
RALPH ZAPATA RUIZ
Cristo nos Valga es uno de esos pueblos nostálgicos de Piura. Uno donde el tiempo avanza cadencioso, de calles polvorientas y gente pícara hasta en las desgracias. La semana pasada, este distrito de la provincia de Sechura celebró su aniversario 49 de creación política. Lo hizo con festejos, comparsas y un baile que congregó a una orquesta cumbiambera de moda.
Ubicado a una hora de la ciudad de Piura, Cristo nos Valga es un pueblo enclavado en medio del desierto sechurano. Rodeado por algarrobos achaparrados, arena muerta y un cielo límpido, la leyenda sobre su origen dice que en 1889 Julián Ramírez Querevalú, acompañado por otros agricultores, fue al bosque seco a cortar un algarrobo. Al lanzar el segundo hachazo brotó del tronco del árbol agua rojiza. El hombre, sorprendido, exclamó: “Cristo nos valga” y volvieron.
Desde entonces se conoció a ese lugar como Cristo nos Valga. Un pueblo que, a 49 años de su fundación política, aún tiene tareas pendientes: como el agua y desagüe (un 20% de su población no cuenta con estos servicios) y la luz eléctrica, que cinco caseríos no tienen: Mala Vida, Chutuque, Valverde, San Ramón, Los Jardines. Además, en estos lugares se registran los más altos índices de pobreza extrema y desnutrición infantil, según el regidor Luperio Quezada.
Virtudes de su gente
Pese a los problemas, la gente de San Cristo –así lo llaman muchos lugareños– se faja todos los días por su pueblo. Allí está, por ejemplo, Francisca Quezada Pazo, dueña de la picantería Mechita, donde las caballas pasadas por agua caliente, el cebiche y los sudados de cabrillón son los platos indiscutibles.
En Chuper, un anexo ubicado a cinco minutos de allí, Elena Chunga Pingo, de 76 años, continúa tejiendo petates de totora, una suerte de sábanas donde los piuranos hacen su siesta todas las tardes, al aire libre. La mujer, de manos callosas y sonrisa pícara, educa a sus hijos y nietos en el arte del tejido de petates que vende en su domicilio a S/.10.
A veinte minutos de Cristo nos Valga, se ubica la laguna de Ñapique, un espejo de agua adornado con flamencos (esos que inspiraron a San Martín para los colores de nuestra bandera), garzas y patillos de agua. Tiene una extensión de cuatro kilómetros y, al llegar, se siente un sosiego bendito. El regidor Quezada, sin embargo, cuenta que la laguna es presa también del cambio climático.
“Cada año disminuye la cantidad de agua en este ecosistema, azotado ahora por la sequía. La laguna de Ramón, que era vecina de esta, ya desapareció: se llenó de lodo y material de desecho. Hemos perdido un gran ecosistema. Lo mismo podría ocurrir con La Niña. Son tiempos difíciles”, comenta.
En casa de doña Francisca Quezada también se elabora chicha de jora, un trago espumante que se sirve en poto. La mujer cuenta que su bebida es especial: la llama mellicera. “El que la prueba hace mellizos. Comprobado”, sentencia y suelta una risa larga que deja ver sus desgastados dientes. En este lugar desértico, la gente intenta siempre arrancar su mejor sonrisa a la vida.

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