Fernando González-Olaechea

Al cargar los 2,9 kilos de la humanidad de su hija recién nacida, Bryan Carreño venció el primer miedo que pensó insuperable: sostenerla en toda su fragilidad. Ese primer abrazo cambió todo. Ahora su mayor temor es perderla. La vida entera orbitando alrededor de una bebe que de vez en cuando le da una sonrisa como quien lanza un salvavidas.

Bryan tiene 19 años. Es un padre adolescente. Su hija nació el 27 de enero último; dos días antes había sido su cumpleaños. “Fue mi regalo atrasado”, bromea, sentado en la sala de la pequeña casa de sus padres en Jicamarca (Huarochirí), a unos 10 kilómetros de la estación Bayóvar, la última de la línea 1 del metro de Lima, al este de la capital.

Al fondo de la casa, que alterna paredes de ladrillo y madera, está el cuarto que comparte con su pareja y madre de la niña, una adolescente de 16 años. Ella vive ahí, pero duerme algunas noches de la semana en casa de su abuela, a pocas cuadras. La relación de ambos no va bien. La idea de una separación lo pone nervioso.

– ¿A qué le tienes miedo?
– A no poder ver a mi hija. Yo he pedido el turno de la tarde en mi trabajo para poder estar con ellas un rato, responde y frota sus manos.

Entre su empleo y la casa, Bryan no tiene tiempo para mucho más. Es el tercer trabajo que intenta conservar en lo que va del año. Sus amigos ya no lo buscan y él tampoco a ellos: sus prioridades son distintas. Pero sin nadie con quién conversar sobre sus dilemas, solo le queda un asfixiante silencio.

El trabajo que Bryan acaba de conseguir es de operador en una central de llamadas en el Cercado de Lima, a una hora de su casa si no hay mucha congestión. La paga no es buena, pero es. En 20 días celebrará su primer Día del Padre: un desayuno familiar será suficiente regalo para él. La felicidad puede estar a un abrazo de distancia.

Bryan Carreño (19) sí vive con su hija, pero nunca ha recibido ningún tipo de asesoría. (Juan Ponce / El Comercio)

Bryan Carreño (19) sí vive con su hija, pero nunca ha recibido ningún tipo de asesoría. (Juan Ponce / El Comercio)

LOS PADRES INVISIBLES

En Lima una de cada diez mujeres de entre 15 y 19 años está embarazada o ya lo ha estado, según la última Encuesta Demográfica y de Salud Familiar (Endes) hecha por el INEI. Una cifra que supera al porcentaje del 2012, que situaba estos casos en un 7,7%. La encuesta Endes se fija en mujeres en ese rango de edad, pero no toma en cuenta a padres adolescentes.

“No ver quiénes son los padres adolescentes impide diseñar políticas para ellos. Estos jóvenes tienen necesidades distintas a las de las madres, perfiles diferentes, y por eso requieren otro tipo de atención”, dice Manuel Vargas, encargado de la Red Papi, un programa enfocado en padres adolescentes de la ONG Asociación Taller de los Niños.

Esta entidad tiene proyectos de salud relacionados a embarazos adolescente en San Juan de Lurigancho (SJL), el distrito más poblado de la capital. Actualmente, han identificado a poco más de 600 padres jóvenes. Sin embargo, según sus proyecciones, solo en SJL podría haber más de 3.400 madres adolescentes.

La Endes no muestra dato alguno sobre padres adolescentes. El Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables no tiene registro sobre ellos, pero su directora de Niños, Niñas y Adolescentes, María del Carmen Santiago, sugiere que quizá el Ministerio de Salud (Minsa) sí lo tenga. Al cierre de esta edición no se pudo contar con una respuesta de ese sector.

“Es importante hacerlos visibles [a los padres]. En el embarazo adolescente, como problemática que afecta a niños, subyacen problemas propios de los adolescentes: la carencia de cuidados paternales, de orientación y de la atención de la salud integral de esa persona, que empieza en la infancia y continúa en la adolescencia. Además del tema de manejo de las emociones, de los conflictos y el conocimiento de las etapas de su propio desarrollo”, sostiene Santiago.

Para ella es fundamental trabajar en prevención de estos embarazos y también en orientación. Por ello, afirma, se hacen esfuerzos para fortalecer los Centros de Emergencia Mujer, a donde en teoría los padres también pueden ir.

César Ramos fue padre a los 16 años y su hijo ahora tiene 10 meses, y no sabe que existen orientaciones para él. Sin embargo, eso no le quita esa sonrisa de chiquillo vivaz que pone al imaginar a su hijo llamándolo, finalmente, papá.