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Foto del autor: Rodrigo Bedoya

Rodrigo Bedoya

"2012": La aventura estropeada

“2012” no será recordada como una de las películas más representativas del “cine-desastre”. Al usar ese término, no nos referimos a que la película sea desastrosa, sino a que la cinta es un exponente de un subgénero en el cual el mundo tal cual lo conocemos se ve destruido por motivos más bien naturales (sin extraterrestres de por medio). Es más: dentro de la filmografía de Roland Emmerich, podemos encontrar una película desastre mucho mejor que esta: “El día después de mañana”, que resultaba mucho más concisa y emocionante que el disparejo filme del que hablaremos en este post.

Sin embargo, hay algunos motivos que le dan cierto interés al tanque de Emmerich.El primero es que, mal que bien, la película tiene momentos verdaderamente espectaculares, en donde el director saca lo mejor que sabe hacer: entretener no solo a partir de la espectacularidad de las imágenes, sino también a partir de cierto nervio narrativo muy propio del cine de aventuras. Esta capacidad es la que sacaba a flote “El día después de mañana”, una película que concentraba su historia en la aventura: tanto la aventura de la sobrevivencia como la aventura del padre que va a buscar a su hijo. Aquí, la impresionante escena de la destrucción de Los Ángeles y la explosión del parque de Yellowstone consiguen generar tensión y emoción gracias a la precisión con la que están filmados. Cuando Emmerich se lo propone, puede llegar a generar momentos altamente divertidos, dejando que la acción y los movimientos sean los que definen las situaciones.

El otro punto interesante es John Cusack, quien aquí tiene que hacer un rol típico de Bruce Willis (o volviendo a “El día después…”, de Dennis Quaid). Cusack es el individuo común y corriente que, aquí, debe salvar a toda su familia del cataclismo mundial. Y el actor parte de su propia conciencia de saber que no es un típico héroe de acción para crear un personaje que, en base a eso, resulta mucho más vulnerable y por lo tanto más creíble dentro del universo de la película. Esa vulnerabilidad permite, además, que el humor se cuele muchas veces en las acciones del personaje para salvar su pellejo.

Pero son solo estos momentos los que salvan al filme: el resto es un rollo político bastante obvio y declamativo. La necesidad de la película por denunciar que los intereses particulares muchas veces están por encima del derecho de las personas puede ser válido, pero la película lo verbaliza en exceso a partir de personajes estereotipados, como el que interpreta Oliver Platt. Si el rollo político estaba minimizado en “El día después de…”, aquí aparece en cada momento, lo que termina por machacar y aburrir. La parte final, que tenía grandes posibilidades para jugar con la tensión, está pobremente resuelta porque el director decide dejar de lado la aventura y hacer que los personajes hablen sus rollos bienpensantes. Pensamos que Emmerich le tenía un poquito más de confianza a la acción después de “El día después de mañana”. Nos equivocamos.