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La presidenta Dina Boluarte pronunció ayer su último mensaje a la nación por 28 de julio, y quizás la mayor de sus virtudes fue que no tuvo la desmesurada extensión del que nos dispensó el año pasado. De todas maneras, la versión escrita del discurso tenía 97 páginas, en las que, sin embargo, no fue posible identificar ni un asomo de autocrítica. Tratándose de una especie de balance final de su paso por el poder, al tiempo de enumerar los logros de su administración, lo razonable habría sido reconocer la abundancia de carencias y errores que la han caracterizado.
Pero eso no ocurrió. La mandataria volvió, más bien, a ensayar la victimización retórica que recita prácticamente en toda aparición pública. Todos los problemas que padecemos, según ella, son consecuencia de improvisaciones de gobiernos anteriores, de desgracias naturales como el fenómeno de El Niño o el ciclón Yaku, o de sectores poco leales a la patria que se han esmerado por convertirla en un “chivo expiatorio”. No olvidó, por cierto, sus habituales observaciones sibilinas acerca de la prensa crítica. Tras mencionar que el Ejecutivo no ha gastado estos años “recursos millonarios en publicidad estatal”, anotó: “Hemos pagado las consecuencias de esta decisión patriótica”. Una especie falsa que no resiste siquiera una evaluación aritmética. En una singular exhibición de intolerancia, por último, llegó a afirmar que los escépticos “no tienen cabida” en el país, cuando el escepticismo, la fiscalización y el señalamiento de los aspectos negativos de su gestión son no solamente un derecho de todo ciudadano, sino también una necesidad.
Sus alusiones a los asuntos más delicados de la cosa pública actual –la seguridad, la economía y, específicamente, la gravísima situación de Petro-Perú– fueron brochazos ambiguos o directamente engañosos. Sobre lo primero aseveró: “Estamos librando una batalla firme, decidida y sin tregua”, sin aclarar que, a todas luces, la están perdiendo… En lo que concierne a lo segundo, se atribuyó un “manejo responsable de la política monetaria fiscal”. Una sentencia que ignora que los méritos del control de la inflación corresponden al BCR y no al Gobierno Central, y que hace caso omiso del grave déficit fiscal con el que sin duda cerraremos este año. Y, a propósito de la situación de Petro-Perú, las acotaciones fueron descaradamente alejadas de la realidad. No solo dijo que la empresa cuenta con tres refinerías “en pleno rendimiento”, sino que añadió que “se avizora un horizonte promisorio” para ella. Y señaló que, al amparo del Decreto de Urgencia 013-2024, se están ejecutando “acciones de reestructuración, liquidez y austeridad”. Una letanía que ya hemos escuchado antes y que, a la luz de la situación que todos conocemos, parece un chiste cruel a costa de los contribuyentes.
Vivimos, se diría, en el mejor de los mundos, solo que no nos damos cuenta…
La verdad es que la jefa del Estado ha pronunciado una perorata salpicada de recuentos dudosos y promesas poco convincentes frente a un auditorio compuesto por sus ministros y congresistas aquiescentes: el único público capaz de aplaudirla. Pero la opinión pública en general no debe llamarse a engaños.
En otras ocasiones, hemos distinguido aquí entre el discurso y el mensaje presidencial por Fiestas Patrias. Mientras el primero es la simple suma de las frases moduladas por quien nos gobierna, el segundo comprende también los sobreentendidos, los gestos y el margen de interpretación que ofrecen las materias sobre las que se ha guardado silencio. Y, en ese sentido, tenemos que decir que el mensaje de la señora Boluarte ha sido uno solo: las cosas en este último año de gestión suya no van a cambiar. Van a seguir siendo las mismas que los años anteriores y casi que tenemos que agradecer.

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