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A los 15 años, cuando era alcalde escolar en su colegio de Villa María del Triunfo, Fredi Ghoul, o Fredi en esa época, no soñaba con convertirse en uno de los coreógrafos más vistos de las redes sociales, en verdad ni siquiera bailaba. Mientras otros compañeros destacaban en los concursos de danza, él prefería dedicarse a otras cosas, como abrir un taller de danza para todos, pero no había presupuesto para contratar profesores. Así que tomó una decisión que terminaría cambiándole la vida: aprender a bailar para enseñar lo poco que sabía.
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Nueve años después, ese adolescente que improvisó un taller escolar lidera una compañía de 32 bailarines, dirige producciones audiovisuales que parecen videoclips y acumula miles de reproducciones con coreografías cuidadosamente filmadas, donde la danza convive con el cine, la moda y la narrativa visual.
“Cuando empecé, yo no bailaba nada. En las fiestas me quedaba sentado”, recuerda entre risas. “Mi papá incluso una vez me dijo: ‘Si vas a una hora loca, vas a ir a la guerra sin balas’. Y tenía razón”.
La historia de Fredi Ghoul no encaja en el molde tradicional del bailarín que creció rodeado de academias o escenarios, su camino empezó más por necesidad que por vocación. Primero tomó clases en una asociación cultural de Villa María del Triunfo, luego pasó por distintas escuelas de danza y poco a poco comenzó a grabarse haciendo coreografías.
En ese momento todavía firmaba con su apellido real: Salón. Pero Instagram le jugó una mala pasada. “La plataforma detectaba ‘salón’ como negocio”, cuenta. Entonces decidió buscar un nombre artístico más corto, más potente. Encontró inspiración en Tokyo Ghoul, un anime que seguía obsesivamente en esos años. El personaje principal, misterioso y enmascarado, terminó dándole identidad a su nueva etapa: así nació Fredi Ghoul.
Bailar para crear mundos
Aunque hoy se le conoce como coreógrafo, él prefiere definirse como director creativo y basta ver sus videos para entenderlo. Sus producciones no son simples coreografías para redes sociales: tienen narrativa, composición visual, referencias cinematográficas y un tratamiento casi teatral.
En un ecosistema digital saturado de trends rápidos y bailes de reggaetón, Fredi apostó por otra estética, más jazz, más dramatismo, más cine.
“En Perú hay muchísimo talento, pero la gente no sabe cómo mostrarlo y yo sentía que el problema no era la falta de arte, sino encontrar la forma de presentarlo para que conecte”, señala.
Por eso sus videos parecen pequeñas películas y para ello hay vestuarios cuidados, encuadres limpios, iluminación pensada y movimientos sincronizados que recuerdan a producciones internacionales. Muchos usuarios incluso le escriben sorprendidos preguntándole si sus grabaciones fueron hechas fuera del país.
Una de sus grandes referencias es Jungle, la banda británica famosa por convertir la danza en protagonista absoluta de sus videoclips, esa influencia terminó marcando el ADN visual de la compañía.
Pero detrás de cada video hay jornadas largas, ensayos agotadores y grabaciones complejas. Una de las coreografías que más ha disfrutado, y también sufrido, fue una inspirada en “The Greatest” de Billie Eilish. La grabaron en el mar.
“Queríamos hacerlo en Chorrillos, pero era imposible controlar las olas”, recuerda. El equipo terminó viajando a Pucusana, donde grabaron de madrugada, en invierno y dentro del agua helada. “Tomé mucha agua salada, me deshidraté, me enfermé, fue durísimo. Pero son esos proyectos los que más te hacen crecer”, señala convencido Fredi.
Otra producción especialmente significativa para él es un nuevo proyecto audiovisual que se estrenará próximamente y que aborda las paternidades. A diferencia de otras piezas más coreográficas, esta mezcla actuación, varias locaciones y una narrativa más íntima. “Es de las cosas más complejas que hemos hecho porque tiene muchas escenas y estamos grabándolo por partes”, comenta a manera de adelanto.
De crew a compañía
Lo que comenzó como un grupo de amigos grabando videos terminó convirtiéndose en una estructura mucho más profesional. El punto de quiebre llegó cuando trabajó en la película Los Patos y las Patas, allí entendió que los bailarines necesitaban otro tipo de preparación para enfrentar rodajes reales.
“Sentía que muchos bailarines estaban acostumbrados solo a dictar clases, pero no a trabajar en proyectos audiovisuales”, explica. “Había una diferencia muy grande con el profesionalismo de los actores”.
Fue entonces cuando decidió convertir su crew en una compañía formal. Hoy, Ghouls Company reúne a bailarines de distintas disciplinas: contemporáneo, urbano, breakdance, heels y funky. Algunos vienen de universidades y otros de la escena independiente, pero todos comparten la misma lógica de trabajo: ensayos intensos, disciplina y entrenamiento para cámara.
“Yo soy muy terco. Nunca me ha gustado hacer las cosas a medias”, afirma. Y es esa obsesión por el detalle parece ser también la razón de su crecimiento. Sus videos comenzaron a viralizarse, llegaron colaboraciones con marcas y poco a poco el proyecto dejó de ser un hobby.
Aunque sigue vendiendo ropa, otra de sus fuentes de ingreso desde adolescente, hoy gran parte de su tiempo está concentrado en expandir el universo Ghoul.
El sueño más grande
Cuando habla del futuro, Fredi deja claro que su ambición va mucho más allá de TikTok o Instagram, sueña y trabaja para construir una casa productora. No solo de danza, sino de películas, musicales, teatro y proyectos audiovisuales de gran formato.
Su meta es que Ghouls Company evolucione hasta convertirse en un estudio creativo capaz de producir historias propias. “Quiero hacer cine”, dice con seguridad. “Estamos trabajando en guiones y este año queremos lanzar un teaser”.
Y aunque todavía tiene apenas 24 años, habla de sus proyectos con la claridad de alguien que ya entendió hacia dónde quiere ir, quizá por eso sus videos se sienten distintos y conquisten inclusive a los que entienden poco o nada de la danza.
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