Por Renato Cisneros

Cuando hace unos meses obtuve el pasaporte español no consideré los beneficios futbolísticos secundarios. Recién ahora, con la Eurocopa en marcha, he captado los derechos afectivos inherentes a mi segunda nacionalidad y he querido ejercerlos. Lo primero que hice fue ir a Decathlon a comprarme una camiseta de España talla médium. Lo segundo fue ir al bar del final de mi calle a sentarme a ver el España-Alemania. «Ponme una caña y un pincho de tortilla, tronco», le dije al mesero que atendía al otro lado de la barra. Sonó el pitazo, bebí de un sorbo la espuma de la cerveza y grité: «¡vamos, carajo!», con un indisimulable dejo de latino migrante que despertó las inmediatas miradas de suspicacia de mis compatriotas locales.