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El buen debate
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Una de las principales víctimas de la creciente polarización que están experimentando algunas democracias precarias como la nuestra es, paradójicamente, el buen debate. Cada día nos sentimos más enfrentados pero, o bien elegimos conversar solo con quienes piensan igual que nosotros, o bien nos dedicamos a atacar, con frecuencia llegando hasta el insulto, a quienes sentimos que están en la otra orilla.
Hay también en el trasfondo una idea equivocada de lo que implica realmente el debate o, más específicamente, el debate político. La metáfora que más utilizamos para describirlo suele ser bélica, vale decir, la que concibe a los debatientes como si fueran enemigos acérrimos enfrentados en un pleito a muerte. Solo uno puede salir victorioso, y lo que tiene que hacer cualquiera de ellos, por tanto, es destruir inmisericordemente al oponente.
Pero el buen debate político es una herramienta de progreso social, que parte del entendimiento de que nadie tiene todas las respuestas a los problemas de hoy, ni mucho menos a los que vendrán. Que la variedad de marcos ideológicos, que resultan de valores morales priorizados de manera distinta, es lo que permite ver un mismo dilema ético desde ópticas diferentes, que pueden enriquecerse unas de otras y hasta complementarse. O, cuando menos, descubrir sus propias debilidades al someterse al escrutinio de terceros y así poder corregirlas.
Las sociedades avanzan cuando entienden que la competencia de ideas es necesaria; de ahí que la democracia valore tanto el pluralismo político. Pero nos está costando cada vez más reconocer esto último. Estamos prefiriendo la comodidad de nuestras cámaras de eco. Creemos que estamos debatiendo, cuando en realidad solo les estamos hablando a los conversos con los que compartimos burbuja.
Y así perdemos de vista otra característica fundamental de las democracias, que es su pendularidad. La alternancia entre opciones políticas de izquierda, centro y derecha responde al hecho de que el electorado es más pragmático que ideologizado. Si se sigue un planteamiento y no funciona, existe la capacidad de enmendar el rumbo en la siguiente elección y probar un enfoque diferente.
Los peruanos necesitamos aprender a ser mejores ciudadanos en muchos aspectos, pero uno en el que claramente estamos involucionando es nuestra capacidad de debatir bien. Hay virtudes cívicas que no estamos formando adecuadamente desde la escuela, como el pensamiento crítico o la capacidad de sopesar perspectivas distintas sobre un mismo tema. No terminamos de entender la importancia de la alfabetización mediática, esto es, lo que nos permite desarrollar hábitos informativos saludables que nos permiten entender la complejidad del mundo en que nos ha tocado vivir.
Tampoco aprendemos a gestionar nuestros sesgos cognitivos y con demasiada facilidad caemos presas del tribalismo, el cortoplacismo, el sesgo de confirmación, el efecto Dunning-Kruger y otras formas de irracionalidad de las que no nos hacemos conscientes. Y, por supuesto, repetimos los que vemos, y por ello nos volvemos cultores de todo tipo de falacias como el ad hominem, el hombre de paja, la pendiente resbaladiza, etc. Si entre los términos que acabo de utilizar hay varios que desconoces, pues ahí tienes una manifestación de la brecha que hay que cerrar.
Escribo sobre este tema, que me fascina, porque la semana entrante empieza lo que para mí es un sueño hecho realidad. Recambio, la organización que co-lidero con Gabriela Vega Franco, arranca un programa de formación en debate que va a tener sesiones itinerantes en distintas regiones con el propósito de poner al Perú a debatir. El jueves vamos a estar en Arequipa. Y, como les digo, no vamos a pelearnos. Vamos a desafiarnos intelectualmente y a aprender de nuestras diferencias.

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