Redacción EC

Karina Villalba

Chiara Macchiavello tiene 33 años. Es artista, vegana y fiel creyente de la acupuntura. Es amante de la naturaleza y le encanta viajar. Se despierta a las 6 de la mañana, pero no se apura en ponerse de pie. Chiara es mamá y su principal interés matutino es jugar en la cama con Milán, su hijo de 2 años. Chiara es esposa de Horacio –un arquitecto– y diariamente disfruta con él y Milán los desayunos y los almuerzos, pues tiene la ventaja de vivir al costado de la casa-taller que ambos comparten. A Chiara le importa su bienestar y por ello, le dedica en la mañana unos minutos al ejercicio. Y aunque parece que se da tiempo para todo (ser esposa, trabajadora, emprendedora y hasta atender a una clienta top model mientras la entrevisto), Chiara, como muchas madres, se cuestiona por no estar más horas al día con su hijo. Sin embargo, ha alejado la culpa reconociendo que cuando uno quiere sacar un proyecto adelante, tiene que trabajar. Así vio que sus padres lo hicieron. Y eso quiere trasmitirle a Milán, que el trabajo puede gustar, puede divertir y que no es solo para uno sino para todos, para la familia, para la comunidad, para su futuro.

Chiara es directora de Escudo, una marca de moda y un proyecto social. Ahí, lidera un grupo integrado por su hermana Guiliana, Janice Rubini, Christian Duarte y una red de sastres, bordadoras, artesanos, tejedores. Chiara es diseñadora de modas, le motiva trabajar con materia prima peruana y le interesa rescatar nuestra riqueza textil. Sueña con una escuela de tejido tradicional y con lograr que sus prendas, cargadas de referentes peruanos, trasciendan en el tiempo.

¿Cómo descubriste tu vocación?

Siempre he sido artista. El diseño ha estado en mi vida desde chica. Me gustaba hacer cosas, construir, dibujar, me encantaba el diseño en papel. Estudié diseño gráfico en el Art Institute de California y luego, diseño de performance, Performance Design and Practice, que viene a ser algo como artes escénicas, y me enfoqué en diseño de vestuario. Lo hice en el Central Saint Martins en Londres. Posteriormente, seguí cursos de patronaje, pero no he estudiado diseño de modas como tal. Del diseño de vestuario me fui a la moda.

¿Qué aprendiste cuando viviste en el extranjero?

Fue una experiencia increíble. En todos los lugares aprendí algo, pero fue en Londres en donde me sentí más identificada con el lugar porque me sirvió para reencontrarme con mi país, con lo que yo era, con mis raíces. Cuando regresé al Perú, después de siete años (en realidad solo volví de vacaciones), viajé durante tres meses por toda la costa y la sierra. Fue un viaje de investigación, por el tema de vestuario y todo lo que estaba estudiando allá, pero también fue un reencuentro con esa parte de la cultura popular, de la tradición textil, del bordado que siempre me habían encantado. Fue increíble ver como todo eso es parte de la identidad de las personas, no solo son artes decorativas o una tradición textil, esa identidad habla de ellas, de quiénes son, de por qué lo hacen, en qué momento lo usan. Todo tiene un significado. Fue ahí donde la relación entre la moda, la identidad y la cultura empezó a cobrar otro sentido y la idea de regresar y hacer algo con todo eso pasó por mi cabeza. Y en ese viaje, con mi mamá y con mi hermana hice mi primera colección de ropa que llevé a Londres y, como jugando, se vendió toda. A partir de allí se me grabó en la cabeza la idea de venir y hacer una marca.

¿Por qué Escudo?

El escudo es un objeto de protección y ha sido un portador de identidad. Nosotros creemos que la ropa de alguna manera protege y aporta identidad, sobre todo las prendas que hacemos acá, que tienen una carga cultural (bordados, tejidos o inspiración de la selva shipiba, de la sierra central…), así estamos constantemente trabajando con la identidad del país. Por eso el nombre.

¿Cómo nace una colección?

Tenemos reuniones donde se proponen los temas, los evaluamos y empezamos a diseñar bajo ciertas pautas. Hay un proceso de investigación: información, información y más información, imágenes, texturas... Luego, juntamos todo, evaluamos y vemos hacia dónde dirigirnos, qué técnicas usar. También consideramos que haya continuidad en el trabajo con los artesanos.

