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Cuando el retablo fue arte: Joaquín López Antay y el premio que hace 50 años dividió al mundo cultural peruano
Hace cincuenta años, el Premio Nacional de Cultura otorgado al retablista ayacuchano desató una de las mayores polémicas del arte peruano, al enfrentar el canon académico con el arte popular y obligar al país a discutir qué entendemos por cultura.
La navidad de 1975 llegó sin mucha paz y espíritu de concordia para el ‘establishment’ cultural limeño. Ese 25 de diciembre, los diarios anunciaron que, por primera vez, el Premio Nacional de Cultura, en la modalidad de arte, no recaería en un pintor de galería ni en un intelectual consagrado. El elegido era un modesto ayacuchano de casi 80 años, hacedor de retablos que desde hacía décadas daban cuenta de una sensibilidad singular. La noticia del premio a Joaquín López Antayfue celebrada por quienes reconocían en el retablo una expresión mayor del arte popular; para otros, la decisión del Estado fue una herejía navideña que puso sobre el tapete una discusión incómoda: qué era arte y quién tenía derecho a llamarse artista.
La victoria de López Antay por sobre artistas reconocidos como Teodoro Núñez Ureta o Carlos Quispez-Asín fue sorprendente. La sospecha de que el régimen militar —de impronta nacionalista y reivindicativa— hubiese querido enviar un mensaje político con la decisión era una hipótesis posible, pero no empañaba en absoluto los méritos del retablista. El Comercio, en su resumen de fines de 1975, fue categórico al calificar el reconocimiento a López Antay como la noticia del año en el ámbito de la cultura.
Así es la Casa Museo de Joaquín López Antay en Ayacucho. Se aprecia los ambientes donde vivía el maestro y fotografías de la época. Foto: GEC Renzo Salazar
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Pero no todos estuvieron contentos. Días después del anuncio, la Asociación de Artistas Plásticos del Perú lanzó un comunicado tan furibundo que parecía redactado a martillazos. En él rechazaban al ganador y lo que representaba para las llamadas artes cultas. El debate fue tan encarnizado que la propia asociación no logró sobrevivirlo y se partió en dos. Las facciones se dividieron y lo que siguió fue una guerra de comunicados y manifiestos. El humilde retablista había provocado, sin proponérselo, un cisma en el arte peruano.
La polémica tuvo voces ilustres. A favor de López Antay estuvieron Víctor Delfín, Carlos Bernasconi y muchos otros. El propio Teodoro Núñez Ureta, padre del dibujante Alonso Núñez y abuelo de la cantautora La Lá, lejos de lamentar no haber sido elegido, celebró que se hubiera premiado “a un hombre honesto y digno, trabajador infatigable y buen artista”. Del lado de los que se oponían estaba la siempre presente voz de Fernando de Szyszlo. El pintor abstracto se mostró abiertamente en contra de que ambos mundos —el arte académico y el arte popular— se confundieran.
Joaquín López Antay asiste a homenaje. Postal de 1976. Foto: GEC Archivo Histórico
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Para el curador Juan Peralta, el reconocimiento a López Antay respondió a un momento histórico preciso: el de un Estado que, en pleno clima nacionalista, buscaba mirarse en expresiones largamente relegadas. “Había una voluntad explícita de reconocer lenguajes negados”, señala. Lo que estalló después —la resistencia de ciertos sectores del arte académico a aceptar al retablo como arte— no fue solo una discusión estética, sino también el reflejo de prejuicios más hondos. En esa confusión deliberada entre artesanía y arte popular, advierte Peralta, asomaba una forma de “racismo cultural”. El debate ha ido reapareciendo con los años, en distintos modos y variantes.
Cuando Joaquín López Antay llegó a Lima el 29 de diciembre de 1975 para recibir su premio, un enjambre de reporteros lo esperaba. El maestro, de apenas 1,56 metros de estatura y unos 50 kilos de peso, apareció con su saco y sombrero. Hablaba mayormente en quechua y se dejaba entender gracias a la ayuda de sus hijos, que actuaban como intérpretes. Agradecido por la atención, explicó que con el dinero del premio ampliaría su taller y fundaría una escuela. Aseguró que su arte no lo hacía en serie, sino en piezas únicas. Confesó también que su otra gran pasión, además del arte, era su chacrita.
Postal de 1968 de Joaquín López Antay en su taller. Foto: GEC Archivo Histórico
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López Antay no tenía dudas sobre la legitimidad de su arte. Nacido en Ayacucho en 1897, penúltimo de siete hermanos, había sido iniciado en el arte por su abuela, creadora de los “sanmarkos”, altares portátiles que antecedieron al retablo. Su público inicial nunca fueron coleccionistas ni críticos, sino arrieros y ganaderos que usaban los retablos y cajas de San Marcos con fines mágicos y rituales. Cuando José María Arguedas lo “descubrió” en los años cuarenta, López Antay era desconocido para las clases señoriales de Ayacucho.
Don Joaquín murió a los 81 años, en Huamanga, rodeado de su familia. Vivió toda su vida en la misma casa que hoy alberga la Casa Museo Joaquín López Antay. En esa casa le damos el encuentro a Alfredo López, su nieto, gran retablista y heredero directo de su oficio. “En estas habitaciones yo convivía con mi abuelo”, dice, mientras recorre los cuartos donde se conservan sus primeros retablos, su ropa y los objetos cotidianos del maestro.
Alfredo López, nieto de Joaquín López Antay y destacado retablista, en la Casa Museo dedicada a su abuelo. Sus trabajos pueden adquirirse en la feria Ruraq Maki, organizada por el Ministerio de Cultura. FOTOS: JOEL ALONZO/GEC
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Alfredo fue el primer López varón de la familia y el favorito de don Joaquín. Para él fue su abuelo, pero también su maestro. En la entrada principal de la casa, una habita- ción entera recrea el taller del retablista: una figura trabaja la masa de papa, elemento indispensable para dar forma a los retablos. Alfredo lo explica con paciencia y luego lo demuestra, modelando figuras con la misma técnica que aprendió de “el más grande”.
Autorretrato de Joaquín López Antay con una espina en el pie. Un recuerdo mínimo de la vida diaria que el artista transformó en retablo. Foto: Joel Alonzo.. Foto: Joel Alonzo.
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Medio siglo después de aquella Navidad sin consenso, el legado de López Antay sigue presente. Uno de los retablos que hoy se exhiben en su casa es un autorretrato de una escena tan cotidiana como desarmante: el día en que una espina se le incrustó en el pie. Como con cualquier gran artista moderno, el arte de López Antay fue también autorreferencial, reflejo de su vida, miedos y obsesiones. Su legado sigue ahí, esperando a quien se anime a cruzar la puerta de su casa en Huamanga. //
Además…
Casa Museo Joaquín López Antay
La Casa Museo Joaquín López Antay, ubicada en Jirón Cuzco 424, en el corazón del Centro Histórico de Ayacucho, conserva la casa y el taller donde vivió y creó el gran maestro del retablo peruano. En sus salas se exhiben piezas originales, objetos personales y fotografías que relatan la vida, el oficio y el legado de López Antay, así como la evolución del retablo ayacuchano, símbolo del arte popular andino.