
Uriel García Cáceres ha vivido y visto de todo a lo largo de incesantes 98 años. Bueno, no todo. Cuando fue ministro de Salud en el gobierno de Fernando Belaunde Terry (1980) no tuvo que despedir a nadie por aprovecharse de su cargo o de sus privilegios en el Estado, pero sí tuvo que lidiar contra un sector de parlamentarios y del gremio médico, que levantaban una ceja cada vez que él ponía en marcha alguna idea o reforma.
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Desde el inicio de su gestión declaró en emergencia el sector. Eran tiempos en que la mortalidad infantil por males gastrointestinales era altísima. “Recuerdo las salas de emergencia llenas de niñitos, hasta en el suelo. Los padres sosteniendo los frascos del suero…” Tuvo que bregar contra viento y marea para fabricar millones de las llamadas Bolsitas Salvadoras, que contenían sales rehidratantes y glucosa, con las que miles de niños salvaron de morir por diarreas. Tiempo después dio conferencias mundiales sobre esta alternativa salvadora. Siempre postuló que la razón del ministerio de Salud no debía ser solo la curación de las enfermedades, sino –como señala la Declaración Universal de los Derechos Humanos– la salud como bienestar. “Esto es: vivir sanamente, en un ambiente adecuado, con agua potable, con educación, con acceso a la seguridad social”.
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Ese modo de pensar -y las soluciones ingeniosas de su gestión- provocaron la ojeriza de un sector de políticos y médicos. “Yo he sido un ministro muy combativo con la industria farmacéutica, poderosísima. Anuncié que en EE. UU., un país capitalista, existían medicamentos genéricos, ¡aquí nadie sabía qué cosa era eso! Allá hay genéricos hasta de la cerveza o el jabón. Traje los antibióticos genéricos, y se me vinieron encima. ¡Jesucristo, en el Parlamento qué no me dijeron!”, cuenta a Somos con prodigiosa lucidez y la memoria intacta.
El recelo de colegas (y de políticos de su propio partido, Acción Popular) alcanzó su punto más álgido cuando decidió llevar adelante un plan para vacunar a 200 mil niños con la vacuna preventiva de la tifoidea. Su especialidad es el estudio clínico de las enfermedades, pero sobre todo, es un gran historiador de los fenómenos patológicos. De ahí que observara que cada año, después de la procesión del Señor de los Milagros, aumentaban los casos de esta enfermedad infecciosa, que se contrae a partir de alimentos o agua contaminados. De hecho, en 1981, la fiebre tifoidea -que producía, además de alta temperatura, dolor estomacal, de cabeza e incluso sarpullidos- era una de las seis causas más importantes de morbilidad infecciosa, según la Revista de Gastroenterología del Perú. Ese año, el diario El Observador señaló que desde 1979 los índices de este mal -que podía ser mortal hasta en el 30 % de los casos, algunos de los cuales podían convertirse en ‘portadores’- aumentaron progresivamente y afectaba especialmente a los niños de hasta 15 años.
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“En esa época no había tratamiento. Pero sí había una vacuna, tenía tres tomas (dosis), durante tres días seguidos, eran unas píldoras”, recuerda Uriel. “Traje la vacuna Vivotif al Perú y en varios periódicos salió que era un veneno que mataba a la gente”. Un diputado aprista pidió su renuncia, aduciendo que el ministro pretendía aplicar una vacuna que se había empleado “en vías de ensayo” a escolares en Egipto. Uriel García se defendió confirmando que la OMS y la OPS usaban esa vacuna “rutinariamente”, e insistió en que era urgente vacunar a la población escolar.
En otro momento, un diputado del PPC pidió la censura del ministro de Salud por haber dispuesto de 300 millones de soles para comprar “con extraña celeridad” las dosis. “Tuve que hacer algo: a mi nieto, que ahora es un hombre de cuarenta y tantos años, lo llevé al despacho y le hice tomar”. No lo dudó demasiado, e hizo que el acto fuera público, para evitar cualquier suspicacia o incluso que a alguien se le ocurriera decir que estaba beneficiando a su familiar. Convocó a las cámaras de televisión y prensa escrita a su oficina en el cuarto piso del ministerio de Salud, sentó al niño de 3 años, Sergio Santolaya García, y con ayuda de una enfermera le dio él mismo la primera dosis (una píldora de la vacuna y dos de bicarbonato de sodio) disuelta en un vaso de leche. Seguidamente, el propio ministro también se vacunó bebiendo, de igual forma, las píldoras. Incluso bromeó. “Siendo patólogo, ya debo estar inmunizado”, se lee en la crónica del diario La Prensa, el 2 de diciembre de 1981.
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Cinco días después puso en marcha la campaña de vacunación, empezando por los distritos más populares del norte, sur y este de Lima, e informando que “también se venderá en farmacias a cinco mil soles”. Se organizó cuadrillas de cientos de estudiantes de enfermería, que fueron trasladados en buses de Enatru Perú y carros del Ejército, hacia los colegios de una decena de distritos. Las siguientes dos dosis se aplicaron el 9 y el 11 de diciembre.
Dos meses después, fue interpelado en el Parlamento, “pero yo no me iba a quedar callado”. Mostró documentos comprometedores sobre el entonces presidente del Congreso, Luis Percovich, médico y distribuidor de medicamentos. Después de eso presentó su renuncia al presidente Belaunde. El diario Correo lo reseñó así: “Se peleó con todo el mundo, guerreó contra las empresas farmacéuticas, un ministro terco como un solípedo matrero, pero nadie dudó nunca de su integridad”.
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