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El perpetuo presente de Eduardo Chirinos

Acaso la última entrevista con el entrañable autor de "Mientras el lobo está", quien falleciera el pasado miércoles 17

El perpetuo presente de Eduardo Chirinos

El perpetuo presente de Eduardo Chirinos

 “Me di cuenta que el estómago me estorbaba para escribir” me dice Eduardo Chirinos (Lima, 1960 - Missoula, 2016) con su típico sentido del humor. Desde que se fue a enseñar a Estados Unidos hace muchos años, cada vez que volvía de visita al Perú nos citábamos en algún café para seguir contándonos nuestras vidas. Hace tres meses acudimos a la cita acostumbrada. No sabía que sería la última vez que lo vería. Entonces conversamos de todo, como en una larga despedida.
     Cuando lo abracé, abracé sus huesos. Sabía como todos de su enfermedad, pero él me la siguió contando sin ningún reparo. Ya le habían extraído el estómago. “Ahora estoy escribiendo muchísimo. Me despierto a media noche urgido de hacerlo”, dijo.
     Le cuento que estoy releyendo sus poemas y que me  conmueven como no lo hicieron antes. “Ah, ¿cómo es eso? Me interesa” —dijo. “Es como si uno llevara muchas llaves durante su vida” —le respondí—. “De todo tipo y tamaño, que no le hacen a ninguna cerradura, hasta que de repente, con los años, aparece una puerta. Y una de esas llaves le hace a la cerradura y abre la puerta. La llave es el poema”.  “Me gusta tu explicación” —dijo—. “Y si no tiene copyright, me la voy a apropiar”.
     “¿Y cómo es tu vida ahora?” —le pregunté—. “He aprendido a ver la vida de otra forma” —respondió—. “Tengo un inquilino dentro de mí que quiere reemplazarme, un impostor que ha cambiado mis costumbres”. Así que hablamos de “ese inquilino”, de la enfermedad como impulso creativo, de Jannine, de la poesía y la eternidad.

Tu libro "Medicinas para quebrantamientos del halcón" (2015) me parece lo mejor que has escrito. Allí ya se percibe el concepto de que alguien te invade, de que hay un usurpador…
Sí, ahí está presente la idea de tener un inquilino, de que alguien se apodera de tu cuerpo como si fuera una habitación y que piensa y decide por ti. Porque la enfermedad es curiosa, uno vive a lo largo de la vida sin ser consciente de que está morando un cuerpo y que ese cuerpo tiene su lenguaje, sus demandas, y sus propias decisiones. Uno cree que lo gobierna, pero tu cuerpo a veces se rebela. Hay ciertos momentos en la vida, como cuando estás enfermo, en que sientes que eres desplazado, que hay un usurpador, alguien que decide por ti y frente al cual es difícil tomar decisiones, es difícil establecer una relación de convivencia.

Me contabas que este inquilino te exige ciertas lecturas.
Sí, resulta muy curioso que mi sistema de lecturas se haya alterado… Hay algunos poemas de "Medicinas…" que hablan de casos dramáticos de sustitución. Uno de ellos es el de James Bond, la idea de que el verdadero James Bond fue desplazado por el falso James Bond que es el que todos conocemos. El falso James Bond es el que aparece en las películas, que ha sido interpretado por Sean Connery, Roger Moore, Daniel Craig, y el original era un ornitólogo americano a quien se le arrebató su nombre para construir esta novelas. Es un poco lo que termina ocurriendo en el proceso de la enfermedad, te percibes como enfermo y te olvidas del otro. 

¿Tu usurpador es el que escribe ese poema?
No me di cuenta cuando lo escribí, como tampoco me di cuenta por qué me atrajo tanto ese vieja leyenda morisca según la cual quien muere en la cruz no es Jesús de Galilea sino Jesús de Damasco. Éste, tras haberse casado con su madre sin saberlo, para expiar sus culpas se retira al desierto, luego regresa al pueblo para contar sus experiencias, le hablan de Jesús de Galilea, se convierte en apóstol, se hace muy amigo de Jesús y cuando lo capturan, el tiempo se detiene como en el cuento de Jorge Luis Borges, “El milagro secreto”, baja un ángel del cielo y le dice “éste es el momento en que te puedes reivindicar, Jesús de Galilea regresará con su padre y tú te dejarás crucificar”.  Él acepta de buena gana porque entiende que es la única manera de expiar un pecado que realmente lo atormentaba.

