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Las derrotas de Villarán, la columna de Martín Tanaka

La experiencia municipal que podría haber catapultado a la izquierda, la terminó desacreditando. Con todo, ineficiencia no implicaba corrupción

Susana Villarán

"No se trataba de salvar a la ciudad de una mafia, se trató de salvar una gestión mediocre de un papelón político", afirma Martín Tanaka. (Foto:GEC)

El caso de Susana Villarán podría verse como la triste excepción a una regla según la cual con una persona con trayectoria, experiencia, reconocimiento, ideología, valores, se minimizan los riesgos de caer en esquemas de corrupción. Mucho más si construyó su identidad política apelando a las “manos limpias” y al lavado de banderas. Pero, más bien, muestra cómo esa misma trayectoria se pierde por la entronización de una lógica personalista.

El golpe a los discursos de izquierda identificados con Villarán es ciertamente muy fuerte; un golpe más específico a la propuesta de una izquierda “socialdemócrata”. En el 2006, Villarán compitió por la presidencia con Javier Diez Canseco, ilustrando dos caminos posibles para la izquierda; en esa ocasión, ambos fueron duramente derrotados, al obtener sumados apenas el 1,1%.

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Pero el golpe reciente es uno que se suma al que dejó como saldo su gestión municipal, el de la identificación de izquierdismo con ineficacia. Existe en ciertos discursos la fantasía de que las malas gestiones de las autoridades se explicarían por su subordinación a los grandes intereses empresariales, por lo que una gestión de izquierda, libre de esas presiones, tendría automáticamente mejores desempeños.

La pedestre realidad es que buena parte de los problemas se origina en las marañas de la gestión pública dentro de un Estado como el peruano. El fracaso de su gobierno expresó también los límites de las visiones del Estado y de las prácticas de gestión habituales en el mundo de izquierda en los últimos años.

A esto hay que sumarle un muy mal manejo político: voluntarismo excesivo, subestimación de adversarios, sobreestimación de las propias capacidades, muy mal manejo de las expectativas ciudadanas.

Al final, la experiencia municipal en la capital del país, que podría haber catapultado a la izquierda, la terminó desacreditando muy profundamente.Con todo, ineficiencia no implicaba corrupción. Pero ahora resulta que, además de ineficiencia, hubo corrupción.

Lo que nos lleva al punto con el que empecé el artículo: ¿cómo alguien como Villarán ha terminado donde está, en una celda contigua a la de Keiko Fujimori? Dicho sea de paso, los delitos imputados a esta última parecen pequeños frente a los de Villarán, con lo que la comparación inevitablemente parece favorecerla.

Volviendo a la pregunta, algunos han apelado a la ideologización: en el 2012, Villarán habría tomado la decisión de aceptar aportes ilegales de campaña en nombre de una cruzada moralizadora para enfrentar una mafia. En realidad, esto más bien me suena a una retórica justificatoria de lógicas personalistas.

No se trataba de salvar a la ciudad de una mafia (de haber triunfado el Sí a la revocación de Villarán, la gestión de Fuerza Social igual habría continuado), se trató de salvar una gestión mediocre de un papelón político.

Este personalismo es el que explica la ruptura de la coalición de izquierda que la llevó al municipio en el 2010 tan temprano como en las elecciones presidenciales del 2011; el alejamiento de su núcleo más cercano en la campaña contra la revocación del 2013; el improvisado armado de una lista para una ilusa campaña de reelección en el 2014; y la finalmente patética candidatura presidencial en el 2016 con el Partido Nacionalista.

Ese personalismo explica el aislamiento en el que ahora se encuentra.Lo único rescatable en medio de esta triste historia es que la actuación de la fiscalía y del Poder Judicial ha podido despejar las versiones de que habría una actuación selectiva y parcializada. La justicia está llegando para todos, y está muy bien que así sea.

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