En 1992, realicé un viaje a Montevideo por invitación del embajador Juan Álvarez Vita, íntimo amigo que me recibía en su departamento unos días. Durante el trayecto en el taxi, el conductor me dijo que en ese año había ocurrido un asesinato en la capital, al escucharlo sonreí, no sé si con algo de incredulidad o de sana envidia, porque por aquella época mi país ardía en llamas debido a los crímenes de Sendero Luminoso y a los enfrentamientos entre estos asesinos que justificaban sus crímenes recurriendo a razones ideológicas contra las Fuerzas Armadas, la policía y las rondas campesinas.

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