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Fue una oportunidad única para que el público limeño se conectara con el “El Jibarito de Ponce” en un evento multitudinario. Y Lima, la ciudad de los amores y desamores, de melancolías y de mucha salsa, lo acogió de una forma visceral, intensa e hipnótica, en la histórica Feria del Hogar, entre el 5 y 10 de agosto de 1986.
Tenía que ser la “Feria del Hogar”, ese microcosmos de Lima, donde la vida se agolpaba y se hacía una fiesta. Allí debutó Héctor Lavoe, el popular cantante boricua, el de la sonrisa perenne y la mirada profunda y visionaria. El sonero caribeño, aquel que parecía que ya estaba de regreso de todo lo vivido, llevaba la tristeza y la alegría del barrio en el alma.
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La noche del 5 de agosto de 1986, el auditorio de la 20ª Feria del Hogar fue el escenario para la llegada del astro de Puerto Rico. Todos lo esperaban en el “Gran Estelar”. Chalacos y limeños, todos mezclados, danzando al ritmo de los timbales, los tambores y las trompetas del conjunto que acompañaba a “La Voz”.
HÉCTOR LAVOE, EL INSUSTITUIBLE
Era un debut largamente esperado y que se anunciaba para seis noches consecutivas. El público, ansioso, se preparaba para un viaje a través del amplio repertorio del artista, con la promesa de escuchar clásicos inmortales como “Juanito Alimaña”, “Periódico de Ayer” y “El Rey de la Puntualidad”.

Pero para entender al hombre detrás del mito, había que retroceder un poco en el tiempo. Su nombre real era Héctor Juan Pérez Martínez y había nacido en el barrio de Ponce, la “Perla del Sur” portorriqueña. Curiosamente, sus inicios no fueron en la salsa, sino en el bolero, cantando con un trío.
El grandísimo Lavoe aprendió de la vida y de la calle. Su destino lo llevó a Nueva York, Estados Unidos, donde trabajó en lo que pudo para sobrevivir. Su talento lo hizo subirse a un escenario para cantar, y fue así como se le abrieron las puertas. De la nada, al mundo entero.

HÉCTOR LAVOE CON LA PRENSA PERUANA
Al día siguiente de su presentación en el “Gran Estelar”, el 6 de agosto, con un pantalón y calzado blanco, una chompa a rayas y sus infaltables y grandes lentes, Héctor Lavoe se reunió con la prensa nacional en una conferencia en la mismísima “Feria del Hogar”.
Con la confianza que le daba saberse un triunfador, el artista habló de la música que amaba y de los músicos que admiraba. Declaró que la salsa seguía siendo la reina de la música hispanoamericana y que el auge del merengue en esos años 80 se debía, en parte, a que sus orquestas “cobran más barato que los salseros”.

Con la humildad de los grandes, Lavoe mencionó a Benny Moré, Tito Rodríguez y Cheo Feliciano como los mejores soneros, y definió a un sonero: “Es un tipo que hace inspiraciones de lo que está sucediendo en el momento, un improvisador de la música y las canciones”.
HÉCTOR LAVOE, HOMBRE CON LOS PIES EN LA TIERRA
El artista boricua también se mostró como un hombre de familia. Estaba casado con Nilda “Puchi” Román y era padre de dos hijos, a quienes dedicaba todo su tiempo libre. Era un tipo que, a pesar de las luces y la fama, nunca olvidó de dónde provenía, nunca dejó de pensar en sus raíces.

En esa conferencia de prensa, al ver a los periodistas peruanos, dijo sentirse: “Como Caperucita Roja frente a los lobos”. Fue una muestra de su chispa, gracia e ingenio. Y así, Lavoe, el “Cantante de los cantantes”, el genio, el de la voz de oro, demostró que su música era más que un género; era una forma de vida.
Héctor Lavoe conquistó con su sonrisa a una Lima que ya le esperaba hacía años, lista para bailar y sentir, celebrar y llorar, con cada una de las notas de sus inconfundibles canciones, que eran, a fin de cuentas, crónicas musicales de la vida del hombre común de nuestro continente.