¿Cómo deciden con qué grupo de artesanos trabajar?

Ha sido un trabajo de muchos años, desde antes de hacer la marca. Nos interesa que ellos puedan responder, manejar ciertos estándares y que hayan sido capacitados por Mincetur en seminarios y talleres sobre producción, calidad y entregas. Trabajamos con un grupo de tejedores de Huancavelica y con bordadores de los alrededores de esa ciudad, y de las afueras de Ayacucho. También se han sumado artesanos de la selva y una comunidad de mujeres tejedoras de Lima. El lugar que inspira la colección no es necesariamente el lugar donde se produce.

¿De qué manera incorporan referentes de nuestra cultura en sus prendas?

No es una apropiación literal, esos referentes nos inspiran. Por ejemplo, para una colección intervinimos patrones shipibos, el colorido y las formas fueron otros. En la colección Desierto Moche aplicamos en las prendas partes de la iconografía dibujadas y estilizadas por nosotros. Entonces, transformamos un poco, vemos de qué manera se pueden aplicar, si es un bordado, si es en estampado, si es en tejido, si es una pintura.

Hay mucha investigación previa…

Sí, viajamos y estamos con la gente con la que vamos a producir en el lugar que nos inspira. De hecho, Escudo es eso, una marca de moda, una marca comercial y un negocio, pero también es un proyecto social que trabajamos con los artesanos y con distintas comunidades. Un proyecto donde rescatamos y trabajamos técnicas tradicionales artesanales que usamos en prendas de uso urbano y cotidiano. Por eso, nuestra ropa tiene el valor agregado de la mano y de la materia prima del Perú.

El algodón y la fibra de alpaca son el sello de tus colecciones.

También usamos otras telas, pero sí, nuestro sello es el trabajo en telar, el bordado, la fibra de la alpaca, de baby alpaca, de algodón. Creo que el desarrollo del telar es todo un universo, se pueden hacer maravillas. El tejido y el bordado también. Yo creo que estos temas sí se van a mantener a lo largo de nuestras colecciones.

¿A qué le atribuyes el éxito de tus prendas?

Me imagino que ver una marca que está trabajando con la identidad del Perú, en prendas que puedas usar en el día a día (sweaters, sweatshirts, pantalones) puede haber contribuido a que sea una propuesta más aceptada. La industria de la moda está creciendo y creo que es bueno que haya más propuestas e iniciativas y que estas sean auténticas. Que Escudo sea reconocible en el mercado me parece que es un logro y pienso que se da justamente porque hay todo este movimiento de revalorización de lo nuestro, de la identidad, que de hecho empezó con el ‘boom’ de la gastronomía. Pero así como tenemos riqueza en ingredientes, tenemos riqueza en textiles. Por eso siento que es el momento de apostar por lo nuestro.

¿Cuál es tu posición en el tema de la moda sostenible?

Escudo es parte de ese movimiento. Saber quién hace tu ropa es importante, pero el tema –más que el hecho de que la marca haga prendas como las hace, con conciencia–, es el consumo. El consumidor es quien debe tener conciencia de lo que está comprando, por qué está haciéndolo, qué vale la pena comprar y qué no. Para mí la moda que vale es la moda que con el tiempo se vuelve mejor, la que perdura. Entonces, es eso, qué quieres comprar. Por otro lado, también es vital lo que le das a tus trabajadores, a las personas que hacen tu ropa, que haya una relación económica justa. Por ejemplo, en la sierra hay un problema muy grande con los alpaqueros, porque a veces les sale más a cuenta vender su alpaca por carne que por fibra. Eso no tiene lógica. Sucede que las hilanderas grandes les pagan lo mínimo y el precio de la baby alpaca ha subido un montón, un metro de tela puede costar 100 dólares. De hecho que ahí hay algo equivocado, debería haber más regulación.

¿A quién le compete esa función?

