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“Max ya no administra coronas, las huele”: Daniel San Román y el GP de Abu Dhabi, la última fecha por el título de la Fórmula 1
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En la Fórmula 1 hay temporadas que se escriben solas y temporadas que hay que perseguir con linterna. El periodo 2022-2024 fue de las primeras: Max Verstappen convirtió el Mundial en una ceremonia de coronación anticipada. Japón en el 2022 (cuatro carreras antes del final del calendario), Qatar en el 2023 (seis, y en un Sprint, para más humillación), Las Vegas en el 2024 (a falta de dos). El holandés no competía; administraba coronas con la frialdad de un contador suizo. Los demás corrían por el honor de ser el mejor del resto. Para quienes firmamos columnas semana tras semana, aquello fue una tortura creativa. En tres años escribí 156 textos buscando sinónimos para “Verstappen ganó otra vez sin sudar”. Él llegaba fresco a cada podio; mientras los periodistas, exhaustos de tanto repetirlo.
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La categoría, secuestrada por la eficiencia de un solo hombre, pedía a gritos un antagonista de verdad. No un héroe moral, no un underdog simpático: un igual. Alguien capaz de instalar la duda en los domingos. Y en 2025 llegó, pero no uno: dos. McLaren despertó con un monoplaza que no era rápido; era insultantemente rápido. Lando Norris y Oscar Piastri se turnaron siete victorias cada uno, catorce en total, treinta y dos podios, ochocientos puntos en constructores. El color papaya dejó de ser un tono de marketing y se convirtió en símbolo de nuevos tiempos. Verstappen, por primera vez, desde que tenía uso de razón, se vio en el retrovisor.
Pero el deporte, caprichoso como una familia en cena de Navidad, rara vez regala finales limpios. McLaren llegó proclamando igualdad absoluta (“los dos pueden pelear por el título”, repetía Zak Brown como un mantra) y terminó jugando a la ruleta rusa con órdenes de equipo disfrazadas de “justicia”. En Hungría: Norris, que salía quinto tras un error en clasificación, recibió la estrategia agresiva del one-stop; mientras Piastri, segundo en parrilla, sufrió de un two-stop y quedó atrapado detrás de un Haas. En Monza: pit-stop lento para Lando y, acto seguido, el equipo por radio pidiéndole a Piastri que devuelva la posición “porque es lo justo”. Singapur, Austin, México: pequeños detalles, microgestiones, tráfico administrado de forma que siempre parecía beneficiar al piloto con más seguidores en Instagram. Oscar, con su cláusula contractual que le garantiza igualdad, empezó a sumar menos de lo que su velocidad pura merecía. Los aficionados, que llevaban años pidiendo que alguien le quitara el trono a Max, descubrieron que cambiar una tiranía por una monarquía con dos príncipes desiguales tampoco era el cuento que esperaban.

Y luego llegaron los errores de verdad, esos que no se tapan con comunicados de prensa. Las Vegas: doble descalificación técnica por desgaste excesivo del skid-block. Un fallo de milímetros que le cuesta a Norris un segundo puesto y a Piastri un cuarto. Y el último domingo, Qatar, la obra maestra del desastre: Safety Car en la vuelta 7 tras el choque entre Hülkenberg y Gasly. Todo el mundo entra a boxes. Todo el mundo menos McLaren. “Temíamos el tráfico”, dirán después. El tráfico no existía. Verstappen sale líder, Piastri remonta hasta un heroico segundo lugar, Norris se queda cuarto mirando cómo su ventaja de 24 puntos se derritió hasta los 12 de un plumazo.
Doce puntos. Exactamente los mismos que separaban a Lewis Hamilton de Max Verstappen antes de la última vuelta de Abu Dhabi 2021. Doce puntos que en Fórmula 1 caben en una salida mala, en un pit-stop de 2,9 en vez de 2,1, en una curva donde la presión se mete dentro de los guantes y aprieta hasta que el dedo duda medio milímetro en el freno. Doce puntos que han convertido a Max Verstappen, el hombre que obtenía títulos con media temporada por delante, en cazador. Porque Max ya no administra coronas: las huele. Lleva cinco podios seguidos, dos victorias en las últimas cuatro carreras y una capacidad sobrenatural para aparecer cuando el rival titubea. McLaren, por su parte, ha pasado de ser la aplanadora imbatible de verano a un equipo que sangra puntos por las sienes. Andrea Stella lo reconoció tras Qatar con una sinceridad que duele: “Cuando estás delante, los errores se magnifican”. Traducción: cuando estás delante y dudas de cómo gestionar a tus dos gallos, los errores se convierten en puñaladas.

Abu Dhabi decidirá si Lando Norris se convierte en el primer campeón británico desde Hamilton en 2008, si Oscar Piastri se venga en silencio ganando el título que le debían, o si Max Verstappen logra la remontada más improbable de su carrera y se corona por quinta vez consecutiva. Sea quien sea el que levante el trofeo el domingo, ya hemos ganado los que escribimos de esto: por fin tenemos algo distinto que contar. No es la historia del villano invencible que todos esperábamos que cayera. Es la historia del rey que se miró al espejo, vio grietas en su armadura papaya y, por primera vez en meses, parpadeó. La Fórmula 1, que llevaba años dormida bajo la perfección clínica de un solo hombre, ha vuelto a despertar. No porque apareciera un nuevo héroe, sino porque el viejo villano olió sangre en el agua y el nuevo emperador se dio cuenta, demasiado tarde, de que los tronos también se pierden en las oficinas y bajo un Safety Car mal leído. Bienvenidos otra vez a la emoción. Esta vez, nadie sabe el final. Y eso, después de tanto tiempo, sabe a gloria.








