Las expectativas sobre el futuro funcionan como un termómetro del clima social. No solo reflejan cómo se evalúa el presente, sino también el nivel de confianza –o desconfianza– en la capacidad de los países para mejorar. El panorama global es heterogéneo, mientras en muchos países predomina un optimismo moderado o un pesimismo persistente, en otros gana espacio la expectativa de que las cosas no cambiarán demasiado.
La encuesta global de fin de año (EOY, End of Year) de GIA, en la que Datum participa, mide tres indicadores claves: esperanza, expectativas económicas y la opinión en torno a la paz mundial. En conjunto, estos indicadores permiten entender no solo cómo las personas evalúan el año que termina, sino también cómo proyectan el futuro inmediato, tanto a escala personal como colectiva.
Los resultados muestran que el mundo llega al 2026 con diferencias importantes. Las regiones emergentes y en desarrollo del sur global se mantienen relativamente optimistas, mientras que las economías occidentales avanzadas –así como las generaciones mayores en distintas regiones– expresan una ansiedad creciente, especialmente en relación con la economía y la paz mundial. A escala global, el indicador de esperanza cae de manera clara frente al año anterior, mientras que el Perú destaca con un aumento significativo, ubicándose muy por encima del promedio mundial.
Esta brecha también se replica en el plano económico. Globalmente, son más los países donde predominan las expectativas económicas negativas que aquellos con expectativas positivas. En este contexto, el Perú se encuentra entre el reducido grupo de países que aún mantiene una expectativa económica netamente positiva, lo que refuerza la idea de un optimismo moderado pero persistente, incluso en un escenario internacional complejo. El indicador más crítico es el geopolítico. A escala global, la expectativa predominante es que el mundo será un lugar más conflictivo en el 2026, convirtiéndose en el indicador más pesimista de los tres. Frente a este panorama, el Perú vuelve a desmarcarse: se ubica entre los cinco países más optimistas respecto a la paz mundial.
A partir de estos resultados, se observa que un pequeño grupo de sociedades se distingue del resto. Países como Japón, Corea del Sur y Noruega destacan porque una proporción significativa de su población no espera ni una mejora clara ni un deterioro marcado, sino continuidad. Es decir, estabilidad, pero con un optimismo limitado.
Este patrón contrasta con lo que ocurre en el Perú. En el país, las expectativas tienden a ser más volátiles y polarizadas. Durante los dos años previos, el pesimismo fue dominante: la mayoría evaluaba el año como malo y anticipaba que el siguiente sería incluso peor. Sin embargo, en el cierre más reciente se observa un cambio relevante. Sin llegar a un optimismo pleno, crece el grupo que espera que el próximo año sea mejor o, al menos, similar al actual, especialmente en lo que respecta a la situación económica y los ingresos familiares.
A diferencia de otros países, en el Perú la expectativa de que “todo siga igual” es menos frecuente y, sobre todo, menos deseable. En sociedades con instituciones sólidas y altos niveles de bienestar, la estabilidad puede interpretarse como algo positivo. En cambio, en un país donde persisten problemas estructurales –como la inseguridad ciudadana, la informalidad laboral o la debilidad del Estado–, que nada cambie suele leerse como estancamiento.
En suma, mientras algunas sociedades avanzadas parecen haber entrado en una fase de expectativas planas, el Perú sigue siendo un país donde el futuro se percibe como abierto e incierto. Esa incertidumbre implica riesgos, pero también oportunidades. A diferencia de quienes solo esperan que nada cambie, los peruanos aún mantienen la expectativa de que las cosas pueden mejorar. El desafío está en convertir ese optimismo cauteloso en confianza sostenida, respaldada por resultados visibles.
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