¿Cómo llegué a Austria?
Corría el invierno del 2005. Setiembre, para ser más exactos. Regresaba de entrenar Capoeira con el grupo Candeias, mi segunda familia, cuando por inercia me conecté al messenger. Una amiga me dijo si quería salir a una fiesta. Mi cuerpo estaba destrozado por el entrenamiento y le dije que no. Bastó que me contara que una prima suya venida de Austria estaba con ganas de salir para que yo preguntara a qué hora tenía que estar allá. Hice mi investigación sobre el país en cuestión y cometí el error que muchos cometen: pensé en Australia, país de canguros, mucho sol y playas, en vez de Austria, país carente de olas, con toneladas de nieve en el invierno y lleno de música clásica.
Cuando llegué a conocer a la prima, todos los datos que había recolectado para caerle en gracia fueron inservibles por obvias razones. Gracias a Dios ella podía hablar español (no perfecto, pero bastaba para comunicarse suficientemente bien). Pasamos toda la noche hablando de todo, inclusive de cómo son los estudios en Austria. Nos enamoramos y comencé a salir con ella durante todo el mes que se quedó en Lima.Momentos antes de subir al avión me dijo que pensara en la posibilidad de ir a Viena para terminar allá mis estudios. Me encontraba en la mitad de la carrera de Ingeniería de sistemas y en ese momento lo único que tenía en mente era acabar la carrera. Aunque la oferta sonaba tentadora, pensaba que era más el arrebato de un amor que sabe muy en el fondo que la distancia terminará disipando todo cariño hasta el momento construido.
Les conté a mis padres de las posibilidades de irme a estudiar al exterior, y les dije que allá estaría esta chica que iba a ayudarme, que el Estado te pagaba una cierta cantidad de dinero por ser estudiante universitario, que allá la universidad era mucho más barata aunque el costo de vida sea un poco más caro, etcétera. Les dije todo esto casi con la seguridad de que me negarían el apoyo porque era una idea tirada de los cabellos. Dejar la carrera a medias para irte a otro país del que solo sabes que está ubicado abajo de Alemania, que hay música clásica y que son cerveceros de corazón no parecía una idea que fueran a respaldar mis padres. Me equivoqué del todo. Al día siguiente de aquella conversación mis padres volvían de hacer las compras y mientras me pedían que los ayudara a bajar las bolsas me dijeron que empezara a hacer mis papeles. Fue tan fuerte mi sorpresa y mi desorientación que por reflejo se me cayeron al suelo 2 bolsas.
Así pasaron siete meses, con idas y vueltas entre el correo, la embajada de Austria, los ministerios de Relaciones Exteriores y Educación, las delegaciones policiales, el traductor, los taxis de aquí para allá y los tramites para sellar y legalizar la mayor cantidad posible de papeles en horas de oficina para de esta manera cruzar el gran charco sin problemas.
Nunca supe a ciencia cierta si quería emigrar. En realidad sí lo estaba, sabía por lo que la razón me gritaba que en Austria, luego de acabada la carrera, me esperaría un futuro mucho mejor, aunque el corazón se opusiera tajantemente a la idea de dejar a mi familia, a mis amigos, mi modo de vida de limeño clase media y mi comida por algo totalmente desconocido. Así llegué a Viena, rebautizada por mí como la ciudad de los vientos infinitos. Llegué con la maleta cargada de la mayor cantidad de ropa contra el frío, un pisco para los amigos que hiciera en un futuro y mi laptop casacarcacha (una que solo tiene 128 mb de ram y 10 gb de disco duro).
Me choqué con la sorpresa de que las cosas no eran exactamente como me habían dicho. El Estado paga una cierta cantidad de dinero a los estudiantes universitarios, es cierto, pero lo que no sabía es que solo a los universitarios austríacos. La universidad es años luz más barata que en el Perú, pero el costo de vida también es más elevado de lo que pensaba, no solo en términos monetarios, sino también en términos afectivos. Como alguna vez dije en un momento de inspiración, la soledad corroe de a poquitos el alma como lo hace el oxido con el metal. A eso hay que sumarle el hecho de que llegué hablando nada de un idioma que en la vida había escuchado y del que necesité clases intensivas de un año y medio para poder hablarlo (aunque hasta el día de hoy me siga equivocando).
Vivo en una residencia de estudiantes de intercambio donde tengo contacto con gente de todos lados del globo y, por ende, de todas las culturas y lenguas. Por ahí no falta un español que, aunque comparte el idioma conmigo, sigue siendo un europeo y le falta esa picardía propia de los latinos. Existe una cocina compartida por todo el piso en la que hay que hacer fila algunas veces para poder cocinar y en la que mientras esperas tu turno vas conversando con los demás sobre cómo son las cosas en sus respectivos países, aprendes a decir palabras en otros idiomas, hablas de temas internacionales serios como la política o triviales como el fútbol.
Sea como sea, siempre que comienzo a hablar del Perú quedan fascinados. Les hablo de los incas, que es lo que ellos conocen, pero también les hablo de los moches, el pueblo guerrero; los nasca con sus líneas inmortales; o los paracas y sus tejidos. Les hablo de las playas de la costa, de Máncora, de Trujillo y de Lima. Les cuento que la sierra tiene parajes hermosos, que tenemos el lago más alto del mundo y que la papa salió de nuestra tierra. Saben por mí que el Perú también tiene selva, sin leones, pero con guacamayos y monos. Les hablo también de los años del terrorismo, dejando bien en claro que esos dementes y sin sentimientos ya no operan en el país. Pero por sobre todo les dejo bien en claro que somos una tierra de pobres económicamente hablando pero de millonarios de corazón. Nunca falta alguno que ya estuvo en nuestro país que afirma lo que digo con una sonrisa en la cara, contando cómo la gente del Perú, aunque no tiene mucho, está preparada para compartir lo poco que tiene con tal de hacer sentir al visitante como en su casa. Luego de que todos escuchan lo que digo me preguntan sobre la comida y si haré algo peruano. No puedo evitar extender la invitación para hacerles un rico ají de gallina (sin ají, porque pica mucho) o un lomo saltado, y por sobre todo, la invitación para que en sus próximas vacaciones, en vez de irse a Las Vegas a gastar la vida en cosas banales, visiten el Perú y se maravillen tanto como nosotros mismos. Recuerdo que alguna vez un chico de Ucrania me preguntó si había visitado algún otro lugar en Latinoamérica, a lo que respondí: primero tengo que terminar de conocer mi Perú y para eso me faltan muchos años aún.
Ya pasaron tres años desde que llegué a estas tierras, sigo en la lucha por acabar mi carrera, por encontrar un trabajo (escasos para estudiantes extranjeros), por perfeccionar el idioma, por no extrañar en demasía las cosas de las que carezco, siempre pensando en las que en un futuro tendré luego de haber pasado por este Vía Crucis. ¡Para atrás ni para tomar impulso! El objetivo está claro: terminar la carrera lo antes posible, aunque cueste sangre, sudor y lágrimas, para luego decidir entre volver a mi tierra amada o quedarme por acá para darle un futuro mejor a los hijos que vaya a tener en algunos años, evitando así que ellos pasen por lo que yo.
No sé qué me tenga deparado el destino, pero si hay justicia y es cierto que todos los esfuerzos se pagan al final, debe ser algo bueno. Prometo que en tres años más volveré a escribir en este blog contando qué fue lo que paso.
Ricardo Javier Aranguena Cerdán, Austria
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