
Instaladas en Lima las autoridades chilenas en enero de 1881, iniciaron la paulatina repatriación de diferentes cuerpos de ejército, con sus correspondientes bandas de música. Las fuerzas de ocupación, por carecer de personal idóneo, decidieron contratar a músicos del ejército peruano para que sirvieran bajo su bandera. El contrato que ofrecían era una orden disfrazada y un grupo de los convocados, actuando con patriotismo y firmeza, fugó del país en un barco norteamericano. Los músicos que se marcharon, entre otros, fueron Adeodato R. Aguilar, Lorenzo Neyra, Mariano Cervantes, Manuel Ugarte, Luis Rodríguez y Francisco Montenegro. Ellos se ganaron la vida en los Estados Unidos “mediante sus aptitudes musicales y progresando en su arte”.
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En 1896, Adeodato R. Aguilar regresó a Lima en compañía de un músico filipino, José Sabas Libornio, nacido en Manila el 5 de diciembre de 1858. Sabas emigró muy joven a Nueva York y en esa urbe se convirtió en un excelente y muy exitoso saxofonista. Diversos periódicos norteamericanos daban cuenta de sus magníficos conciertos donde lograba congregar a grandes multitudes.
Por razones que desconocemos, Sabas Libornio decidió afincarse en Lima y, conociendo su capacidad profesional, el gobierno de Nicolás de Piérola lo nombró director de las bandas de música del ejército, con el sueldo de cien soles mensuales y el grado de capitán. Sabas Libornio, desde un primer momento, dejó sentir su talento organizador y sus cualidades de infatigable compositor. Con gran frecuencia iba dando a conocer vibrantes marchas militares entre las cuales destacaron Estado Mayor, Candamo, El Morro, Escuadra Peruana, Coronel La Puente, Huamachuco, etc. Pero la obra que le daría renombre perdurable fue la Marcha de Banderas para reemplazar al Himno Nacional que por entonces se ejecutaba indiscriminadamente en todas las ceremonias oficiales.

El 9 de diciembre de 1897, en la misa de campaña conmemorando la victoria de Ayacucho, la llegada del presidente de la República, Nicolás de Piérola, se anunció con una flamante marcha compuesta por Sabas Libornio. Días más tarde, el 17 del mencionado mes, mediante resolución suprema se dispuso que dicha marcha fuera ejecutada en todo acto oficial, anunciando la presencia y el momento en que se retiraba el jefe de Estado, la elevación de la hostia consagrada y también cuando se izaba la bandera nacional en cuarteles y buques de la Marina de Guerra. En 1909 el presidente Augusto B. Leguía dispuso que se le denominara Marcha de Banderas. La letra de la marcha fue compuesta por el hermano de La Salle Ludovico María. La primera estrofa dice: “Arriba, arriba el Perú / Y su enseña gloriosa e inmortal”, que antaño cantaban con patriótico fervor todos los escolares de nuestro país.
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El periodista Gonzalo Toledo, encomiando entusiastamente la obra de Sabas Libornio, escribió que gran parte del cancionero cívico del Perú se debe a ese músico, prócer de la independencia de su país, quien también se ocupó de los “toques de corneta y clarín para el servicio interno de los institutos armados, como: Diana, Rancho, Primer Jefe, etc.” Su obra no se circunscribió al ejército. Por propia iniciativa visitaba los colegios limeños, tanto públicos como privados, para divulgar entre los jóvenes y niños canciones patrióticas. Recuerdo que alguna de ellas se cantaba hace 70 años en el curso de Instrucción Pre-Militar, que se dictaba en la secundaria y que fue retirado del currículum escolar, según tengo entendido, durante el gobierno de Juan Velasco Alvarado.
Sabas Libornio, a inicios del siglo XX, fue ascendido al grado de sargento mayor. A pesar de sus muchos años seguía trabajando aunque se encontraba ya en situación de retiro. Falleció en esta capital el 9 de diciembre de 1915. Los periódicos de la época tuvieron frases de sentido encomio recordando su importante labor en nuestro medio. Estuvo casado con la señora María Estrada, de nacionalidad norteamericana, con la cual tuvo cinco hijos: José, Antonio, Graciela, Eladio y Alejandrina. Esta última, desaparecida en 1985, donó en 1979, al conmemorarse el Centenario de la Guerra con Chile, el voluminoso archivo de su padre consistente en 49 legajos con 1,165 partituras que guardan gran parte del talentoso trabajo del ilustre músico filipino. La donación fue recibida por el entonces Ministerio de Guerra y, sin duda, debe guardarse en alguno de sus archivos.
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