Un tema muy borgiano, que hay otro que anda por el mundo reemplazándonos o que nos habita,  ese que decimos “otro” es el verdadero y nosotros somos sólo alguien que lo usurpa.
Eso va de acuerdo con la idea de Borges de que la traducción puede superar el original. El usurpador termina siendo el oficial.

Y como en Pierre Menard que reescribe el Quijote nuevamente palabra por palabra.
Claro, pero Borges tiene la habilidad de hacer una literatura que él mismo reconoce que es una traducción de otras, porque esa idea es muy antigua. La encontramos en "El asno de oro" de Lucio Apuleyo, donde el asno por metamorfosis termina usurpando al personaje; la encontramos en la literatura del doppelgänger, la encontramos en Edgar Allan Poe. Borges tiene la habilidad de retomar toda esa tradición y convertirla en algo original.

Claro, el tema del escritor como usurpador del otro. Y en tu caso, con la enfermedad el usurpador se hace presente.
Claro, y además, una de las cosas más extrañas de este usurpador fue que desbarata toda mi biblioteca. No hablo de la física, la que tengo en casa, sino de todo el sistema de lecturas que he ido acumulando a lo largo del tiempo. En este desbaratamiento metafórico los libros se han caído abiertos en páginas que no recordaba haber leído pero que formaban parte de mi sistema de lectura y por lo tanto de mi percepción del mundo. Lecturas olvidadas de William Blake, por ejemplo, de Lezama Lima, del "Libro de la caza de las aves", de López de Ayala, que es una obra medieval… Esas lecturas se entremezclan con una coherencia secreta que después percibí. Es como si el usurpador decidiera algo que yo no entiendo.

En el mismo libro está el poema “Puerta de Atocha - Estación de los Desamparados”, donde hay una imagen del tren convirtiéndose en la medicina que ingresa a tu cuerpo y, al mismo tiempo, se convierte en recuerdos. Como las vacas que se van convirtiendo en el suero que tienes en el brazo…
Sí, sí, sí, (sonríe), en el suero…

Y la enfermera que te pide los boletos… este poema lo escribiste en pleno tratamiento, ¿no?
Bueno, lo empecé a escribir antes de la operación por la cual me retiraron todo el estómago, lo corregí después de la operación y lo terminé en el proceso posoperatorio. O sea, de todos los poemas del libro, ese es el que estuvo acompañándome en la parte más álgida del asunto. Ahora bien, ahí hay juegos dobles, el juego entre la movilidad del tren y la inmovilidad de la habitación,  entre la razón y el delirio de la enfermedad, la demanda del acompañamiento de la familia y la necesidad de estar solo, el recuerdo de dos espacios geográficos, Madrid en la estación de Atocha y Lima en la estación de Desamparados. Pero también dos momentos claves en la historia de uno, que es el presente en que estás sufriendo y la infancia en la que recuerdas esos viajes en tren a Matucana, a Santa Eulalia, a Chosica. Entonces, todo eso se junta y se convierte en un discurso organizado por el delirio mismo de la enfermedad. No termina siendo un poema surrealista, sino un poema de viaje desde la inmovilidad de la cama en la que estoy confinado.

¿Cómo surgió ese poema?
En realidad fue Jannine [Montauban, su esposa] la que me dijo: “Mira, te van a operar, estarás en este cuarto un buen tiempo, ¿por qué no escribes algo que esté vinculado esa situación?”.  Yo de ese libro tenía concretamente un poema que no hablaba de la enfermedad sino de un desprendimiento de retina que tuve en España y que estaba vinculado a un sueño en el que vi a Cristo crucificado, que es el primer poema del conjunto. Pero Jannine que me conoce muy bien, sabía que ese poema tenía un tono distinto a lo que había escrito antes y potencial para desarrollar un libro después. La poesía finalmente es un asunto de tonos más que de temas. La gente pregunta cuál es el tema de tu libro y es muy fácil contestar si tu libro es una novela o un ensayo, pero de poesía es difícil. "Medicinas para quebrantamientos del halcón" no habla de la enfermedad en sí, es difícil definir y precisar.

