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Cristina Planas es una de las más reconocidas y controversiales artistas plásticas del momento: aunque nunca fue su intención, muchas veces se vio envuelta en polémicas. En 2012, fue acusada por Robert Ritchie, portavoz de Tradición, Familia y Propiedad—grupo católico ultraconservador—, de ser la responsable de los miles de sismos y erupciones volcánicas ocurridos ese año, debido a su arte “blasfemo”. Hace unos meses, la Municipalidad de Lima la demandó por no contar con los permisos para la instalación de “Gallinazos”. Y pese a que la fiscalía declaró infundada la acusación, la Municipalidad desmontó la muestra. Ahora, Planas vuelve a hacer noticia tras convertirse en la ganadora del prestigioso premio Emerging Voices Awards, otorgado por el Financial Times y OppenheimerFunds.
¿Cómo definirías tu trabajo?
En principio, para mí, el arte es como respirar, me hace sentir libre. Es la manera que tengo de expresarme, difícilmente podría hacerlo de otra forma. Siempre repito que el arte es una excusa para reflexionar porque engloba lo que yo quiero hacer y decir. Cuando trabajo en una pieza, trato de tener el cuidado de decir las cosas como quiero que se entiendan, porque siempre me encuentro con que las posiciones están encontradas, haga lo que haga. Es algo que me llama mucho la atención.
¿Por qué crees que incomoda tanto?
Creo que porque hablo desde mi lugar de enunciación: el de una ciudadana peruana, madre de tres hijos que ha vivido la juventud en la época del terrorismo. Y lo que digo desde ahí incomoda porque pongo en evidencia sensaciones que, probablemente, muchos hemos vivido y queremos olvidar. Justamente, el arte tiene la facultad de rescatar las cosas del olvido, de generar vínculos y de abrir una ventana para mirar lo mismo desde otra perspectiva, lo cual te da la posibilidad de desarrollar empatía con el otro o con tus propios sentimientos que, de repente, estás ignorando. El arte incomoda, en la medida en que te conmueve, te saca de tu zona de confort y te obliga a replantearte ciertas ideas. Pero eso no le gusta a la gente; normalmente, prefieren estar cómodos. Pero estar incómodo es muy saludable.
El tema de la religión es muy recurrente en tu obra
Es que siempre ha estado presente en mi vida. Mi madre es una persona extremadamente religiosa, es ministra de la Eucaristía. Así que crecí en un colegio religioso, estuve interna en un colegio de monjas, y en mi casa siempre hubo muchas imágenes religiosas. Por eso creo que tengo este filo en mi obra, porque mi familia es así y mi sociedad también.
Por otro lado, siento que la Iglesia no responde a lo que sus fieles requieren: cercanía y protección. Con Cipriani te entregan otra cosa. Por ejemplo, en el Perú seguimos encontrando fosas comunes de personas inocentes y a nadie le interesa, a nadie le provoca espanto. Nos hemos acostumbrado a encontrarlas, y eso es perverso. Hay algo que ya no vemos, es el sector invisible. Y en medio de esto, la Iglesia no se pronuncia, no sale el representante de la comunidad a dar el pésame, a dar la mano. Sin embargo, sí se pronuncia en contra del matrimonio civil entre personas del mismo sexo y en contra del aborto en casos de violación. Entonces dices “qué contradicciones encontramos”. Este tema lo vengo trabajando constantemente. Siempre me preguntan si soy católica: sí lo soy, he bautizado a mis hijos. Pero tengo una tremenda incomodidad con la iglesia, por más que yo quiera escaparme, sigo hablando de ella.
¿Por qué crees que en Lima las campañas de censura tienen eco?
