harvard, están resistiendo.
Como en todo proyecto totalitario, el mitómano de Trump quiere contener la verdad, el pensamiento libre y crítico. Las verdaderas universidades son comunidades que alientan la innovación en todas las áreas de conocimiento. Harvard y Columbia son elitistas y caras, pero también se encuentran entre las diez que invierten más en investigación e innovación.
La universidad actual es producto de la mismas fuerzas que construyeron la modernidad. Se construyó sobre la base de la libertad creativa, de pensamiento y opinión, pilares que no solo benefician el desarrollo de las humanidades sino de la misma ciencia. Por esta razón la universidad moderna depende de una gobernanza que se alimenta de varios sectores estratégicos sociales. Es lo que Burton Clark (1983) llamaba “el triángulo de la coordinación”, cuyos elementos centrales son los vértices del triángulo, en los que se encuentran la autoridad estatal, el mercado y la oligarquía académica. El modelo es dinámico y Clark analizó e intentó mostrar cómo la línea de autoridad se mueve entre estos elementos centrales del sistema de educación superior dando resultado a modelos con características únicas, algunas positivas, otras negativas.
La gobernanza universitaria no debe depender en demasía de uno de los tres, ya que llevaría a desequilibrios en la libertad de enseñanza variando desde el dominio estatal hasta el comercial o el político. Lo que Trump no contempla es que la construcción de ‘veritas’ toma tiempo, pero produce conocimiento. Y que está destruyendo a lo que hace que “América vaya primero”.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.