No sé, pero al Estado sí le compete poner leyes, normas que regulen o estandaricen ciertos precios en el mercado. En realidad, es un tema difícil. Lo que nosotros sí hacemos es tener un comercio justo con las personas con las que trabajamos y, si es posible, tratamos de comprarle el material directamente a ellos, al productor, para pagarle un poco más

Otra cosa que como país no tenemos –y deberíamos– es una escuela de tejido, de telar, de bordado. Nosotros tenemos telares de hace cinco mil años y esa tradición se ha mantenido a través de generaciones. Lo que pasa ahora es que las generaciones más jóvenes no quieren aprender a hacer telar, porque piensan que de eso no pueden vivir, prefieren trabajar de lo que sea y no como tejedor. No le dan el valor de lo que tienen, porque podrían llegar a ganar más haciendo telares. Ese es el trabajo que queremos fomentar, por lo menos en las comunidades con las que trabajamos. Queremos que sus hijos aprendan a tejer y les damos trabajo, les pagamos directamente a ellos, tratamos de que ellos lo hagan en sus horas libres, porque también estudian, son niños de 15 años.

¿Este trabajo lo realizan como Escudo?

Recientemente hemos creado la ONG Kuyapa (www.kuyapa.com), que en quechua significa ‘dar’,  en colaboración con mi familia, que ya tiene todo un proyecto de trabajo social en la selva. Nosotros apoyamos con talleres de creatividad para el desarrollo artesanal.

Hace unos meses vino un dentista de Estados Unidos con sus asistentes y sus materiales. Nosotros lo ayudamos con el transporte y la logística, y él donó su trabajo. Estuvo dos semanas enteras y curó dientes de personas de dos comunidades. Son cosas que no tienen que ver con la marca, pero que sí ayudan a la salud, a la educación y a la calidad de vida de la gente con la que trabajamos.

¿Qué planes tienes como diseñadora?

Seguir adelante con la marca. Digamos que Escudo es una cosa y otra, Casa Macchiavello. Casa Macchiavello es una plataforma de diseño. Acá manejamos distintos proyectos a la vez. Uno y el principal es Escudo, pero en paralelo hacemos otras cosas, como por ejemplo, el diseño de los uniformes para una agencia de viajes, los producimos todos. Hacemos piezas a pedido, vestidos de novia, vestidos para fiestas, sacos. Si quieres hacerte algo con nosotros, vienes y te lo hacemos a medida.

Aparte, colaboramos con el diseño de cosas que no tienen nada que ver con moda, pero sí con el diseño textil. Hace poco hicimos una instalación en el Museo de Arte Contemporáneo con el estudio de arquitectura Vicca Verde. Y ahora estamos diseñando con ellos unos temas para un festival del Perú que se va a realizar en Washington. También me encantaría tener un poquito más de tiempo libre para dedicarme a lo que hacía antes: textiles, piezas de arte que trabajo con los tejedores y las bordadoras.

¿Qué ganas haciendo lo que haces?

Satisfacción personal. Siempre soñé con hacer una marca y ya se está haciendo realidad. Aportar a la cultura y a la identidad de los peruanos. Y, sobre todo, hacer algo comprometido con el desarrollo de nuestro país. Sí, es mucho más trabajo, pero es como decir «apuesto por lo nuestro».

El trabajo en colaboración con esta red de artesanos es superbonito, te sientes bien y ellos también. Me hace pensar que el producto tiene vida, algo más especial, que tiene otro valor, otro significado. Siento que eso puede servir de inspiración a diseñadores más jóvenes que pueden encontrar acá muchos recursos para crear y que no necesariamente deben buscar referentes fuera.

¿Cómo ejercitas tu creatividad?

En mi vida siempre está metida la creatividad. En mi tiempo libre me gusta crear. Hago yoga y esa parte, que es más de relajación, también me permite crear. Me encanta viajar, me alimenta, sobre todo ir al interior del país (y fuera también). El hecho de viajar y ver cosas nuevas me inspiran.

¿Cuál es tu prenda favorita?

¡Qué difícil! Un buen saco. Los abrigos me encantan más que nada, te lo puedes poner sobre todo.

Si no hubieras sido diseñadora, ¿a qué te habrías dedicado?

El arte es muy parecido al diseño. No me veo en otra cosa. Me gusta todo lo que tenga que ver con el arte y el diseño. Podría haber sido solo artista y no diseñar. También me hubiera encantado la danza.

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