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Un pueblo de demonios, la columna de Eduardo Dargent

Los odios, la arrogancia de pensar que no serían tocados, o la más pura estupidez, evitaron que actuaran en conjunto contra una amenaza común. Felizmente

Odebrecht

(Ilustración: Giovanni Tazza)

Por Eduardo Dargent

¿Por qué las investigaciones vinculadas a la corrupción de empresas brasileñas han avanzado tanto en el Perú? A pesar de que dichas empresas operaron en diversos países de la región, la investigación a sus corruptelas no ha sido tan profunda en ellos. La respuesta no es sencilla, hay una suma de causas que se alinean para dar este resultado.

Para comenzar, una justicia que aprendió desde la transición del año 2000 a investigar la corrupción de alto nivel. En ese momento se crearon instancias judiciales y policiales especializadas y se dio la legislación que hoy permite una acción más integral de la justicia. Con altos y bajos desde esos años, la justicia anticorrupción se asentó, especialmente en la fiscalía. Fue clave, además, que al inicio del proceso se contara con el apoyo del entonces fiscal de la Nación para constituir los equipos de investigación. No es casualidad que dicho fiscal fuese un actor central de los procesos contra Fujimori y Montesinos.

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Pero sin un flujo adecuado de información la opinión pública no se hubiese enterado tanto de los delitos como de las maniobras para sabotear las investigaciones. Una prensa de investigación activa e influyente, con vínculos internacionales, también contribuyó a que los escándalos se sucedieran, debilitando a los políticos y empresarios involucrados. Por supuesto, la acción de la opinión pública en ciertos momentos también ha sido muy relevante.

Un aspecto coyuntural, pero muy importante, fue la forma en que el escándalo de Los Cuellos Blancos del Callao impactó en el proceso Odebrecht. La filtración de audios llegó en un momento justo para debilitar a los enemigos judiciales, periodísticos y políticos de las investigaciones. Los audios dejaron KO al fujimorismo. Y dicho escándalo también permitió al presidente Vizcarra fortalecerse, lo cual ayudó a blindar el proceso en meses cruciales.

Pero si tengo que escoger lo que marca nuestra mayor diferencia con otros países es la debilidad de nuestros políticos. En otros contextos, con élites políticas más fuertes y estratégicas, el sistema corrupto habría visto las investigaciones como un peligro común y se hubiese defendido con más eficiencia. Se habría coordinado para arrastrar los pies con acuerdos de colaboración y se habría conspirado contra los investigadores y los delatores.

Aquí felizmente no fueron capaces de pactar ni ejercer poder como una comunidad de intereses. Al revés, sigue sorprendiéndome la forma suicida en que el fujimorismo y el Apra le saltaron al cuello a los esposos Humala apoyando con entusiasmo las investigaciones. Al hacerlo defendieron una serie de posiciones de la fiscalía, desde interpretaciones penales hasta medidas cautelares, pasando por prisiones preventivas, que se les aplicaría a ellos poco tiempo después. El juez Concepción Carhuancho era su héroe.

Decía Kant en “La paz perpetua” que incluso un pueblo de demonios podría encontrar la paz si actuaba de acuerdo a sus intereses. Hasta esa capacidad mínima le faltó a nuestros políticos débiles y cortoplacistas. Los odios, la arrogancia de pensar que no serían tocados, o la más pura estupidez, evitaron que actuaran en conjunto contra una amenaza común. Felizmente.

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