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Ya no soy tu víctima

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Me lleno de rabia e impotencia al leer los testimonios de abuso; también quisiera como muchas que los victimarios sean desenmascarados. Sin embargo, sé lo difícil que es; lo imposible que puede llegar a ser. ¿Por qué? Porque yo pase por lo mismo. Hace casi diez años conté mi historia públicamente sobre la violencia doméstica de la que fui víctima. No lo hice por venganza, ni por hacerme justicia, sino porque pensé que podría servirle a alguien más saber que no estaba sola.

No mencioné nombres ni apellidos, y siempre hable desde mi experiencia, pero fue fácil para muchos saber de quién hablaba. Más que todos, él mismo. Y la pesadilla segunda parte comenzó. Me amenazaron privada y públicamente; me insultaron, se burlaron y me acusaron de mentirosa amigos, conocidos y familiares. Mis supuestos patazas me dieron la espalda. Mi familia me recibió en su casa con cariño, aunque hasta aún sea mi historia hasta para alguno de ellos un tema para barrer bajo la alfombra.

(He visto algunos de los cómplices, algunos “dizque lideres de opinión” de esa violencia dentro de los grupos feministas de los que yo también soy parte, también los vi en la marcha).

Hay cosas terribles que no pude decirle a mi psicoanalista en los cuatro años y medio que me dedique a entender, a curarme y a sobrevivir. Sé que soy de las suertudas, porque estoy viva. Y así hoy no le tenga miedo, así ya no sea ni me considere una víctima, no me expondría a más de lo que recibí por no callar.

Fue y es tan complejo, duro y personal este proceso, que muchos pueden decir que no soy todavía lo suficientemente valiente para denunciarlo. Lo hice en su momento como pude, con las herramientas personales y emocionales que tenía en ese momento. No soy una cobarde. Ya no tengo miedo.

Pero hay heridas, ustedes comprenderán, que quizás nunca cierren por completo o recuerdos tan monstruosos con los que convivo, que me hacen decidir por mi propio bien; y mi propio bien por ahora es seguir adelante. La justicia la encontré, hasta hoy al menos, en mi misma, en volver a ser yo; también por supuesto en las incontables y valiosas muestras de agradecimiento que nunca esperé por contar lo que yo viví.

Todo esto lo escribo con la absoluta seguridad que todas podemos encontrar una salida. No todos los caminos son iguales. Toda situación es distinta. Todo el amor propio que la violencia nos quita, lo podemos recobrar.

Quizás lo importante no es quedarse en cuestionar: “¿por qué no te fuiste?, ¿por qué lo protegiste?, ¿por qué te quedaste?, ¡publica su nombre y su apellido!”, quizás lo primero sería brindar ese espacio seguro para salir de la burbuja en la que el maltrato aísla, y poder contar nuestra propia historia a alguien te cree palabra por palabra todo lo que dices.

Celebro las marchas; los nuevos espacios de diálogo contra la violencia hacia la mujer. Celebro a todas las que habiendo sido víctimas o no, apoyan este grito de alerta, visible ahora más que nunca, contra todo tipo de abuso.

Lo repito con orgullo, ya no soy una víctima. Ya no soy tu víctima.

En mi corazón están las caras, palabras y apoyo de todos los que nunca dudaron de mi; hoy es un buen día para decirles gracias.

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