Por Enrique Planas

Quien haya sido niño a fines de la década del setenta recordará la travesía, las tardes del domingo en la tele, de “Space Battleship Yamato”, una nave con apariencia de acorazado de guerra, que cruzaba el espacio con la misión de encontrar la tecnología necesaria para limpiar la tierra, sumida en residuos nucleares. Por la misma época se emitían también los episodios del Capitán Raimar (o Capitán Harlock para generaciones recientes), mezcla de Holandés Errante, Barbanegra y libertario galáctico que llevaba el timón de una nave pirata con apariencia de Ferrari, con calavera y tibias cruzadas pintadas sobre la cubierta. Pero de este apurado repaso de producciones adaptadas de los mangas de Leiji Matsumoto, quizás la más seductora resulte, por su carga lírica y alegórica, “Galaxy Express 999″, en la que un taciturno huérfano viaja es pasajero de un ferrocarril que no necesitaba rieles para unir las estaciones de la galaxia, con el propósito de adquirir un cuerpo de robot y vengarse del cyborg que asesinó a su madre.