Mario Vargas Llosa acaba de cumplir un año sin nosotros y con frecuencia me he preguntado qué habría dicho de todo lo que está pasando. En los 12 meses desde que nos dejó, tuvimos ya dos presidentes nuevos que se hicieron pronto antiguos. Boluarte fue sustituida por Jerí y este por Balcázar (que en su discurso inaugural dijo “tener una idea de cómo debe gobernar” y que esperaba la felicitación de Vladimir Cerrón). A Mario le hubiera divertido que cuando la prensa se refirió al grupo de señoritas que visitaba al presidente Jerí en Palacio a ciertas horas, las hubieran definido como “visitadoras”. Lo eran de un Pantaleón sin barco aunque igualmente a la deriva.
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Mientras tanto, ha habido elecciones con una treintena de candidatos, lo que es un hecho tan absurdo como previsible entre nosotros. Entre tanta inverosimilitud, que desafiaría la lógica de cualquier novela, había un candidato que al final de su intervención en el debate sacó a relucir un perrito (símbolo de su campaña). Hubo otro que se presentaba hablando en la franja electoral desde la clandestinidad. Aun así, estaba habilitado para ser elegido. Todo esto y más habría sido motivo de risa cuando no de protesta.
Sin duda habría mantenido su apoyo a figuras tan decentes y valiosas como Rafael Belaunde Llosa y Pedro Cateriano. También habría visto con interés y simpatía a Jorge Nieto y a Marisol Pérez Tello. Se habría sentido asombrado de comprobar que alguien a quien muchos daban como un personaje anacrónico, es decir Ricardo Belmont, se colaba entre los favoritos en los últimos días. A su ascenso en las encuestas del año se había referido precisamente en “El pez en el agua” como “un animador simpático y populachero”. Hoy, aún en medio de esa simpatía y popularidad, ya anunció su retiro de la política.
Se sabría todo sobre los programas de gobierno, las historias de los candidatos a la presidencia y a la vicepresidencia y también las de muchos candidatos al Senado y al Congreso.
La cédula infinita y extensa, un mapa del desconcierto, le habrían recordado que siempre fuimos una sociedad fragmentaria. Es la historia que se cuenta en el primer diálogo de “Conversación en la Catedral” y en otras novelas: un país irreparable, escindido en muchos, como lo es el Brasil del Consejero y la República Dominicana del ‘Chivo’. La dificultad de formar instituciones va de la mano con el culto al caudillo. El complejo de Adán, del que hablaba Ortega y Gasset, nos ha definido siempre en medio del caos y la división. Hay algunos que prometen “refundar la república”, un camino seguro al apocalipsis.
Vargas Llosa era un liberal, no un conservador. Estaba abierto a los cambios de la sociedad, algo que los conservadores nunca han aceptado. Precisamente por eso buscó en los candidatos de centro que mejor pudieran manejar la diversidad de nuestro país desde una visión del conjunto. Esa serenidad y firmeza la han tenido pocos políticos.
Sin duda habría participado activamente en la última elección. Habría apoyado un candidato y algunas de sus ideas. Mientras tanto, colegas suyos habrían tenido una actitud distinta. Creo que Julio Ramón Ribeyro habría opinado de un modo discreto y preciso sobre estas elecciones mientras que Alfredo Bryce habría encontrado siempre la verdad asociada con la ironía y el humor en esta proliferación de figuras. A todos ellos se les extraña por lo que dijeron y por lo que hubieran podido decir.