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E l anciano maestro, ciego, dicta el que será su último tratado de matemáticas. Ha sido una larga vida la suya, dedicada por entero al arte, a los números y al perfeccionamiento de sus conocimientos sobre la perspectiva. También a los viajes, a la diplomacia en la corte de los señores que le concedieron protección y a la buena vida siempre en control de sus apetitos.
Nació en el Borgo de Sansepolcro alrededor de 1412, con el nombre de Piero di Benedetto. “Tomó el nombre de la madre, della Francesca, porque su marido murió cuando estaba embarazada; y porque fue ella quien lo educó y crió con entera solicitud”, escribe Giorgio Vasari en “Las vidas”.
Tras años de intensa labor, termina sus días como un respetable ciudadano a quien todos recuerdan más como un matemático que como un pintor. Tal vez porque sus obras se encuentran diseminadas y perdidas en el tiempo. Muere el 12 de octubre de 1492, el mismo día en que Cristóbal Colón llega al Nuevo Mundo.
Esta es la historia que queremos recordar. Porque la verdad sobre Piero della Francesca está aún por descubrirse. Los historiadores no se ponen de acuerdo ni en las fechas ni en los hechos, aunque queda claro que matemático y artista sí fue. Y de los grandes. Tanto que llegaría a influenciar a Cézanne y Seurat, De Chirico y Casorati, entre muchos otros.
DE NUEVA YORK A FLORENCIA
La primera vez que me interesé en su arte fue en Nueva York. El Metropolitan Museum of Art presentaba como un trofeo “San Jerónimo con el donante Girolamo Amadi” (1460-64), una pequeña tabla prestada de la Academia de Venecia. Tras un minucioso trabajo de restauración, se exhibía como una pieza única.
Si bien algunas de sus obras sobrevivientes se encontraban en algunos museos de Berlín, Londres o Lisboa, en realidad acercarse a las más grandes implicaba emprender una peregrinación por la Toscana y otras regiones de Italia. A lo largo de su vida, Piero della Francesca viajó continuamente, emprendiendo obras titánicas, muchas de las cuales desaparecieron con el tiempo. Algunas víctimas de las remodelaciones de las iglesias y palacios, como es el caso de su trabajo en el Palacio del Papa en Roma que fue sustituido por frescos de Rafael. Otras fueron víctimas del descuido y el deterioro.
Para emprender esta peregrinación es necesario establecerse en una ciudad que pueda servir de eje. Y Florencia es la más adecuada. Desde allí es posible cubrir la zona ya sea en tren, autobús o cualquier otro medio. Por supuesto, el centro artístico del Renacimiento alberga uno de sus trabajos más famosos. Se trata del díptico con los retratos de Federico de Montefeltro y su esposa Battista Sforza, una joya que posee la Galería de los Uffizi. Pero es todo, porque los frescos que el maestro pintó para la iglesia de San Egidio y otros trabajos similares ya no están. Solo quedan testimonios y alguna documentación.
Desde allí había que continuar el viaje hacia Sansepolcro, Anghiari, Monterchi, Città di Castello y, por supuesto, Arezzo. Un viaje más exiguo incluirá Perugia y, finalmente, Urbino. En estas ciudades el peregrino encontrará algunas obras del artista, no muchas, pero verdaderas joyas, base para la consolidación del Renacimiento.
Hay que entender que Piero della Francesca comienza su producción artística en tiempos de grandes cambios y efervescencia. Masaccio ha muerto y ha dejado un vacío difícil de llenar. Son pocos los pintores que se aventuran en el camino de la perspectiva y las matemáticas, Piero es uno de ellos y se entrega a su trabajo con pasión. Logra labrarse una buena reputación y recibe ofertas de diferentes mecenas.
EL TESORO DE AREZZO
Si bien es cierto que en Sansepolcro destaca “La resurrección de Cristo” (1458), a la que Aldous Huxley llamó “el mejor cuadro del mundo”, y que en Monterchi la mayor atracción es “La Madonna del parto” (1455-60), son los frescos del coro de San Francisco, en Arezzo, el mayor legado que Piero della Francesca ha dejado. El hecho de contemplarlo constituye un acto de devoción por un arte irrepetible.
El maestro fue llamado a Arezzo en 1452 por la familia Bacci para completar la decoración del coro o altar mayor que Bicci di Lorenzo había dejado inconcluso al morir. Piero della Francesca acepta entusiasmado, pero, en opinión de algunos historiadores, demora el acabado por sus continuos viajes. Esto no le impidió hacer otros trabajos en Arezzo, como la magnífica María Magdalena que se puede ver en el Duomo de la ciudad.
El ciclo de la Santa Cruz narra las incidencias alrededor de la mayor reliquia sagrada del cristianismo. Aquella en la que fue crucificado Jesús y cuyos orígenes, según narra Santiago de la Vorágine (1230-1298) se encuentran en el Paraíso Terrenal. Cuando Adán murió, el arcángel Miguel ordenó sembrar una rama del árbol del bien y del mal en su tumba. Con el tiempo, el árbol serviría para fabricar la cruz, pero a lo largo de los siglos habrían de participar en su historia personajes como el rey Salomón, la reina de Saba, el emperador Constantino y su madre, Santa Elena, así como el impío rey Cosroes y el emperador Heraclio, quien finalmente recuperó el sagrado madero y lo llevó personalmente a Jerusalén.
Se trata de una narración prodigiosa pero que de alguna manera cuenta hechos reales. Y aunque los episodios de Adán y la reina de Saba son legendarios, otros no. En primer lugar, la búsqueda de las reliquias sagradas por parte de Elena. Se dice que al llegar a Jerusalén alrededor del año 326 d.C. hizo derribar el templo de Venus erigido en el Gólgota y que allí encontró las tres cruces del episodio bíblico. Con autorización de su hijo, el emperador Constantino construyó la basílica del Santo Sepulcro para exhibir el milagroso madero. Y permaneció como objeto de veneración hasta que el persa Cosroes II tomó la ciudad y se llevó la reliquia como botín de guerra. Hacia el 628 d.C., el emperador bizantino Heraclio derrotó al persa y devolvió la cruz a la basílica.
Son estos los episodios que se narran con gran detalle en los frescos que Piero della Francesca pintó junto a un grupo de colaboradores. “En las obras de Piero della Francesca los volúmenes, sólidos y consistentes, se aúnan con la luz argentífera que todo lo inunda dando lugar a obras de inusual contenido poético”, apunta Ana Ávila en su edición de “Las vidas”, de Vasari.
En 1996, de manera inesperada, la leyenda de la Santa Cruz llamó fuertemente la atención en todo el mundo. Aparecía en una de las escenas claves de la película “El paciente inglés”, de Anthony Minghella, cuando la enfermera interpretada por Juliette Binoche descubre los frescos durante la Segunda Guerra Mundial. Tres años después del estreno del filme comenzaron los trabajos de restauración de esta obra maestra. Ignoro si el cine tuvo algo que ver en todo esto, pero lo cierto es que durante diez años los expertos se dedicaron a un trabajo de recuperación que hoy luce en toda su magnitud. Allí están, en el coro de la iglesia de San Francisco, radiantes y conmovedores, los frescos de Piero della Francesca proclamando una fe y animando el amor por el arte.