Por el miedo. Somos una sociedad que ha crecido con miedo. También le tememos a la diferencia. Tantos años de violencia política, de inseguridad ciudadana y de crisis, han hecho que seamos desconfiados, y debido a esta desconfianza rechazamos a primera vista lo que parece diferente o extraño. También creo que se debe a algo que sucede en nuestro país y en toda la región, que es el tema del mal manejo del poder: es más fácil acumular poder con gente poco informada. Estamos acostumbrados a la intolerancia, a la falta de respeto, a que un grupo de personas se crea con el derecho de decidir sobre los demás. Además, creo que por el miedo, la gente hace cosas que en realidad no quiere hacer. El miedo también paraliza e impide pensar. Entonces, si transmites miedo, la gente hará lo que le digas para sentirse a salvo.
Justamente, el Emerging Voices premia a quellos artistas que "tienen un conocimiento profundo de la realidad de sus regiones y que contribuyen a alcanzar un 'nuevo renacimiento'"
Es súper halagador. La verdad, he recibido comentarios que no esperaba, todavía me tienen flotando. Jorge Tacla, uno de los miembros del jurado, me dijo que para él mi obra era como la de los grandes escritores latinoamericanos. Después entendí por qué me lo dijo, y es que los escritores latinoamericanos hablan desde adentro de la sociedad, y yo también. O sea, mi trabajo se puede insertar exactamente donde estoy parada: hablo de mis hijos, de mi familia, de mi educación católica…
En realidad quien me presentó al concurso fue mi amigo Ernesto Soto. Me dijo “Cristina, estás trabajando en el Perú y muy difícilmente alguien puede ver tu obra. Esta es una buena oportunidad”. Entonces, con ese ánimo presenté mi trabajo. Y cuando salí entre los diez finalistas, festejé como si hubiera ganado porque eso nomás ya era una victoria. Hasta ahí ya había sido maravilloso, pensé que ya no pasaba a la siguiente ronda. Así que cuando pasé a la terna, no podía creerlo. Ya te podrás imaginar que cuando dijeron mi nombre en la ceremonia, me quedé como “¿De verdad, yo?”. Tanto así que no preparé ningún speech porque no pensé que fuera a ganar. Felizmente, fui con mi hermana, mi primo y mi esposo, y el día anterior me dijeron “No, hay que hacerlo por si acaso”. Al final lo hice y tuve que abrir mi papel y leer. No me lo esperaba, de verdad. Porque aparte hubo nominadores pero que no eran parte del jurado, sino personas que conocen mucho de arte, como el director del Guggenheim Museum, y que proponen a un grupo de artistas. Y yo no venía ni siquiera de este proceso. Quien me nominó fue mi amigo Ernesto, que tampoco está metido en el mundo del arte.
¿Crees que este reconocimiento contribuya a que el público local aprecie mejor tu trabajo?
Este grupo que es Tradición, Familia y Propiedad, no lo creo. ¿Leíste lo que escribió sobre mí este Ritchie? Para él no existe el calentamiento global, soy yo la que tengo el poder de generar el apocalipsis. Fue una locura. Pero quizás alguien que no sea tan cerrado pueda decir “voy a investigar, voy a tratar de entender de qué se trata, ¿habrá algo de verdad ahí?”, y ese paso nomás contribuye mucho. Creo que estas personas que estuvieron rezando el rosario en la puerta de la galería o que estuvieron haciendo misas de sanación por mi espíritu no se han puesto a pensar en realidad, sino que actúan como un rebaño de ovejas.
Dijiste que seleccionar las piezas para el concurso hizo que te dieras cuenta de los elementos que atraviesan tu obra. ¿Cuáles son?
Sí, me sirvió para verla retrospectivamente en conjunto y para reinterpretarla. Me ayudó a entenderme a mí misma, porque a veces trabajo de una manera muy intuitiva. Hay muchas cosas que no verbalizo, sé por qué las hago, pero no tengo la capacidad de verbalizarlas, trabajo justamente en escultura por eso. Me di cuenta de que mi trabajo viene hablando de la capacidad para sobrevivir. Me marcó mucho haber crecido en un momento de gran violencia en el país. En cuanto a la religiosidad, ves que hay tanta gente tranquila porque tiene mucha fe, y te preguntas “¿Y por qué yo estoy intranquila?”´. Entonces, mi trabajo es una búsqueda por encontrar paz y por lograr sobrevivir en una ciudad como esta.
