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¿Un leviatán para el Perú?
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¿Un leviatán para el Perú?

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El Perú enfrenta una coyuntura marcada por corrupción, inseguridad, desigualdad y deterioro ambiental. Vivimos una crisis agravada que evoca otras etapas de nuestra historia cuando fue fundamental la aparición de un líder fuerte capaz de restablecer el orden. Y es que, en contextos de caos, la aparición de figuras de tipo Leviatán aportan estabilidad, pero también pueden derivar en autoritarismo y opresión estatal.

Leviatán es una figura bíblica – un monstruo imponente – usado por Thomas Hobbes como metáfora para señalar que la única forma de poner orden en una anarquía era a través de un Estado fuerte y capaz de contener la violencia.

En los tiempos de Hobbes reinaba el caos. La anarquía exigía una figura fuerte que devolviera la estabilidad. Lo irónico es que, aun hoy contando con democracias, sistemas de derecho y separación de poderes, presenciamos un desorden abrumador, en cierto sentido comparable al de aquella época. Basta ver cómo en varios países latinoamericanos, incluido el Perú, el caos se impone sobre las instituciones.

A fin de sustentar su teoría política sobre la necesidad de un Estado fuerte, Thomas Hobbes realizó un profundo análisis del funcionamiento de la mente humana, y concluyó que, “sin un poder soberano, el ser humano actúa por interés propio y tiende al conflicto”. Y hoy esta visión encuentra eco en las investigaciones de psicología política que evidencian que la personalidad de los líderes no es un aspecto secundario, sino un factor determinante en el manejo del Estado.

Sobre la figura mítica de un Leviatán es posible encontrar rasgos de determinada personalidad. El libro bíblico de Job lo describe como una criatura imponente, de escamas impenetrables, e imposible de domesticar. “Hace hervir el mar a su paso y deja tras de sí una estela turbulenta”. Si piensas en alguna persona en particular, tal vez puedas asociar ciertos rasgos con actitudes temerarias o incluso violentas, alguien que no se amedranta y que suele imponerse. Un carácter impulsivo y dominante, que resiste cualquier oposición. En política, no resulta difícil relacionar estas características con líderes que han dirigido regímenes poco democráticos. No obstante, es preciso resaltar que ciertos rasgos asociados al Leviatán —como la firmeza o un liderazgo imponente— pueden resultar útiles para establecer orden, pero se vuelven peligrosos si su trayectoria revela que nunca han estado sometidos a controles legales superiores.

La naturaleza nos habla en metáforas: en el reino animal, cada criatura cumple un rol específico. Difícilmente pondríamos a un león a cuidar gacelas, a menos que estuviera excepcionalmente adiestrado. De la misma manera, es fundamental ubicar a las personas en los espacios donde sus cualidades y competencias beneficien al conjunto de la sociedad, porque toda personalidad puede aportar un rol valioso, pero solo cuando ha sido consolidado con preparación académica y forjado en la experiencia.

Hobbes sí acertó al señalar que, en medio del caos, un poder fuerte puede ser indispensable. Ejemplos sobran: El Salvador, con su lucha contra el crimen, o el primer gobierno de Alberto Fujimori, que en los años 90 logró recuperar la estabilidad frente al terrorismo y la hiperinflación. Pero la lección es clara: ese poder sin límites puede derivar en autoritarismo. Por eso la no reelección y los controles institucionales son vitales.

Históricamente, muchos periodos de orden tras el caos han estado dominados por figuras de corte Leviatán: líderes de poder concentrado y autoridad casi incuestionable. Regímenes como los de Cromwell, Napoleón, Mussolini o, más recientes como el de Vladimir Putin, ilustraron cómo frente al desorden, la historia ha tendido a aceptar la figura de un líder fuerte que, como el Leviatán, se impone sobre las aguas turbulentas.

Sin embargo, también existen ejemplos de gobernantes que lograron restaurar cohesión sin recurrir al autoritarismo. Nelson Mandela en Sudáfrica, tras el apartheid; José Mujica en Uruguay, después de la dictadura militar; y Lech Wałęsa en Polonia, frente al comunismo opresivo, son casos emblemáticos. Ellos condujeron a sus países desde la calma, la racionalidad y la confianza. No fueron Leviatanes impositivos, sino palomas firmes: con visión clara, paso seguro y capaces de sostener el vuelo en la tormenta. La paloma, más allá de su imagen tradicional de paz, puede también representar un tipo de personalidad política: serena, racional y dotada de autoridad moral.

Diversas investigaciones, como las de Jerrold Post sobre el impacto de la personalidad en el liderazgo, muestran que un gobernante inestable puede transformar el poder en una amenaza colectiva. De allí que resulte razonable exigir una evaluación psicológica seria y objetiva como parte del proceso electoral, pues el ejercicio del poder está estrechamente condicionado al carácter de quien lo ejerce. Un Leviatán impulsivo puede generar mayores riesgos que una paloma calmada pero decidida, mientras que un Leviatán controlado puede resultar más eficaz que un ave timorata. Como señaló Franklin D. Roosevelt, un liderazgo débil puede ser más nocivo que una fuerza bien ejercida. La cuestión no radica únicamente en la tipología metafórica, sino en el carácter, la estabilidad emocional y los contrapesos institucionales que acompañan al líder.

Precisamos comprender la naturaleza humana, no solo para convivir, sino también para decidir. Nuestro país se debate entre la urgencia de autoridad y el riesgo del abuso de poder, y ya hemos pagado caro los costos de estar en ambos extremos. Por eso, hoy más que nunca, necesitamos la voz de especialistas que iluminen el debate público y orienten al ciudadano común, que muchas veces esta desprovisto de las herramientas necesarias para evaluar adecuadamente.

¿Veremos emerger un Leviatán formado o una paloma firme, capaz de guiar con serenidad y fortaleza? ¿Corremos el riesgo de volver a apostar por un outsider más? Determinar el verdadero perfil de los candidatos será tarea no solo de los analistas políticos, sino también de todos nosotros. El Perú demanda autoridad, pero más aún, discernimiento ciudadano.

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

Pamela Alcázar es Escritora y especialista en Relaciones Internacionales

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