Por Enrique Planas

La imagen acostumbrada que tenemos de Quentin Tarantino es la del cineasta del exabrupto y la carcajada, del realizador iconoclasta que contradice cualquier convención, que utiliza el verbo “fuck” en todos sus modos y se ríe con estruendo de sus propios chistes. Pero poco hay de ese personaje en la autobiografía que tenemos entre manos. Quizás fue la pandemia la que obligó al artífice de “Pulp Fiction” a replegarse y a escribir, no un nuevo guion, sino su propia memoria, contada con un lenguaje muy distinto al que acostumbramos escucharle. Para alguien que vive de, por y para el cine, escribir una autobiografía es recuperar las películas que vio, dónde y con quienes. En las 422 páginas de “Meditaciones de Cine” volumen publicado por Reservoir Books, Tarantino descubre sus cartas y nos descubre sus orígenes como compulsivo consumidor de celuloide dentro de una familia poco convencional. Un libro que puede leerse a manera de memorias dispersas, como un lúcido e informadísimo conjunto de ensayos sobre cine, y como un alucinante viaje al interior de su mente.