Por ejemplo, en “Lima” [2008], que fue la muestra con la que volví a hacer arte después de ocho años. Porque cuando me casé, no hice más escultura para dedicarme a cuidar a mis hijos. Entonces me dije “Tengo que explicar por qué he estado así, bajo el agua tanto tiempo”. Y regresé con esta muestra que fue una entrega simbólica a la ciudad de mis hijos, Julián y Catalina. Estuvo compuesta por cinco piezas: una niña y cuatro versiones de un niño. En las versiones, él se entrega, se escapa y se enfrenta a [Lima] “la horrible”. Los doté con distintas habilidades para que sobrevivan sin mí y, finalmente, si no podían, este se amarraba la bandera del Perú como una capa y se escapaba. O sea, lo único que podía llevarse era su identidad.
El tema de la supervivencia también está presente en "Gallinazos", tu última obra.
Sí, la muestra nace porque estoy, como todos en el Perú, abrumada por la corrupción. El gallinazo representa todo lo que no queremos ver, las partes de la sociedad que queremos volver invisibles. Son los marginados. Pero en un contexto de crisis climática y de valores, son ellos los que van a sobrevivir, los que tienen poder, porque nosotros no hemos podido resolver los conflictos de nuestra sociedad; quizás ellos sí lo logren. Entonces, propongo al gallinazo como el agente encargado de reciclar, no solo la basura, sino también la corrupción y la falta de valores. Además, me interesaba reivindicar la figura del gallinazo porque siento que al hacerlo, lograremos ser una mejor sociedad: más inclusiva, solidaria, respetuosa; aprenderemos a aceptar las diferencias y a mirar por encima del aspecto.
Y justamente ellos fueron el blanco de ataques. ¿Por qué crees que la Municipalidad decidió retirarlos?
Mi obra siempre es presentada de tal manera que genera una crisis, la gente se enfrenta porque a unos les gusta y a otros no. Y, generalmente, a quienes no les gusta son aquellos que tienen el poder. Con esta obra sucedió más o menos lo mismo, aunque nunca busco el escándalo. Creo que eso achata la obra totalmente: la censuran y ese ya es un velo que te predispone de alguna manera, el público va a verla con un prejuicio.
Este proyecto se dio en el marco de la COP 20. Yo estaba buscando auspicios de la Municipalidad, del Ministerio del Ambiente, de las empresas privadas, pero ya todo estaba copado. Así que un amigo me dio la idea de hacer una campaña de crowfunding, y me dijo “Yo te pongo el primer gallinazo, pongo mil soles”. Porque lo que me faltaba era el sistema de anclaje que costaba mil soles por cada escultura. Y así conseguí montar la exposición. Ahí te das cuenta de que la gente sí quiere cambiar, de que sí se sintieron interpelados por la llamada de atención urgente hacia los problemas que exponían los gallinazos, porque la gente se sumó espontáneamente, puso mil soles de su bolsillo sin recibir nada a cambio, solo para que la obra esté puesta ahí. Después, a través de la Municipalidad de Lima, la empresa Vivargo me ayudó con la instalación. Sin embargo, cuando entra la gestión de Castañeda, sanciona a la empresa por haber montado los gallinazos. Ahí empezaron los problemas. Desde enero me empezaron a llegar citaciones y cartas notariales, hasta he estado en la fiscalía porque un funcionario de Prohvilla me denunció penalmente por supuestamente no contar con los permisos para la instalación y por debilitar las palmeras. Este es un señor que vive en La Encantada de Villa, a quien le disgustó la muestra desde el principio. A pesar de que Los pantanos de Villa es una reserva natural, muchos vecinos de La Encantada sienten que es la puerta de entrada a sus residencias privadas, su patio. Ahí está la confusión. Entonces, este señor siente que yo incomodé a los vecinos, que debí consultarles primero. Pero yo pienso que no. Si ellos están cerca a esta reserva, no significa que tengan más derecho que yo, que vivo en Barranco. Ese es un lugar público. Y este señor muy prepotentemente hizo esto. Ese es el poder mal manejado del que te hablaba. Los funcionarios sienten que cuando entran al cargo, alguien les está regalando un territorio, y eso no es así. Los funcionarios deberían estar al servicio de una sociedad, no sentirse dueños y hacer lo que quieran. Finalmente, la fiscalía que es neutral y autónoma, cerró el caso y me dio la razón a mí. Casi me muero. Nunca antes había pasado por eso. Tuve que contratar un abogado, hacer papeleos. Pasé mucho tiempo estresada por este tema, y todo por el capricho de una persona. Mira qué terrible que lo haya hecho justo cuando yo estaba en la terna del Emerging Voices.
