Por Oscar García

La navidad de 1975 llegó sin mucha paz y espíritu de concordia para el ‘establishment’ cultural limeño. Ese 25 de diciembre, los diarios anunciaron que, por primera vez, el Premio Nacional de Cultura, en la modalidad de arte, no recaería en un pintor de galería ni en un intelectual consagrado. El elegido era un modesto ayacuchano de casi 80 años, hacedor de retablos que desde hacía décadas daban cuenta de una sensibilidad singular. La noticia del premio a Joaquín López Antay fue celebrada por quienes reconocían en el retablo una expresión mayor del arte popular; para otros, la decisión del Estado fue una herejía navideña que puso sobre el tapete una discusión incómoda: qué era arte y quién tenía derecho a llamarse artista.

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