Luego de la desastrosa primera vuelta electoral que vivimos en las elecciones presidenciales de abril, la credibilidad de los organismos electorales sufrió un merecido golpe.
Luego de la desastrosa primera vuelta electoral que vivimos en las elecciones presidenciales de abril, la credibilidad de los organismos electorales sufrió un merecido golpe.
Y no fue gratis. Mucho antes del 12 de abril, las entidades encargadas del proceso electoral y la proclamación de sus resultados ya tenían la reputación manchada. A fines de noviembre del 2025, una encuesta de Datum revelaba que siete de cada diez peruanos desconfiaban de la ONPE y el JNE. Una resaca, en parte, de las nunca comprobadas acusaciones de fraude en el 2021.
Como si el trauma no hubiese sido suficiente, hoy miles de peruanos vamos a votar, una vez más, sin tener las cosas claras. ¿Podrán los 130 exalcaldes electos en el 2022, hoy candidatos a primer regidor, repetir el plato en caso resulten elegidos? Por increíble que parezca, ni idea. Recién sabremos si les entregarán o no las credenciales luego de la elección.
Esto no quiere decir que nuestro sistema electoral no sea transparente ni que las entidades estén copadas y corrompidas. Hasta ahora, todas las supuestas pruebas de fraude alegadas por distintos candidatos –según el resultado, claro– han sido desmontadas. Pero las autoridades electorales no parecieran haber aprendido que la mujer del César no solo debe serlo, sino parecerlo. Los contextos de desconfianza y poca información son terreno fértil para noticias falsas y discursos populistas, que anestesian nuestra falta de claridad con falsas certezas y emociones primitivas.
Y el Congreso, ojo, no está libre de culpa. Muchas de las improvisaciones de las que hemos sido testigos no hubieran sido necesarias si es que los parlamentarios hubieran cumplido con sacar adelante las reformas y candados necesarios –y advertidos– para que las elecciones se desarrollen de manera correcta. A partir de mañana, pues, ya sabemos dónde poner el foco.