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El chicharrón de la discordia
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En un país donde la política suele despertar apatía y escepticismo, sorprende que un concurso gastronómico en redes sociales logre movilizar a millones de ciudadanos con un entusiasmo que rara vez se ve en las urnas. El llamado Mundial de Desayunos del streamer español Ibai Llanos encendió pasiones en nuestro país, donde el pan con chicharrón se convirtió en símbolo de orgullo nacional. Más de ocho millones de votos se registraron para que nuestro plato avanzara a semifinales, cifra comparable a la obtenida por Pedro Castillo en la segunda vuelta del 2021.
La comparación no es trivial. En ambos casos, hablamos de participación ciudadana, pero de motivaciones distintas. Mientras en la política la movilización suele estar atravesada por polarización y desconfianza, en torno al chicharrón se construyó una narrativa de identidad y pertenencia. Lo que las redes sociales lograron en días, la política no consigue sostener en años: un verdadero sentido de comunidad.
Resulta paradójico que para votar por un plato típico la ciudadanía se sume masivamente, mientras que en procesos electorales la participación, aunque obligatoria, se da con mayor desinterés. ¿Qué nos dice esto a un año de las elecciones generales? Tal vez que nos moviliza más la emoción de una victoria simbólica que la convicción de un proyecto de país.
El pan con chicharrón desnuda una verdad incómoda: los peruanos estamos dispuestos a actuar colectivamente cuando algo nos representa. Si la política aprendiera el valor de la identidad compartida, tal vez la democracia dejaría de ser vista como un trámite.

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