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Ramón y Ramón
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Cuando fui con Jessica a ver “Ramón y Ramón”, tuvimos que esperar por una función que tuviera butacas vacías y la película la vimos desde las primeras filas, las únicas que conseguimos porque la sala estaba repleta. Pese a ello, la película solo se había programado en dos salas nada más. Al terminar la proyección hubo aplausos entusiasmados y se hacía sentir mucho la emoción de haber tenido una linda experiencia como pocas veces se siente a través de una película.
Nuestra cartelera suele reflejar el pánico comercial de las grandes productoras estadounidenses que, para no tomar riesgos, recurren a un cine de acción y de agotadora sucesión de superhéroes y efectos especiales. La verdad es que a mí me gustan las películas de acción y me llevo bien con las películas de superhéroes desde que soy niño. Crecí viendo en pantalla a comandos, boxeadores y superhéroes premunidos de licras y colores primarios. Para muchos niños y adolescentes, ahí se alzaban nuestros modelos de masculinidad a partir de ese camino vistoso y violento del héroe extranjero.
Luego de ver “Ramón y Ramón”, de la reacción del público y de mi propia emoción, me quedé pensando en lo que me decía la película sobre mi propia construcción de masculinidad. Era irónico, recibía el mensaje viendo “Ramón y Ramón” en la misma sala de cine donde, de adolescente, veía aquellas películas de acción con héroes de masculinidad poderosa, agresiva y amenazante.
Volvamos a “Ramón y Ramón”. La película nos lleva de manera serena por las memorias de los tiempos de la cuarentena, la ciudad dramáticamente vacía, las entregas a domicilio de los repartidores premunidos de una mascarilla y spray con alcohol, la escasa vida en la calle siempre con los rostros tapados y la desesperada migración de retorno que muchos peruanos hicieron a pie, en las peores circunstancias posibles. Es en este contexto que se nos narra una historia de amistad inesperada entre dos hombres con búsquedas totalmente distintas, pero con mucho por descubrir adentro. Al final, es un canto a la libertad por la que, como decía el Quijote, se puede y debe aventurar la vida.
Y libertad es lo que nos falta. Es un hecho que se reproduce en muchas culturas: el invertir mucha energía social en transformar a los pequeños niños en hombres. Los niños deben ser separados de sus madres para no terminar de imitarlas y se les somete a ritos de pasaje que pueden ser dolorosos y humillantes. La antropología ha descrito muchas de estas impresionantes ceremonias que convierten al rol masculino en parte de un proceso ritual permanente. Eso hace que sea común en muchas sociedades, especialmente en la nuestra: construir una masculinidad que siempre está en “proceso” y los hombres tengan la desesperada necesidad de confirmarse como tales, mostrándose violentos, fuertes, exitosos. Somos en el fondo niños indefensos y con miedo, premunidos de la máscara de guerreros.
Y, si de máscaras se trata, pues las vemos en “Ramón y Ramón”, como una deslumbrante metáfora de las formas de cubrir nuestros miedos, que heredamos de nuestros padres y abuelos, quienes también fueron presionados a construir una masculinidad tan dolorosa como tóxica.
Volvamos al cine, volvamos a ver historias en grupo, a dejarnos conmover y aprender por narraciones que transcurren en nuestro territorio, pero que encarnan temas universales. Es un trabajo muy tierno con la excelente dirección de Salvador del Solar, quien junto con Héctor Gálvez desarrolló un conmovedor guion, con una historia de Miguel Valladares, que también produce la película. Ver a los actores Emanuel Soriano y Álvaro Cervantes creando dos entrañables amigos que se acompañan para enfrentar sus propios temores nos permite redescubrirnos en la pantalla, con nuestros miedos y con nuestras esperanzas. Hermoso es eso que llamamos cine.

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