¿Quería perjudicar tu participación?
Creo que sí porque ellos sabían. Me reuní con él y con la gerente de cultura de la Municipalidad de Lima cuando me llegaron las notificaciones, les dije que la muestra era temporal y que, en lugar de pelear, mejor podíamos sumar fuerzas porque mi trabajo estaba en la final de este premio importante y por ahí podía ser bueno para ambos. La verdad, yo pensé que todo estaba bien, pero cuando sacaron los gallinazos, dijeron un montón de mentiras… Me quedé así como cuando te tiran un golpe en la cara y tú estás con los brazos abajo. O sea, todo lo que habíamos conversado… Fue bien loco en ese momento. No entendía. Pero así funciona el poder. Y creo que la intención que tenía él era demostrar su poder como un funcionario público. Eso no lo podemos permitir como sociedad porque es abuso de poder. Es violento, tremendamente prepotente y eso no nos ayuda para consolidarnos. Somos sociedades fragmentadas, que no nos podemos mirar unos a otros, nos tenemos miedo, somos complicados. Este tipo de cosas no hace nada más que dividirnos.
¿Y cómo crees que podamos dejar de ser una sociedad emergente?
Para mí, los países emergentes son aquellos que aún están buscando salidas, soluciones. Somos países que no nos hemos terminado de consolidar, que tenemos muchas preguntas sin respuestas. Y no llegamos a consolidarnos porque no nos vemos como iguales entre nosotros. Creo que cosas como las que suceden con el abuso de poder hacen que no podamos sobrevivir porque no sumamos. En la medida en que seamos más tolerantes, en que aprendamos a manejar el poder se maneje de manera solidaria, sin caprichos, podremos salir adelante. La prepotencia y la indiferencia son lastres que no nos dejan avanzar.
¿Estás trabajando en nuevos proyectos?
No sé en qué derive mi obra, pero todavía hay gallinazos para un rato más. Seguramente los vuelva a ubicar en algún otro lugar. Además, estoy preparando otra pieza sobre gallinazos. También estoy trabajando en otro proyecto inspirado por "El manuscrito de Huarochirí", es un texto fascinante porque me expande el panorama. Estuve metida mucho tiempo entre los santos y el dios cristiano, y esto me abre una ventana para entender la realidad actual desde nuestro pasado. Provenimos de una sociedad donde no teníamos el poder sobre la naturaleza, sino que estábamos insertos en ella. El dios era la laguna, el Apu, la tierra fértil, etc. Y este pensamiento ancestral viene a pelo con las necesidades de nuestros tiempos. Creo que deberíamos regresar a él, ahora que nos encontramos en un contexto de crisis climática. Este dios que crea al hombre y lo pone por encima para que se sirva de la naturaleza, creo que no ha funcionado. La crisis viene justamente por no respetar a estos dioses, hay que entender que no estamos por encima de ellos.





