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Foto del autor: Raúl Mendoza Cánepa

Raúl Mendoza Cánepa

Verano del 42

cuerpoNo es una película (aunque lo es) sino la historia de un amor que nació en el origen del tiempo. Dice el mito que Dios creó al hombre y a la mujer en una sola entidad que se separó en el cosmos desde la raíz del tiempo y que desde allí vienen buscándose el uno al otro. Cada uno busca su mitad perfecta. Por lo general no se encuentran y cada quien logra, en su vida, contactar con la pieza equivocada mientras la mitad exacta, perfecta, la del origen cosmológico vuela lejos, muy lejos de los senderos que por mala justicia se bifurcan en la Tierra.

¿Cree usted en ese mito? En esta historia, él la conoció a ella en  la ribera francesa cuando la guerra trizaba al mundo. Pero era tarde. Él se había casado cinco años antes con una andaluza y ella con un parisino. Se escribieron un tiempo. Él era un poeta surrealista y se había empeñado en amarla a la luz de la luna (aunque sea una sola vez sobre la hierba del plenilunio, una eterna única vez)  y en escribirle un poema extraordinario, el más grande, el más excelso, el mejor. El tiempo no les alcanzó a los amantes. Al culminar la guerra él volvió a Madrid. Nunca más la volvió a ver ni supo de ella.

Él habitaba una casa en una calleja de Manzanares. Su mitad exacta estaba casada también y vivía en Roma. Él le escribió entonces, sin destino:

Tenía que escribirte ese gran poema a su debido tiempo.
Pero me casé,
Tengo un jardín con pileta,
un jarrón de lilas
tan de amor una cuneta
una mujer,
unas fotografías
que cuelgan en un pasadizo.

Construí una casa con patio
donde corretean los niños
los olivares cansinos
los gatos erizos.
Es una calle extensa,
tanto como si se la tragara una boca
al filo de la última casa.

Ya no escribo.

No se me es perdonable,
ese gran poema que siempre soñaste.

Dormita la barca,

duerme el trigo.
Y ya no escribo.

Eso es todo.
Tengo un sillón, un relicario, un reloj de armario.
Hago el amor sin ganas a media tarde
guardo en la memoria el bestiario
libros curtidos
entre telarañas deshojados
calendarios fugitivos.

Beso a mi mujer con el desayuno en la boca
Enterré cinco perros
y río todo el día como un idiota.
Los pliegues del rostro desdoblan
las viejas casas.

A veces pienso
que tú también tienes un sillón,
un relicario y un reloj de armario
y que haces el amor sin ganas
a media tarde.

Tenía que escribirte ese gran poema a su debido tiempo
…pero me casé
y tengo un jardín con pileta.