¿A qué te refieres con tono poético?
Cuando hablo de tono me refiero a la personalidad que define al enunciador de los poemas y la que define al enunciador de Medicinas… es muy diferente al que define al enunciador de por ejemplo "35 lecciones de biología". Es decir, si yo extrapolo un poema de este libro al de "Medicinas…", no encaja, porque el enunciador es distinto, el tono es distinto. La gran lección la aprendí yo hace un tiempo con Edgar Lee Masters, con Fernando Pessoa. Me di cuenta de que no necesitaba cambiar de nombre…

No tenías que llamarte Horacio Morelll.
Sí, eso, sino simplemente abandonar mi biografía civil y poner todo en esa especie de fantasma enunciador, el poeta, definido por un tono que vive lo que vive el ciclo de creación poética y muere cuando acaba. Por eso es que mis libros son distintos; aunque puedan tener las mismas preocupaciones, alguien con un ojo crítico puede percibir que hay un conjunto de elementos que los hermanan; pero, como dice un texto de mi libro Anuario Mínimo, mis poemas son como planetas distintos regidos por un mismo sistema de movimiento. Cada planeta con sus propias leyes, con su propia gravitación.

Tu libro "Siete días para la eternidad" habla del poema de Odysséas Elýtis, un oema hermético, apocalíptico, con un lenguaje bíblico. ¿Lo eliges en estos momentos en que, según tus palabras, tu tiempo ya es limitado?
No, lo que es limitado es nuestra vida, pero a mí lo que me llamó la atención del poema de Odysséas es la capacidad enorme de combinar, de reunir en una misma dicción la creación del mundo en siete días por Yahvé  y el mundo mítico griego al cual pertenece. Cada día de la semana de la Creación tiene una estructura cristiana, pero el contenido es absolutamente pagano, con un aliento mítico impresionante. Pero hay un tercer elemento que, cuando lo leí por primera vez a los 26 años, no supe percibir. El poema está hablando, en el fondo, del proceso mismo de la creación del poema.

El poeta es Yahvé, qué fascinante…
Sí, claro, como si el poeta fuera Yahvé que crea al mundo en siete días. Por eso, se entiende que al final dice “he proclamado ya las palabras que magnetizan el infinito”. No está hablando de Yahvé ni del mundo, está hablando de lo que ha creado con el poema, un microcosmos. Cuando lo volví a leer casi 30 años después, entendí este proceso y sentí la necesidad de establecer un diálogo con él desde una perspectiva contemporánea, la mía, la de un peruano que carece del aliento mítico griego, pero que lo posee de un modo distinto.

Un griego desnudo y un cholo calato….
¡Jajaja…!

Como tu personaje del poema “El equilibrista de Bayard Street”, que al cruzar el alambre, va creando su propio poema. El poeta como creador de un mundo.
Claro, me interesaba desarrollar algunas ideas en términos metapoéticos y adaptarlas a mi propia realidad. Mi poema constantemente dialoga con el poema de Elýtis pero hay un elemento más que para mí es fundamental y es el hecho de que ese poema me permite a mí hablar de lo que yo entiendo por poesía. Yo no soy el que crea las palabras que magnetizan el infinito, sino los otros. Ellos la han proclamado, no yo. Pero, ¿cuál es ese infinito? No el de mi vida. Lo infinito lo asociamos al espacio, pero el poema se llama “Siete días para la eternidad”. Eternidad es a tiempo lo que infinito es a espacio, entonces hay una conjugación que queda un poco suelta. A mí lo que me interesaba era ver cómo en este diálogo, con esas palabras que otros hacían, como Elýtis, yo podía magnetizar el infinito, magnetizar un pasado mítico con un futuro probable, el futuro de mi propia poesía, de la creación literaria, de lo que esperamos en una sociedad como la nuestra tan utilitaria, que tiene presupuestos muy pragmáticos. El poema es el que puede establecer una alianza aquí y ahora, en la medida en que magnetiza ese futuro si quieres llamarlo tecnológico, utilitario, pragmático, con un pasado religioso, mítico. Eso se activa en cada lectura que cada lector hace. Es decir, situarme en ese presente perpetuo, en términos de Octavio Paz, que magnetiza pasado y futuro haciéndolos presente.

***

Es curioso que hablando de eternidad nos despidiéramos para no vernos más. La conversación terminó. Nos abrazamos otra vez, quedamos para la próxima en el mismo café. La eternidad se lo llevó aunque ahora Eduardo vive en su presente perpetuo, ahí en sus maravillosos poemas.

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