Pensar, explorar, contemplar, ¿son actividades en vias de extinción? Leer un texto largo, entender lo que hemos leído, ¿será una práctica cada vez más minoritaria? Hace poco se dio a conocer una investigación del University College de Londres y de la Universidad de la Florida. El resultado sorprendió a los propios investigadores. En el periodo entre el 2003 y el 2023, el numero de personas que lee por placer, disminuyó casi a la mitad, del 28 al 16 por ciento. La investigación se refiere a lectores en Estados Unidos pero seguramente se reflejaría en los índices de otros países. El estudio incluyó la lectura de libros, revistas, diarios y textos en un artefacto electrónico. El numero de lectores bajó un tres por ciento por año.
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Se dan varias explicaciones para este fenómeno. Una de ellas es que la gente tiene menos tiempo para leer, debido a las presiones económicas. Yo aventuro otra: leer un libro supone un estado de atención que hemos perdido o que estamos perdiendo. La vida de cualquiera de nosotros, en su estado rutinario, es un ataque directo a nuestra capacidad por prestar atención prolongada. Amanecemos con una cantidad de mensajes en el watts app, en el chat y en el inbox.
Después de tomar desayuno, estos mensajes se han duplicado. Esta existencia hecha de puntos dispersos se prolonga con las novedades nacionales o internacionales. De vez en cuando los medios lanzan noticias de ultimo minuto (breaking news) que no lo son pero que distraen nuestra atención. Por otro lado, manejar a algún sitio o tomar un transporte público supone acabar con el cuerpo y la mente agotados. Y así vamos. Nuestras vidas son puntillistas, dispersas, fragmentadas. Un libro en cambio nos propone un universo armónico y coherente. Nos propone además una familiaridad con el lenguaje y por lo tanto con el pensamiento y la capacidad crítica. Nos ofrece un deleite y una conmoción a la vez que una riqueza en la comprensión del mundo. Pero con frecuencia los posibles lectores están atosigados de signos tan intensos y violentos que no logran el estado de curiosidad y de tranquilidad que requiere la lectura. Claro que la solución es leer en algún sitio con el celular apagado. Sin embargo, en ese caso nos persigue el síndrome de estar aislados ante algún problema cercano, alguna emergencia familiar por ejemplo.
El lector se ha convertido así en un héroe, un rebelde, un santo con aureola. Es un personaje clandestino en el sistema. Es evidente sin embargo que la tecnología nos sirve de un modo extraordinario en los servicios en la ciencia y la medicina, así como en la educación y la información. Pero la velocidad del mundo nos hace perder de vista que la tecnología es un instrumento y no un fin. La capacidad por mirar el mundo y por entendernos apenas sobrevive. En cambio la posibilidad de mirar la tecnología se expande.
Quedan algunas posibilidades. Una de ellas es sentarse en algún lugar a contemplar lo que nos rodea. La palabra contemplar viene del latín y está ligada a “templum”, es decir el lugar donde los sacerdotes romanos observaban las estrellas y predecían el porvenir. Proust escribió: “Si miras un objeto cotidiano el tiempo suficiente, descubrirás que es un milagro”. Ese mundo sin milagros es el que ha dejado de leer en un universo dominado por las guerras tecnológicas.
¿Algunos héroes sin embargo quedarán para salvarnos?