Hakuna matata
El Rey León es mi película infantil favorita. Me gusta tanto que decidí celebrar mi último cumpleaños viéndola en el teatro. Después de haber visto ambas versiones, no sólo confieso que me quedo con la puesta en escena sino que recién la semana pasada me enteré que la obra tenía lugar en Kenya. La siguiente es la historia sobre mi primer viaje al país de Simba.

Como si se tratara de los preparativos para un Safari, la organización para la que trabajo me envió a una clínica especializada a que me llenen de vacunas y pastillas anti-malaria. Debido a mil razones, fue a punto de subirme al avión cuando me percaté que no traía conmigo ni mi tarjeta de vacunas. Inmediatamente entré en pánico. Como había dejado mi celular en casa, prendí la computadora, logré conectarme a Internet y le mandé un mensaje desesperado a mi compañero de depa. Como temía que no viera su correo, también le envié un correo a Natalia – mi esposa. Para quedar más tranquilo, le mandé un mensaje a mis viejos en Lima para que le dijeran a Natalia en Ayacucho que le diga a Oleg – el ruso con el que vivo en Londres – que le tome una foto a mi cartilla de vacunaciones y me la envíe por correo electrónico. Esa sería la prueba que necesitaba en caso me hicieran problemas al llegar a Kenya. Subí al avión y después de 8 horas de vuelo y veinte minutos de cola, llegó mi turno: saludé al oficial, con mis manos sudorosas, le entregué mi pasaporte y le dije el número de página en la que encontraría mi visa. Por su parte, él me preguntó por mi número de vuelo y por la cartilla de mis vacunas. Hubo pausa, levantó la mirada y le bastó verme la cara para arrojar un sublime: ¡Hakuna Matata!

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